Opinión de Manel del Castillo Rey, presidente del Comité de Evaluación, Innovación, Reforma Operativa y Sostenibilidad del Sistema de Catalunya (Cairos), en el marco del especial 'Reformar para preservar: Sistema Nacional de Salud' impulsado por el posicionamiento del Comité Editorial de Redacción Médica
Listas de espera, huelga médica y polarización sanitaria: ¿y si todo fuera el mismo problema?
En medicina, algunas patologías como las
enfermedades autoinmunes se manifiestan con síntomas diversos aparentemente inconexos: dolor articular, lesiones cutáneas o afectación renal. Si se tratan como problemas separados, difícilmente el paciente mejora. Solo se empieza a avanzar cuando se comprende que todas las manifestaciones forman parte del mismo proceso.
Algo parecido está ocurriendo con nuestro
sistema sanitario.
Por un lado, vemos ciudadanos cada vez más frustrados que optan por contratar un
seguro privado para evitar las esperas para acceder a su
médico de primaria, las pruebas complementarias o las intervenciones quirúrgicas. Por otra parte, observamos un malestar creciente entre los profesionales. La actual huelga médica es probablemente una expresión visible de un malestar profundo, aunque sus reivindicaciones se plantean sobre todo en relación con guardias, retribuciones y
condiciones laborales. Y, por último, el deterioro de la
sanidad pública ha entrado de lleno en el debate político, a menudo reducido a una contraposición demasiado limitada entre lo público y lo privado.
Lo que estamos viendo —listas de espera, doble aseguramiento,
huelga médica y tensión política— son síntomas de una misma patología de fondo: el choque entre una
demanda sanitaria que crece de forma masiva por el
reto demográfico que comporta envejecimiento y cronicidad, y un sistema rígido y burocrático que no consigue transformarse para hacer frente a esa realidad.
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"Si seguimos respondiendo a una crisis de adaptación con más rigidez, más burocracia y más control administrativo, corremos el riesgo de construir un sistema cada vez más alejado tanto de los ciudadanos como de los profesionales"
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Este gran reto es común al conjunto de Europa. El propio éxito del sistema sanitario y del Estado del bienestar ha permitido vivir más años y sobrevivir a enfermedades, pero también ha generado una
demanda más compleja y continuada. El sistema fue diseñado para otra época, con estructuras pensadas para resolver problemas agudos mientras que hoy predominan necesidades que requieren integración y capacidad permanente de adaptación.
En España, además, esta tensión entre oferta y demanda se agrava por una
organización especialmente rígida, fragmentada y burocratizada que hace más difícil la adaptación. Y, sin embargo, muchas de las respuestas actuales siguen ahondando en el problema: se insiste en el
Estatuto Marco para responder al malestar profesional, en la gestión administrativa directa para defender lo público, o en más recursos como respuesta casi única a la insatisfacción ciudadana. Sin dudas es un debate legítimo, pero con muy pocas posibilidades de solucionar los problemas. ¿Alguien cree de verdad que con un nuevo Estatuto Marco se acabará el malestar profesional? ¿O que cerrando las concesiones administrativas de unos pocos hospitales de
Madrid se resolverán los problemas de los más de 250 hospitales de gestión administrativa en toda España?
Si seguimos confundiendo los síntomas con la enfermedad, podemos acabar tratando la pérdida de adaptación con más burocracia, el
burnout profesional con más funcionarización y la pérdida de confianza con más control administrativo.
Por eso, como ya se ha reflejado en multitud informes de expertos en los últimos 30 años, la salida pasa por
reformar el sistema en la misma línea que ya han seguido muchos países europeos, dotándose de
organizaciones públicas con personalidad jurídica, autonomía institucional, liderazgo clínico y gestión pública profesionalizada. España debería dejar de ser una anomalía en Europa occidental, con la mayoría de sus hospitales y centros sanitarios funcionando como estructuras administrativas sin autonomía real, sometidas a rigideces incompatibles con un entorno sanitario que exige adaptación permanente.
No es el déficit de recursos, ni el déficit de profesionales - seguro que seguirá siendo necesario incrementarlos- pero
nuestro problema es el modelo organizativo. Un modelo que además es una condición imprescindible para preservar el profesionalismo que todavía sostiene el sistema. Si seguimos resolviendo bien los procesos más complejos es, en gran parte, gracias al
talento, el compromiso y la responsabilidad de los profesionales. Pero ese capital puede agotarse si sigue aumentando la demanda y disminuyendo la autonomía.
Como mostraron hace años
Robert Karasek y, más recientemente,
Christina Maslach, el
burnout aparece precisamente cuando crece la presión y se pierde control sobre el propio trabajo. Reformar la organización es, por tanto, una manera de hacer el sistema más ágil, pero también de proteger a quienes lo hacen posible.
En 'Por qué fracasan los países',
Acemoglu y
Robinson advierten que uno de “los riesgos de los sistemas públicos no es la debilidad del Estado, sino su deriva hacia un Leviatán despótico…” cargado de normas, pero pobre en capacidad real de prestar servicios. Unos
servicios públicos que empiezan a deteriorarse cuando la burocracia sustituye a la gestión, cuando pierden capacidad de generar confianza, y cuando se alejan al mismo tiempo de los ciudadanos y de sus profesionales.
Si seguimos respondiendo a una crisis de adaptación con más rigidez, más burocracia y más control administrativo, corremos el riesgo de construir un sistema cada vez más alejado tanto de los ciudadanos como de los profesionales.
Entonces el problema ya no será solo la huida de pacientes hacia el doble aseguramiento, sino también la progresiva huida del talento profesional hacia otros entornos donde todavía puedan
ejercer con autonomía, reconocimiento y sentido.
Reformar la organización sanitaria ya no es una opción ideológica, es el único camino para preservar el sistema antes que el
profesionalismo que todavía la sostiene termine agotándose.
Aunque pueda contener afirmaciones, datos o apuntes procedentes de instituciones o profesionales sanitarios, la información contenida en Redacción Médica está editada y elaborada por periodistas. Recomendamos al lector que cualquier duda relacionada con la salud sea consultada con un profesional del ámbito sanitario.