La literatura científica demuestra que la pandemia de
Covid-19 afectó de forma considerable a la
salud mental juvenil a nivel internacional. Un informe reciente de la
OCDE advierte, además, de que el problema, lejos de avanzar hacia una solución, se ha intensificado en los últimos años en diversos países desarrollados, entre ellos, España. Tras entrevistar a profesionales sanitarios y responsables políticos, el organismo concluye que el abordaje de la “crisis” del bienestar emocional juvenil requiere
“una respuesta multisectorial” que trascienda los límites del ámbito puramente sanitario.
El gran hándicap para lograrlo es la falta de datos al respecto. Según el estudio, menos de un tercio de los países de la OCDE cuentan con series temporales de información sobre la
salud mental de sus jóvenes. Para paliar esa circunstancia, los expertos sostienen que lo más importante es sumar la participación activa de los propios afectados en
el diseño y la implementación de políticas “que fomenten una salud mental positiva”.
Tal y como documentó la OCDE en su momento, el
bienestar emocional de la población juvenil de los estados desarrollados empeoró significativamente entre 2020 y 2021, los meses más duros de la pandemia. Según se recuerda en el último informe, en marzo de 2021, los jóvenes tenían entre un 30 y un 80 por ciento más de probabilidades de presentar síntomas de depresión o ansiedad que los adultos en Bélgica, Francia y Estados Unidos.
La OCDE cita a España entre los países -como Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia y Méjico- en los que disminuyó la
salud mental de los jóvenes durante la crisis sanitaria en comparación con los niveles previos a la pandemia. También se menciona a España como ejemplo de los países que cuenta con estudios nacionales en los que se recogen
“tasas preocupantes” de autolesiones e ideación suicida entre su población juvenil.
Un problema con múltiples factores
A pesar de esa evidencia, la OCDE advierte de que no existe un “único factor determinante comprobable” para explicar esa tendencia. “Es probable que múltiples factores interactúen de forma compleja para influir en los resultados de la salud mental juvenil”, señala. Entre esos elementos se alude a la digitalización, el uso de las redes sociales, la “inestabilidad global”, la “turbulencia socioeconómica” y
“la exposición al acoso o la presión académica”, que “no operan de forma aislada”.
Del mismo modo, existen “factores protectores” que, desde un enfoque holístico, “pueden desempeñar un papel fundamental en la promoción de la resiliencia y el bienestar entre los jóvenes”.
“Es fundamental una respuesta multisectorial para abordar la crisis de salud mental juvenil”, reza el informe.
Los expertos entrevistados por la OCDE enfatizaron “de manera consistente” que
los servicios de salud mental por sí solos son “insuficientes” para revertir la tendencia negativa, por lo que se necesita “un enfoque más amplio que involucre educación, familias, políticas digitales y apoyo comunitario” para “abordar los factores complejos e interrelacionados que contribuyen a la mala salud mental entre los jóvenes”.
Educación en el entorno escolar y apoyo entre pares
Los entrevistados mencionaron, como principales formas “efectivas” de desarrollar la “resiliencia en salud mental” y el bienestar emocional entre los jóvenes, la
educación infantil dentro del entorno escolar, seguida de acceso al apoyo en salud mental incluyendo el apoyo entre pares, la educación psicosocial y la alfabetización en salud mental, el apoyo en el entorno familiar, los estilos de vida saludables, las actividades sociales y la alfabetización digital. En definitiva, enfoques “menos medicalizados”.
Al respecto se pone como ejemplo los
centros Headspace en Australia, “un modelo de servicio que ha recibido un reconocimiento considerable, ha inspirado modelos similares en otros países y prioriza un enfoque holístico, escalonado y entre pares”. El Gobierno australiano lo impulsó en 2006 “en respuesta a la creciente preocupación por la oferta de servicios de salud mental para jóvenes”.
Desde entonces, “
ofrece apoyo holístico en salud física y mental para jóvenes de 12 a 25 años, combinando apoyo de baja intensidad con servicios clínicos más intensivos según sea necesario e integrando iniciativas lideradas por pares”. Esa iniciativa ha inspirado modelos similares en Dinamarca y Países Bajos.
Los expertos aludieron otras medidas de resiliencia como el
abordaje de desigualdades económicas, la prevención del maltrato, la promoción de conocimientos de salud mental entre los padres, la salud mental materna y encuestas de seguimiento de salud mental.
Implicar a los jóvenes en las políticas de salud mental
La cuestión es cómo poner en marcha todas esas medidas de manera efectiva. El paso inicial para lograrlo, según la OCDE, es
salvar “varias lagunas clave de datos e información” al respecto, teniendo en cuenta que menos de un tercio de los países de la OCDE cuentan con series temporales de datos representativas a nivel nacional sobre los resultados de salud mental entre los jóvenes.
“En primer lugar, será fundamental
realizar un seguimiento del estado de salud mental de los jóvenes en los próximos años, a medida que se disponga de más datos, para comprobar si se mantiene la tendencia de mejora observada tras la pandemia”, se señala en el informe. En segundo lugar, “se necesita más y mejor información sobre la relación entre el uso de la tecnología digital por parte de los jóvenes y los resultados de salud mental”, un campo en el que “persisten importantes deficiencias en los datos de la investigación subyacente”.
Por último -“y quizás lo más importante”, dice la OCDE-, se llama a “hacer todo lo posible” por “
consultar a los jóvenes sobre su propia salud mental, qué consideran que influye en una buena o mala salud mental y qué apoyo que necesitan pero que tal vez les resulte difícil obtener”. “Los jóvenes también deben participar activamente en el diseño y la implementación de políticas y programas que fomenten una salud mental positiva”, se concluye.
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