La popularidad de figuras como David Sinclair o Peter Attia ha consolidado en redes sociales una etiqueta que ha generado gran controversia y puede dar lugar a confusión: la de
‘experto en longevidad’. "Hoy en día es un concepto únicamente mediático. Ni el sistema MIR en España ni los sistemas de salud de nuestro entorno reconocen la especialidad de 'medicina de la longevidad'", subraya
Jesús Santianes Patiño, médico de familia y coordinador del Grupo de Trabajo de Cronicidad y Dependencia de la
Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (Semergen) en su entrevista con
Redacción Médica.
De hecho, el especialista distingue esa etiqueta de un campo de conocimiento que sí tiene solidez: la
biología del envejecimiento. Este cuenta "con un marco conceptual sólido y publicaciones indexadas de gran calidad", como el trabajo Hallmarks of aging del Dr. López-Otín, publicado en la revista
Cell. El problema, detalla, es que "el paso de la biología del envejecimiento al 'experto en longevidad' se realiza
sin ningún tipo de acreditación formal".
Por otro lado,
Redacción Médica también ha contado con la visión de
Pilar Rodríguez Ledo, presidenta de la
Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG) e impulsora del proyecto Renace (Registro Nacional de Centenarios). Para Ledo, la definición correcta no puede depender de la notoriedad. En este sentido, un experto en longevidad "no debería definirse por su presencia mediática, por el número de seguidores o por la capacidad de comunicar mensajes atractivos, sino por su
solvencia científica, su formación, su experiencia clínica o investigadora y, sobre todo, por su capacidad para interpretar la evidencia con prudencia", afirma.
El verdadero significado de la longevidad
Lo cierto es que, para considerarse un experto en longevidad, más allá de “tener una formación médica o científica reglada”, se debe saber lo que de verdad significa ese concepto. Para la presidenta de SEMG, “hablar de longevidad no es hablar simplemente de vivir más años”, pues su verdadero objetivo es “
aumentar los años de vida en buena salud, con autonomía, funcionalidad, participación social y calidad de vida", explica, en conexión con el concepto de
envejecimiento saludable de la OMS.
Bajo esta perspectiva, un experto real debería
integrar conocimientos de biología del envejecimiento, epidemiología, prevención cardiovascular, nutrición, ejercicio,
salud mental, fragilidad, farmacología y determinantes sociales, y saber "distinguir entre hallazgos prometedores, hipótesis experimentales y recomendaciones aplicables a la población", afirma Rodríguez Ledo.
Por su parte, Santianes detalla que, para ser considerado experto, una persona debe tener una formación médica, realizando además “
actividad asistencial, docente e investigadora verificable" en el ámbito del envejecimiento, y con afirmaciones respaldadas por
evidencia de calidad revisada por pares. En el caso de Sinclair o Attia, ambos "tienen una formación de base, pero eso no los convierte automáticamente en el estándar de referencia del campo", sobre todo cuando algunas de sus divulgaciones "se alejan de la evidencia científica disponible", destaca el médico.
Sin embargo, esto cuenta también con un doble filo, ya que con perfiles con un alto poder mediático “podemos considerar positivo el hecho de dar relevancia o poner de actualidad el envejecimiento, la prevención y los beneficios de mantener un buen estado de salud en edades avanzadas”, explica el médico de familia. Pero nada más lejos de la realidad, pues ante esta situación el riesgo se encuentra en “
convertir la longevidad en un producto de consumo, en una promesa de rejuvenecimiento o en una medicina de élite basada en pruebas, suplementos, dispositivos y tratamientos no siempre validados”, destaca la impulsora del proyecto Renace .
Dónde está la línea entre divulgar y prescribir
Con médicos, científicos, divulgadores e influencers sin formación sanitaria presentándose como expertos, la línea que los separa es muy fina. Para Santianes, esta frontera se sitúa en criterios como una “formación sanitaria o científica verificada y contrastada;
transparencia sobre conflictos de interés, especialmente cuando se venden productos o se ofrecen servicios; y
afirmaciones respaldadas por la evidencia científica y no por una anécdota personal".
