El
cáncer de ovario es el tumor ginecológico con mayor tasa de mortalidad, a pesar de no ser el más frecuente, debido principalmente a su
diagnóstico tardío. En este contexto, la concienciación, la detección precoz y el acceso a una atención especializada resultan fundamentales para mejorar el pronóstico de las pacientes.
El cáncer de ovario es un tumor maligno que se origina en los ovarios o en el peritoneo del sistema reproductor femenino. “Lo llamamos
tumor silencioso porque no suele dar señales claras al principio, pero eso no significa que no haya síntomas; el problema es que son muy inespecíficos y fáciles de confundir, por lo que se detecta en
fases avanzadas”, explica
Concha Blasco, ginecóloga de
HLA Clínica Montpellier y HLA Centro Médico Zaragoza.
Existen tres tipos principales: los
tumores epiteliales, el 90 por ciento de los casos, más frecuentes a partir de los 50 años, los de células germinales, en mujeres jóvenes, y los estromales. Aunque los síntomas iniciales son poco específicos, es clave vigilar señales persistentes como
hinchazón abdominal, dolor pélvico, saciedad precoz, cambios intestinales, urgencia urinaria, sangrados anómalos, fatiga o pérdida de apetito. “Cuando estos síntomas se mantienen en el tiempo, no debemos normalizarlos; es importante consultar para poder descartar esta patología relevante”, añade.
Factores de riesgo y genética
Entre los factores de riesgo destacan la edad, las
mutaciones genéticas como BRCA1 y BRCA2, los antecedentes familiares y factores reproductivos. “El componente genético tiene un peso importante. Identificar a las pacientes con
riesgo elevado permite actuar antes y ofrecer estrategias preventivas eficaces”, señala.
El diagnóstico precoz sigue siendo un reto, ya que no existe un cribado eficaz en población general. Por ello, la
revisión ginecológica periódica es fundamental. A través de la ecografía ginecológica se puede realizar un cribado que permite detectar
quistes sospechosos, especialmente en mujeres con factores de riesgo. En estos casos, se complementa el estudio con pruebas radiológicas y marcadores tumorales. “La revisión ginecológica no sustituye a un cribado, pero sí es una herramienta clave para detectar hallazgos sospechosos”, apunta Blasco.
Abordaje terapéutico y cirugía
El tratamiento basado en la
cirugía y la quimioterapia tiene como objetivo lograr una
“citorreducción óptima” eliminando todo el tumor visible. En casos avanzados puede iniciarse con quimioterapia, y en centros especializados se emplea
HIPEC (Quimioterapia Intraperitoneal Hipertérmica). “Hoy hablamos cada vez más de cronificar la enfermedad en determinados casos, algo impensable hace años”, afirma.
Aunque no existe una prevención absoluta, hay medidas que reducen el riesgo, como
anticonceptivos orales, embarazo, lactancia o ciertas cirugías. En mujeres con alto riesgo genético, la
cirugía profiláctica es la opción más eficaz. “Cada paciente es única, y adaptar el seguimiento y el tratamiento a sus características personales es clave para mejorar los resultados y su calidad de vida”, subraya.
En
HLA Clínica Montpellier se realizan revisiones periódicas con ecografía, permitiendo un diagnóstico oportunista y seguimiento estrecho, especialmente en pacientes de riesgo, con
consejo genético y prevención personalizada. Además, desde su experiencia en
HLA Centro Médico Zaragoza, la Dra. Blasco destaca la continuidad asistencial, “una coordinación fluida entre consulta y hospital permite un seguimiento integral, mejora la toma de decisiones y aporta mayor seguridad durante todo el proceso”.
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