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Trump vs. Obama: rebajas de fármacos para maquillar una sanidad excluyente

La política intervencionista del republicano supone una medida retórica para evitar reformas profundas como el Obamacare

Donald Trump, actual presidente de los Estados Unidos; y Barack Obama, presidente entre los años 2009 y 2017.


10 feb 2026. 18.50H
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Donald Trump ha encontrado en el mercado del medicamento un terreno político fértil para, de soslayo, continuar su cruzada contra proyectos demócratas como el popular Obamacare. Si la reforma sanitaria impulsada por Barack Obama fue, durante años, uno de los principales símbolos de la agenda demócrata, y uno de los pilares de su popularidad, el republicano parece haber asumido que la batalla por la sanidad se gana ofreciendo al votante una medida directa, tangible y fácilmente comprensible: rebajar el precio de los fármacos.

En ese sentido, su política farmacéutica en este segundo mandato puede interpretarse como una réplica indirecta, pero calculada, a la lógica del Obamacare. Obama articuló una sanidad que ampliaba coberturas y blindaba el acceso al sistema sanitario. Trump, por el contrario, ha optado por una lectura más inmediata del problema y que además le ahorra debates sobre la accesibilidad a la asistencia sanitaria. Un menor precio de los medicamentos supone una medida tangible para el ciudadano; lo suficiente como para no perderse en cuestiones de accesibilidad.

Este giro resulta especialmente significativo por una razón evidente. Estados Unidos ha sido tradicionalmente el gran bastión internacional del libre mercado en salud, con una estructura dominada por patentes y aseguradoras, y donde el precio del medicamento no responde a un esquema competitivo convencional. Sin embargo, incluso antes de Trump, el mercado farmacéutico estadounidense ya era un espacio intervenido de facto, aunque no siempre por el poder público, sino por una compleja red de intermediarios que condiciona el precio que pagan los ciudadanos.

En este escenario, Trump ha entendido que el discurso liberal clásico pierde eficacia cuando se enfrenta a un fenómeno tan impopular como el encarecimiento de tratamientos crónicos, como ocurre con la insulina o determinados fármacos oncológicos. Resulta complicado hablarle al ciudadano de las bondades del libre mercado si su factura es una consecuencia desorbitada del mismo. Por norma, el votante no exige coherencia ideológica sino alivio económico. Y la rebaja del precio del medicamento, incluso aunque sea parcial o limitada, ofrece un mensaje electoral inmediato, fácilmente comunicable y difícil de combatir desde la oposición.

Por supuesto, Trump ha maquillado las debilidades de su ‘amado’ libre mercado como una ‘corrección patriótica’: impedir que el contribuyente estadounidense siga pagando más que otros países por los mismos productos. Bajo esa lógica, la intervención se transforma en una herramienta de soberanía económica; argumentario sin duda necesario para sobrevivir en el clima ideológico republicano de quien antes de presidente (y durante) era un magnate de los negocios.

Es una estrategia populista peligrosa porque, con la esperanza de ser efectiva electoralmente, convierte el medicamento en un bien de consumo cotidiano, despojándolo de su carácter técnico y trasladándolo al terreno casi de la lista de la compra.

Una promesa de ahorro inmediato para no hablar del sistema


Así, el debate deja de girar en torno a los derechos sanitarios (el marco natural del Obamacare) y se desplaza hacia el bolsillo, el coste de vida y la percepción de abuso por parte de la industria y los intermediarios. Trump no discute el modelo sanitario; discute el precio del producto que el ciudadano compra para sobrevivir dentro de ese modelo.

Sin embargo, este intervencionismo también muestra sus límites. En Estados Unidos existe una brecha profunda entre el precio oficial y el precio neto real, debido a descuentos confidenciales y acuerdos entre compañías y pagadores. Por eso, una bajada pública del precio oficial puede tener un efecto real reducido si no se modifica la estructura de negociación. De hecho, esa arquitectura opaca del sistema permite que la política de rebajas funcione, en parte, como un recurso meramente narrativo: un anuncio potente con resultados más difíciles de medir para el ciudadano medio. Una ilusión que está por ver cómo llega al bolsillo.

Ahí reside el matiz esencial: el trumpismo no está construyendo un nuevo Obamacare, sino un relato alternativo de la sanidad. Obama ganó legitimidad ampliando derechos y cobertura. Trump intenta capitalizar el malestar con una promesa de ahorro inmediato, aunque sin transformar los cimientos del sistema.

Desde la perspectiva industrial, esta deriva añade un componente de incertidumbre global. Estados Unidos sigue siendo el principal mercado mundial del medicamento, también desde el marco innovador, y el referente internacional en precios, lo que significa que cualquier presión directa sobre los importes puede afectar a la inversión y a la financiación de la mencionada innovación. Por eso, la estrategia de Trump no se interpreta solo como una medida doméstica, sino como un movimiento con impacto económico internacional, en un contexto ya marcado por diversas tensiones.

Así, la política farmacéutica trumpista puede entenderse como una forma de revancha política frente al legado de Obama: si el Obamacare convirtió la sanidad en un triunfo de gobierno, Trump intenta convertir el medicamento en un triunfo de consumo. No promete un sistema mejor porque para la Administración Trump, el modelo (con todos sus muros de accesibilidad) no se debate; pero promete pagar menos. Y en esa promesa se describe una supervivencia personalista que casa bien con el personaje: un mensaje vendible y asequible que sustituye cualquier espacio al debate sobre una nueva sanidad para los estadounidenses. El ruido del precio sobre la necesidad silente del acceso. Un cartel donde se lea “¡Rebajas!”, tampoco resulta descabellado si se trata de retratar el tipo de políticas y mensajes que promueve, también en sanidad, Donald Trump.
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