Cerca de
700 casos ya declarados, 115 personas fallecidas (entre ellas también niños) y 300 ciudadanos en aislamiento.
Son algunos de las cifras oficiales que ofrece el Gobierno de República Democrática del Congo (RDC) y entidades internacionales como la
Organización Mundial de la Salud (OMS), ante el brote de ébola declarado el pasado 15 de mayo en este país, y que se ha extendido ya a naciones vecinas como Uganda, donde también ha provocado contagios y muertes.
El ébola es una
enfermedad endémica en RDC, que ha clasificado ya este brote como el décimo séptimo en torno a esta patología.
Este brote preocupa especialmente a la OMS y ha puesto en alerta a países como Estados Unidos, que ha solicitado a
Europa que prohiba la movilidad a quienes hayan estado en RDC, Uganda y Sudán del Sur durante los últimos 21 días, como ha hecho la administración Trump.
Son varios los factores que están confluyendo para que, como ha reconocido la propia OMS, el brote de ébola declarado vaya por delante de los esfuerzos que están realizando las
autoridades sanitarias.
En este caso se ha identificado la
variante Bundibugyo, lo que podría complicar los esfuerzos de respuesta ya que los tratamientos y las vacunas existentes hasta el momento son exclusivamente para la variante Zaire del ebolavirus.
Infraestructura sanitaria deficiente y conflicto armado
Otro punto que dificulta la tarea de control del brote es la
deficiente infraestructura sanitaria en la zona rural donde se ha originado. El sistema de salud de RDC se sitúa en los últimos puestos a nivel mundial. En el Índice de Desarrollo Humano (IDH) del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, que evalúa factores como la esperanza de vida y la salud, la RDC suele ocupar el puesto 180 de 193 países. Las infraestructuras están alejadas de los estándares globales y son casi inexistentes en zonas rurales, donde gran parte de la población carece de alcance al sistema de salud pública.
Además, presenta una de las
tasas de mortalidad infantil más elevadas del mundo, donde cerca del 10 por ciento de los niños fallece antes de cumplir los 5 años debido a enfermedades prevenibles. Esta población está amenazada seriamente por este brote, porque los síntomas de vómitos y diarreas ocasionan peor cuadro clínico en estas edades.
Agrava la situación la
tensión armada en la zona. La respuesta al brote de ébola en el este de RDC se ve gravemente obstaculizada por el conflicto armado entre el ejército y múltiples milicias étnicas. Esta violencia impide el rastreo de contactos y aísla a los enfermos, creando un choque catastrófico entre enfermedad y guerra. Las hostilidades continuas hacen que zonas enteras de las provincias de Ituri (donde se ha originado este brote) y Kivu sean inaccesibles para el personal médico. La inestabilidad obliga a miles de personas a huir, lo que propaga el virus y dificulta su contención. Las milicias y la desconfianza de la comunidad hacia las autoridades han llevado a
atacar clínicas y equipos sanitarios, y el miedo y las tensiones sociopolíticas provocan el rechazo a las pruebas, vacunas y a los aislamientos preventivos.
El impacto de los recortes en la ayuda internacional
A todo esto hay que sumar los
recortes que en materia de ayuda internacional ha hecho la administración Trump en el mandato actual. Ha retirado la financiación a la OMS y disuelto la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). A esto hay que añadir que ha recortado el presupuesto de sus Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), y sigue
reduciendo la ayuda sanitaria en países como RDC y Uganda.
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