El 6,7 por ciento de la población con
tarjeta sanitaria española sufre un
trastorno de ansiedad. El mismo porcentaje se registra entre quienes padecen depresión. Así lo reflejan los últimos
datos sobre salud mental publicados por el
Ministerio de Sanidad. La demanda de asistencia psicológica no deja de crecer, el
Sistema Nacional de Salud (SNS) trata de adaptarse e incrementa recursos, pero no lo suficiente. La ratio de psicólogos clínicos continúa situándose entre los seis y siete por cada 100.000 habitantes.
De fondo resuena una de las
principales lecciones que dejó la
pandemia del Covid-19: la importancia de cuidar la salud mental. Ante la escasez de recursos públicos, son muchos los que “invierten” en su bienestar y acuden a consultas privadas. Sin embargo, el debate sigue abierto. Chocan los discursos. Por un lado, quienes defienden que “todo el mundo debe ir ar psicólogo”. Por otro, quienes cuestionan la utilidad de la terapia cuando el profesional "solo" escucha el relato del paciente sin conocer realmente cómo actúa fuera de consulta.
Los
profesionales rechazan, sin embargo, este tipo de planteamientos. Ni todo malestar es necesariamente un problema clínico, ni los psicólogos son "jueces encargados de conocer una verdad absoluta". Además, rechazan la idea de que la evaluación terapéutica se basa únicamente en lo que cuenta el paciente. "Todas las personas que tengan un problema de salud mental tienen que recibir una atención
accesible, equitativa y especializada. Pero hay muchas situaciones que deberían resolverse en la comunidad, en el colegio o en los servicios sociales y que están acabando en salud mental. Evidentemente, son personas que sufren, pero no siempre estamos ante un problema sanitario", sentencia
Teresa Bobes, presidenta de la
Sociedad Española de Psicología Clínica (Anpir).
El auge de la salud mental: ¿Trivializació o impulso al cuidado?
Bobes reflexiona sobre el la popularidad que ha ganado en los últimos años la
salud mental. Reconoce que hablar más de ella ha ayudado a
normalizar estos problemas y a que pidan ayuda personas que antes no lo habrían hecho. Sin embargo, también advierte de una cierta banalización del tema. "Desde nuestro punto de vista, se está trivializando en cierta medida lo que realmente constituye un problema de salud mental que requiere atención especializada.
No todo el mundo tiene que ir al psicólogo", defiende.
"Lo que estamos viendo en las consultas es que los casos complejos y graves reciben menos atención porque malestares propios de la vida cotidiana, que se están psicopatologizando, acaparan buena parte de la demanda. Además, muchos problemas que no son sanitarios pretenden resolverse desde la sanidad", añade. Por su parte,
Raquel Belaiz, cofundadora y psicóloga de
Psiconet, agrega que "ir al psicólogo no debe convertirse en un símbolo de evolución personal".
Además,
Olga Merino, vocal de la Junta de Gobierno del
Colegio Oficial de Psicología de Madrid (COP), insiste en la importancia de entender la salud mental más allá de las consultas. "A todo el mundo le vendría bien conocer herramientas y recursos de gestión emocional y cognitiva. No todas las personas cuentan con esas habilidades de forma innata ni han tenido la oportunidad de aprenderlas. Por eso, creo que es fundamental adquirir conocimientos sobre gestión emocional, gestión conductual y relaciones interpersonales a través de la
psicoeducación, ya que ayuda a cuidar mejor nuestra salud y nuestro bienestar, tanto el propio como el de quienes nos rodean".
En lo que respecta a lo que ocurre dentro, las profesionales también reflexionan sobre la importancia de entender
cómo funciona un proceso terapéutico. En este sentido, Merino vuelve a recordar la necesidad de diferenciar entre el malestar natural que forma parte de la vida y el
malestar psicológico. "Precisamente el papel de los profesionales es hacer
una valoración adecuada y distinguir cuándo existe una patología y cuándo no". En este punto, las tres especialistas reiteran la importancia de dar peso a la voz del paciente. "No trabajamos como jueces intentando determinar cuál es la verdad; trabajamos con
cómo viven las personas sus experiencias. Muchas veces los pacientes no mienten de forma consciente: contamos nuestras historias desde nuestros propios sesgos, y eso no invalida el
proceso terapéutico. Una buena práctica clínica no depende únicamente de tener una versión objetiva de los hechos", explica Belaiz.
Con todo, reiteran que los
psicólogos son capaces de leer entre líneas lo que sucede dentro de la consulta. "Hay información valiosa que solo pueden aportar las personas del entorno, pero no hay que perder de vista al verdadero protagonista: la persona que pide ayuda o acude a consulta. Muchas veces esa distorsión forma parte precisamente de lo que le ocurre al paciente y tiene que ver con los
mecanismos de defensa que emplea", añade la presidenta de Anpir.
La saturación de los recursos, un problema que amenaza la salud mental
El
fin de la terapia depende de cada paciente y de sus circunstancias. Lo ideal sería que el proceso concluyese cuando la persona hubiera adquirido las herramientas necesarias para no convertir la terapia en su único sostén y no depender del proceso terapéutico para gestionar su malestar. Sin embargo, muchas personas no llegan a ese punto. La escasez de recursos condiciona la
atención en salud mental.
“Existe una tendencia objetiva al
alza de los problemas de salud mental en nuestra sociedad y, en concreto, en nuestro país. A ello se suma la saturación de los servicios públicos de salud y una mayor concienciación de la población sobre sus necesidades emocionales. Cada vez más personas deciden acudir a un psicólogo cuando se encuentran mal, por lo que es lógico que la demanda de
atención psicológica siga creciendo”, explica Merino.
Por su parte, Bobes describe la situación que atraviesa el
Sistema Nacional de Salud. “La sanidad pública se sostiene gracias a grandes profesionales. Lo que ocurre es que donde antes podíamos atender a 20 personas, ahora tenemos que atender a 200. Estamos ante una
sobredemanda exagerada en la que quienes verdaderamente presentan problemas o trastornos mentales complejos no están recibiendo la atención que necesitan. Y, lamentablemente, las personas que no tienen recursos están gestionando sus problemas de
salud mental como pueden”, denuncia.
Ante las elevadas listas de espera y la escasa frecuencia de las consultas en algunos casos dentro del sistema público, quienes pueden recurren a l
a sanidad privada. Sin embargo, la saturación de los recursos también alcanza a este ámbito. En palabras de Raquel Belaiz, “el sector privado t
ambién está saturado y no todo el mundo puede sostener un proceso terapéutico semanal durante meses o años. Es inevitable que haya pacientes que se queden fuera o lleguen demasiado tarde. Hay problemáticas, como las adicciones, que requieren mucho tiempo y continuidad, y esto no siempre es viable ni por los recursos disponibles ni por la situación económica del propio paciente. Esto genera dificultades y favorece l
a cronificación de muchos problemas”.
Ante este panorama, Bobes traza una hoja de ruta basada en garantizar una atención en salud mental sustentada en la
evidencia científica y prestada por especialistas acreditados. También apuesta por reforzar la prevención y la
alfabetización en salud mental mediante el trabajo comunitario y la coordinación con educación y servicios sociales, además de cuidar la salud mental de los propios profesionales sanitarios. “Tenemos que garantizar que exista
accesibilidad, equidad y calidad en los tratamientos que proporcionamos”, concluye.
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