Las
enfermedades fúngicas y la resistencia a los antifúngicos (RAF) siguen siendo una de las amenazas más subestimadas para l
a salud mundial. En total, afectan cada año a más de 300 millones de personas y causan millones de muertes. El impacto humano es enorme, pero también el económico. Pese a ello, siguen lejos de las prioridades de la agenda internacional. Ante este escenario, la
Organización Mundial de la Salud (OMS) ha publicado un plan estratégico para fortalecer la respuesta a estas patologías, con un llamamiento a una acción comunitaria basada en la tecnología y que tenga en cuenta los
determinantes sociales de la salud.
A la falta de relevancia de este problema se suma un agravante:
la crisis de la resistencia a los antifúngicos, debida en parte al uso generalizado de antifúngicos en la agricultura y el medio ambiente, lo que favorece la
selección de resistencia cruzada en patógenos humanos. Así, las opciones de tratamiento disminuyen, al tiempo que las enfermedades se prolongan y
la mortalidad aumenta.
Además, el cambio climático
está ampliando el rango geográfico y estacional de especies termotolerantes y resistentes a los antifúngicos. De igual modo, factores sociales como la pobreza, el hacinamiento y la exposición ocupacional incrementan la vulnerabilidad de la población. Frente a ello, las acciones que se están llevando a cabo distan mucho de responder a la
urgencia de la situación. Así, el informe de la
OMS evidencia una grave falta de concienciación y formación profesional, laboratorios con recursos insuficientes, acceso restringido a medicamentos antifúngicos y sistemas de vigilancia fragmentados, lo que afecta especialmente a
países de ingresos bajos y medios.
¿Cuál es la solución a esta crisis?
Las necesidades ahora son urgentes: es necesario
reconocer el problema y pasar a la acción. Para ello, los países tienen que avanzar en una misma dirección y la hoja de ruta pasa por
cuatro pilares básicos.
Así, se llama a integrar la
prevención, el
diagnóstico y la gestión de las enfermedades fúngicas en los programas de salud rutinarios, tales como los de resistencia a los antimicrobianos, VIH, tuberculosis y enfermedades tropicales desatendidas. Además, se propone promover el
uso racional de los antifúngicos para reducir la prescripción inadecuada. Asimismo, se insta a impulsar la investigación en terapias, tecnologías y sistemas de innovación para ampliar el
acceso equitativo a medicamentos y diagnósticos de calidad.
En esta misma línea, los países deben construir redes de laboratorios resilientes y estratificadas, mejorando el diagnóstico y las pruebas de susceptibilidad. Por útimo, la clave está en la base, que debe fundamentarse sobre un enfoque
One Health en salud. “La gobernanza, la coherencia normativa, los mecanismos de rendición de cuentas y las alianzas multisectoriales son esenciales para coordinar la acción en los sectores de la salud, la agricultura y el medio ambiente, alinear las prioridades de las enfermedades fúngicas dentro de los marcos nacionales de la resistencia a los antimicrobianos y del enfoque One Health, y
mantener un compromiso político y financiero a largo plazo”, explican.
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