Opinión de Julián Ezquerra Gadea, médico de Familia jubilado; exsecretario general de Amyts; y exgerente de salud
No a las peonadas. Un cambio estratégico en el devenir de la huelga médica
Dice un proverbio chino que “la
salud es la mayor posesión. La alegría, el mayor tesoro. La lealtad, el mejor amigo”. Sin embargo, cuando la salud se convierte en una carrera de
obstáculos burocráticos y la lealtad hacia el
paciente choca con la supervivencia laboral, el
sistema sanitario cruje.
En este contexto, la reciente decisión de los médicos de dejar de realizar las llamadas
peonadas —esas jornadas voluntarias o semivoluntarias que cubrían los déficits estructurales de personal— ha sacudido los cimientos de la
sanidad pública.
Esta medida, lejos de ser un simple ajuste de horarios, plantea una pregunta crítica: ¿cómo afectará a las ya de por sí abrumadoras
listas de espera, y qué repercusión tendrá en la actual huelga por un
Estatuto Marco propio para el colectivo médico?
Para entender el impacto, es necesario definir primero qué son las peonadas. En la jerga hospitalaria, se trata de
horas extraordinarias no siempre retribuidas de manera justa, a menudo realizadas por vocación o presión institucional para evitar el colapso total.
Al anunciar que cesarán en esta práctica —acogiéndose a su
derecho a la desconexión y a una carga laboral razonable—, los médicos exponen la verdadera dimensión del problema. Las listas de espera, que ya se medían en meses para especialidades como
Traumatología u
Oftalmología, experimentarán un crecimiento exponencial en el corto plazo. Si antes un cirujano realizaba dos peonadas a la semana para operar pacientes de la lista estructural, ahora solo operará en su jornada ordinaria. El resultado inmediato es previsible: las
intervenciones programadas se retrasarán, las consultas se espaciarán y el tiempo medio de espera podría duplicarse o triplicarse en apenas unos meses.
Pero este fenómeno no es solo matemático; también es cualitativo. La suspensión de peonadas significa que los médicos dejarán de absorber, con su esfuerzo personal, la incompetencia planificadora de las gerencias. Durante años, las
administraciones sanitarias han confiado en la buena voluntad del personal para tapar los agujeros de unas
plantillas insuficientes. Al retirar esa muleta, el sistema muestra su verdadera fragilidad. Las listas de espera, por tanto, pasarán de ser un
indicador de saturación a ser un termómetro político: reflejarán sin edulcorantes la falta de inversión crónica en recursos humanos. Así, lo que para los gestores era un problema administrativo se convierte, gracias a la decisión médica, en una evidencia tangible de la
precariedad.
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"Las listas de espera del futuro dependerán de si hoy entendemos que la huelga no es el problema, sino el síntoma de un agotamiento que ya no admite más peonadas"
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En paralelo, esta medida actúa como catalizador de la huelga por el Estatuto Marco propio. Los
médicos llevan años reclamando un
marco laboral diferenciado del resto del personal sanitario no facultativo, que reconozca sus largas formaciones, su responsabilidad civil y penal, y la naturaleza de su trabajo.
La huelga, hasta ahora, podía ser percibida por la opinión pública como una reivindicación corporativa lejana. Sin embargo, el cese de peonadas conecta directamente la protesta con la vida cotidiana de los
pacientes. Cuando un ciudadano descubre que su
operación de cadera se suspende no por falta de
quirófanos, sino porque los médicos han decidido dejar de trabajar gratis o mal pagados tras su jornada, la simpatía pública comienza a virar. Y ese es el efecto buscado: visibilizar que la huelga no es un capricho, sino la única herramienta para
forzar una negociación que lleve a un Estatuto Marco propio que regule jornadas, retribuciones y, paradójicamente, ayude a reducir listas de espera a largo plazo.
Porque es importante no caer en la falacia de lo inmediato. A corto plazo, las listas de espera empeorarán, y eso es un
daño real para los pacientes. Pero mantener el sistema actual de peonadas equivaldría a perpetuar una anestesia social: mientras los médicos sigan tapando los déficits con su esfuerzo personal, las administraciones no tendrán
incentivos para contratar más especialistas ni para mejorar las condiciones. La huelga por un Estatuto Marco propio exige, precisamente, la creación de un modelo donde las horas extraordinarias sean excepcionales, bien pagadas y voluntarias, y donde las plantillas se dimensionen adecuadamente. En ese escenario futuro, las listas de espera podrían reducirse estructuralmente, no a base de quemar a los
profesionales, sino con planificación y recursos.
Sin embargo, existe un riesgo político y social. La opinión pública, al sufrir el alargamiento inmediato de las demoras, podría volverse contra los médicos, calificándolos de insolidarios o elitistas. Las
asociaciones de pacientes y los partidos de la oposición probablemente exigirán medidas coercitivas. Sería un error, entonces, que el movimiento sanitario no acompañara el cese de peonadas con una campaña pedagógica masiva. Los médicos deben explicar que dejar de hacer peonadas
no es una huelga encubierta, sino el fin de una explotación silenciosa. Y que el verdadero enemigo de las listas de espera no es el médico que descansa, sino el gestor que no contrata.
En conclusión, la decisión de los médicos de abandonar las peonadas tendrá un efecto inmediato y doloroso sobre las listas de espera, agravando un problema ya crónico. Pero su repercusión en la huelga por el Estatuto Marco propio será estratégica: convertirá una demanda técnica en una evidencia cotidiana para los pacientes, forzando a la sociedad a elegir entre seguir priorizando la urgencia de apagar incendios con voluntarismo o construir, mediante un nuevo marco legal, un sistema donde la
justicia laboral y la
calidad asistencial vayan de la mano. Como reza el proverbio, la salud es la mayor posesión, pero no puede edificarse sobre el sacrificio perpetuo de quienes la custodian. Las listas de espera del futuro dependerán de si hoy entendemos que la huelga no es el problema, sino el síntoma de un
agotamiento que ya no admite más peonadas.
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