Evitar daños cerebrales por ansiolíticos exige "indicación médica clara"

La presidenta de la Sociedad Española de Psiquiatría insiste en la importancia de la supervisión médica

Marína Díaz Marsá, la presidenta de la sociedad española de psiquiatría y salud mental.


11 jul 2026. 14.35H
España lidera el consumo mundial de benzodiacepinas, con una tasa cercana a las 110 dosis diarias por cada 1.000 habitantes, según la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE). Por su parte, el Ministerio de Sanidad estima que más del 40 por ciento de la población ha tomado estos fármacos en alguna ocasión y que cerca del 22 por ciento los consume de forma habitual. La situación es preocupante. Sin embargo, la presidenta de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental, Marina Díaz Marsá lanza un mensaje de aliento en Redacción Médica: “Estos tratamientos han mejorado la calidad de vida de millones de personas y, en muchos casos, previenen recaídas, hospitalizaciones e incluso el suicidio”. La explicación se encuentra en una mayor detección de los trastornos mentales, el envejecimiento de la población, la cronicidad y las consecuencias psicológicas de distintos factores sociales. Para ella, el reto está en “asegurar que cada tratamiento mantiene una indicación clara y se revisa periódicamente”. Y es que el verdadero riesgo de los psicofármacos reside en un uso inadecuado, que puede provocar pérdida de memoria, disminución de la atención y de la velocidad de procesamiento, e incluso un deterioro del rendimiento cognitivo.

Las benzodiacepinas actúan sobre el sistema nervioso aumentando la actividad del GABA, un neurotransmisor que reduce la excitación cerebral y favorece un estado de calma. Esto explica sus efectos ansiolíticos, sedantes y relajantes musculares. El uso prolongado de benzodiacepinas lleva al cerebro a adaptarse a su efecto: reduce la sensibilidad al sistema inhibidor del GABA y aumenta la actividad de otros mecanismos excitadores, como el glutamato. Esta adaptación está detrás de la tolerancia al fármaco y de los síntomas que pueden aparecer tras su retirada.

De nuevo, Díaz Marsá insiste en que el uso de estos fármacos "no tiene por qué dar lugar a consecuencias físicas y, por el contrario, con un seguimiento adecuado y las dosis indicadas, sus efectos pueden ser muy beneficiosos para lograr la remisión de los síntomas de ansiedad y depresión, favoreciendo el bienestar y una calidad de vida significativamente mejor en los pacientes". Sin embargo, un uso inadecuado de las benzodiacepinas puede tener consecuencias graves.

¿Qué consecuencias tiene para los pacientes el uso inadecuado de las benzodiacepinas?


"Hay estudios que muestran que la utilización prolongada de benzodiacepinas podría afectar a la memoria reciente, la atención sostenida, la velocidad de procesamiento y determinadas funciones ejecutivas, especialmente cuando se emplean dosis elevadas durante años o en personas mayores", explica. No obstante, matiza que, por suerte, una parte importante de estos déficits mejora tras la retirada progresiva del tratamiento, aunque la recuperación puede requerir varios meses.

Además, el consumo indebido no solo se relaciona con un aumento de los posibles efectos adversos, sino también con un mayor riesgo de desarrollar tolerancia o dependencia. "En muchos casos esto sucede porque se utilizan estos fármacos sin supervisión médica o porque se toman dosis superiores a las prescritas", asegura la psiquiatra.

La tolerancia implica que el organismo necesita una mayor exposición al fármaco para conseguir el mismo efecto clínico. La dependencia, en cambio, supone que el cerebro se ha adaptado a su presencia y puede reaccionar cuando el medicamento desaparece de forma brusca. En el caso de las benzodiacepinas, este proceso está ampliamente estudiado: tras un uso prolongado, el cerebro reduce su respuesta al sistema GABA y se adapta a la presencia del medicamento para mantener el equilibrio de la actividad neuronal. Por ello, una retirada brusca puede desencadenar un estado de hiperexcitabilidad, con síntomas como ansiedad intensa, insomnio o irritabilidad.

Para evitar estos efectos, la solución pasa por una premisa clara: tanto el inicio del tratamiento como su retirada deben realizarse bajo supervisión médica. "En psiquiatría debemos valorar de forma periódica si el beneficio que sigue aportando el tratamiento continúa superando sus posibles efectos adversos y si la indicación inicial sigue vigente", subraya Díaz Marsá.

Entre las señales que aconsejan revisar el tratamiento se encuentran la aparición de efectos secundarios persistentes, la pérdida de eficacia, el desarrollo de tolerancia, los cambios en la situación clínica del paciente, la aparición de nuevas enfermedades, la polimedicación o las dificultades funcionales relacionadas con la medicación. "La duración no debe establecerse de forma automática, sino individualizarse. El objetivo no es tratar más ni tratar menos, sino tratar mejor y de forma cada vez más personalizada", concluye.
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