La
Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que 800.000 personas se quitan la vida cada año. En el plano nacional, en 2024, último año del que se tienen registros, el
Ministerio de Sanidad contabilizó
3.953 fallecimientos por suicidio, lo que se traduce en 11 diarios. Además, las cifras de intentos autolíticos se elevan a los 200 al día. En este contexto, un reciente estudio publicado por la
Revista Española de Salud Pública, dependiente del Ministerio de Sanidad, ha realizado un seguimiento de los casos de suicidio detectados en los últimos veintiún años en Galicia. Como respuesta a esta problemática, el estudio insta a crear
bases de datos que permitan monitorizar los eventos de suicidio y sus características, para tratar de identificar a personas vulnerables o a la
población de alto riesgo.
La subrepresentación de los suicidios en España
El estudio advierte de que algunos suicidios
podrían no haber sido contabilizados al confundirse con otras causas clínicas. Esta falta de precisión habría provocado una subrepresentación de casos y que una parte de las muertes clasificadas como indeterminadas sean, de facto, suicidios. Por tanto, la gravedad de este problema podría ser mucho mayor.
En España, se trata de una cuestión muy compleja y, según los organismos públicos que elaboran estadísticas sobre suicidio, como el I
nstituto Nacional de Estadística (INE) o el Instituto de Medicina Legal (IML), no existe una plena concordancia en los datos disponibles. En el caso analizado, el estudio detecta una relación entre los intentos autolíticos y los
trastornos de salud mental. En este tipo de episodios, la presencia de testigos actúa como un factor protector, mientras que la edad avanzada aumenta
el riesgo de mortalidad.
Los determinantes sociales de la salud, un factor clave para entender los suicidios
El informe señala que en los casos de suicidio existe “una relación de riesgo según la zona de residencia y el sexo”, vinculada a los
determinantes sociales de la salud. Se trata de un ámbito que requiere una investigación más profunda para identificar sus desencadenantes y avanzar en el diseño de políticas de prevención y control más eficaces. El documento también subraya la importancia de analizar variables como la franja etaria, el sexo, la localización del suceso, la existencia de
patología psiquiátrica previa y el pronóstico de la víctima.
El estudio también insta a
revisar las guías de prevención, incorporando técnicas y factores que podrían estar pasando desapercibidos. En este sentido, advierte de que un elevado porcentaje de las personas que se suicidaron padecía algún problema de salud mental.
En consecuencia, la combinación de un diagnóstico previo de trastorno mental y la existencia de intentos previos de suicidio configura un perfil de alto riesgo que requiere una identificación clínica temprana,
tratamiento médico-psiquiátrico y un seguimiento eficaz para avanzar en una prevención activa del suicidio. Por este motivo, el informe subraya la importancia de crear bases de datos que permitan monitorizar los eventos de suicidio y sus características, con el fin de identificar a las
personas vulnerables y a la población de alto riesgo.
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