La
Organización Mundial de la Salud (OMS), en su Declaración de Madrid, de 2001, ya demandaba que las políticas sanitarias deben reconocer que las mujeres y los hombres, debido a sus diferencias biológicas y a sus roles de género, tienen diferentes necesidades, obstáculos y oportunidades.
“No se puede tratar de la misma forma a hombres y mujeres en muchos casos. Conocer sus diferencias, tanto al identificar síntomas como en la respuesta a los tratamientos, resulta necesario para abordar cada patología de la manera más eficaz”, explica
Aurora Araújo, decana del
Colegio Profesional de Fisioterapeutas de la Comunidad de Madrid (CPFCM).
Sin embargo, aumenta la evidencia de que aún, de manera inconsciente entre profesionales sanitarios, se realiza un
menor esfuerzo diagnóstico y terapéutico en el ámbito sanitario con las mujeres, en general, lo que provoca desigualdades que les perjudican, señala el estudio “Recomendaciones para la práctica clínica con enfoque de género”, editado por el Observatorio de Salud de la Mujer del Ministerio de Sanidad y Política Social.
También se aprecia el
sesgo en los estudios científicos. Hasta hace pocos años, los análisis de todo tipo se realizaban, básicamente con población masculina. Esto ha venido dificultando el traslado de los resultados de las investigaciones a la práctica clínica, que no tenían en cuenta a las mujeres y sus especificidades.
Por estos motivos, el CPFCM, reclama medidas que eliminen el sesgo de género en la atención sanitaria a las mujeres.
Secuelas para la cuidadora
El papel social femenino es un aspecto importante a tener en cuenta. La mujer sigue ejerciendo de forma mayoritaria el
rol de cuidadora en la familia, lo que hace que a veces deje en segundo plano la atención a su salud y que tarde más en solicitar asistencia sanitaria cuando lo necesita.
Cuidar a familiares con un alto grado de dependencia puede suponer la manipulación del cuerpo de estas personas; en muchas ocasiones sin ayuda, y con sobrepeso en el paciente a causa de la inmovilidad. Esto deriva a veces en
lesiones o alteraciones musculoesqueléticas (AME): hernias, pinzamientos, fisuras, contracturas musculares, rupturas fibrilares, calambres por sobreesfuerzo o artrosis de articulaciones, entre otros problemas.
Algunos estudios señalan que el
53% de las mujeres que cuidan a familiares inmovilizados presentan dolor lumbar; el 43%, dolor sacro; y el 25%, dolor dorsal. Una situación similar se repite en personas contratadas, muchas veces mujeres, para realizar este trabajo de atención a pacientes con discapacidad o a mayores.
“Los fisioterapeutas, con frecuencia, nos encontramos entre nuestros pacientes con mujeres que presentan estas afecciones. Es una cuestión a la que hay que atender cuanto antes. Además, muchas veces se trata de personas que
no reciben un tratamiento de fisioterapia en la sanidad pública y que no pueden costeárselo de modo privado”, indica la decana del CPFCM.
A esto se suman otras cuestiones asociadas, como estrés, trastornos de sueño (lo manifiestan el 62% de las mujeres cuidadoras) o niveles elevados de colesterol y triglicéridos. Se une que solo el 28% de las mujeres cuidadoras realiza algún tipo de ejercicio para mejorar su forma física.
Para evitar problemas de salud, la intervención fisioterápica en diversas patologías incluye el asesoramiento a las familias afectadas sobre medidas preventivas y el manejo de pacientes neurológicos y geriátricos.
“Asumir una
actitud preventiva es la mejor opción para evitar estos problemas. Tras consultar al profesional sanitario adecuado, plantear un programa de ejercicio terapéutico y realizar actividad física, pautada por un fisioterapeuta, resultan fundamentales”, señala Aurora Araújo.
Salud laboral
Diversos estudios también muestran que, dentro del ámbito laboral, la mujer encuentra más dificultades para que se acepten sus reclamaciones por
trastornos de salud relacionados con el trabajo, se reconozca el origen laboral de su daño y se le compense económicamente por ello, frente a lo que ocurriría ante la misma situación a un hombre.
Sin embargo, los movimientos repetitivos y las posturas forzadas, dos de los factores que más afectan a los puestos ocupados por mujeres,
no cuentan con legislación específica.
“De nuevo, la sanidad pública no suele ofrecer atención fisioterápica a estos problemas. Teniendo en cuenta que el tratamiento de fisioterapia se recibe de forma mayoritaria a través del ámbito privado, muchas mujeres trabajadoras en esta situación, cuyos ingresos no son elevados, tienen complicado asumir el coste del tratamiento para sus dolencias”, añade la decana del CPFCM.
Problemas cardiovasculares y salud mental
Otro ejemplo de discriminación aparece en torno a las enfermedades cardiovasculares. La
cardiopatía isquémica es la primera causa de muerte femenina en España; causa diez veces más muertes que el cáncer de mama, según datos de la Sociedad Española de Cardiología.
Varios estudios señalan que el sesgo de género influye en el diagnóstico de enfermedades cardiovasculares. Existe una
percepción social baja de que la mujer pueda verse afectada por un infarto y a las pacientes que acuden a los servicios de Urgencias con dolor torácico se les realizan menos estudios que a un hombre.
Además, la mujer demanda asistencia mucho más tarde que el hombre cuando está sufriendo un infarto, lo que tiene consecuencias muy negativas. Las mujeres también reciben de media menos trasplantes cardíacos, menos asistencias ventriculares y menos dispositivos, como los desfibriladores implantables o resincronizadores.
Se añade que la tasa de abandono de los
programas de rehabilitación cardíaca es mayor en la mujer que la del hombre. Algo similar ocurre con la menor adherencia a muchos tratamientos, relacionada con su papel de cuidadora en el entorno familiar, que le lleva a “sacrificarse” a un segundo plano para atender a otras personas.
La mujer tiene un
menor riesgo de padecer trombosis durante su etapa fértil, por cuestiones hormonales, que retrasan la aparición de la hipertensión arterial, la hipercolesterolemia o la diabetes. Pero ese riesgo se iguala al hombre cuando alcanza la menopausia.
Del mismo modo, las enfermedades relacionadas con la
salud mental, como depresión o ansiedad, son más frecuentes en la mujer, pero se le diagnostica más tarde debido, de nuevo, al sesgo de género.
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