Además, el especialista recuerda que la
Organización Médica Colegial recomienda que los médicos que divulgan en redes muestren su
número de colegiado para evitar la desinformación. Pero más allá de tener una formación reglada y la evidencia científica detrás, es necesario diferenciar entre divulgar conocimiento general y “
recomendar fármacos, interpretar analíticas, indicar suplementos, proponer restricciones dietéticas intensas o sugerir que una persona abandone tratamientos convencionales”, detalla Rodríguez Ledo.
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Médico en su consulta con un paciente (Envato)
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En este sentido, la divulgación debe ser plural, pero cuando se entra en la indicación clínica o la modificación de tratamientos, "
hablamos de un acto sanitario, y eso exige formación, competencia profesional, evaluación individualizada, conocimiento de riesgos, seguimiento y responsabilidad legal y ética", afirma.
Esta difusión de recomendaciones o consejos sin ninguna evidencia y por parte de personas que carecen de una enseñanza específica puede generar ”
una falsa sensación de inocuidad" y afectar de forma negativa a pacientes que están sanos o se consideran sanos. Precisamente por eso, "
intervenir sobre personas sanas exige todavía más prudencia, porque el umbral de beneficio debe ser alto y el riesgo aceptable muy bajo", destaca la presidenta de SEMG.
¿Puede considerarse intrusimo laboral?
El concepto de “experto en longevidad” lleva a algo inevitable: el
intrusismo laboral. No obstante, hay que cogerlo con pinzas, ya que no todos los casos llevan a ello, pero sí que se puede llamar intrusismo "cuando vemos a personas sin formación sanitaria recomendando pautas de tratamiento con fármacos usados fuera de indicación de ficha técnica o interpretando resultados de analíticas", revela Santianes. Aún así, estos actos "no llegan a encajar con la
definición legal de intrusismo profesional tal y como está recogida en el artículo 403 del Código Penal", lo que deja un vacío difícil de perseguir.
Es por ello que Rodríguez Ledo lo ha bautizado como
“intrusismo sutil”. No se afirma abiertamente "yo trato enfermedades", explica, "pero se induce a la población a comprar programas, productos o pruebas bajo la idea de que van a revertir la edad biológica, frenar el envejecimiento u optimizar la salud sin evidencia suficiente". Con ello, el problema principal no es que se hable de longevidad, sino “que se haga
desde la promesa, el marketing o el miedo". La medicina de la longevidad “debe someterse a los
mismos estándares que cualquier otra área sanitaria: evidencia, seguridad, evaluación de resultados, transparencia en conflictos de interés y respeto a la autonomía del paciente”, concluye la presidenta de SEMG.
Cómo distinguir a un profesional de un gurú
Para el paciente, distinguir a un profesional certificado de un divulgador sin ningún tipo de evidencia puede ser algo complejo. Sin embargo, existen señales claras para saber si la persona que le está tratando es un gurú. En primer lugar, un profesional "
acredita su formación de forma verificable y pública, se somete a revisión por pares, gradúa el nivel de certeza de lo que comunica, no vende un producto propio bajo el mismo mensaje que promueve y remite al sistema sanitario cuando corresponde" destaca el coordinador de Semergen. El gurú, en cambio, "
se apoya en el carisma y la certeza absoluta, presenta su experiencia personal como prueba universal, no admite crítica ni errores, y suele construir un relato de desconfianza hacia el sistema o las farmacéuticas que, paradójicamente, sirve para vender su propia alternativa", subraya.
Pero más allá de sus aptitudes y convencimientos, existe una señal clara y es que “
un profesional no promete rejuvenecer”. Este explica beneficios probables, límites y riesgos, individualiza las recomendaciones, reconoce lo que no sabe y "
pone la seguridad del paciente por delante del producto". Por su parte, el gurú "suele prometer más de lo que puede demostrar y presenta testimonios como si fueran evidencia", señala Rodríguez Ledo.
De este modo, una pregunta clara es si se pueden regular este tipo de figuras. El término de experto en longevidad es "una etiqueta mediática sin ningún respaldo formal detrás, por lo que regular directamente sobre ella será complicado y poco eficaz", cuenta Santianes. En su lugar, plantea
regular la figura del "influencer o divulgador sanitario", con medidas como exigir la
declaración de conflictos de interés o la posesión de una titulación sanitaria o científica acorde al campo. Es una cautela especialmente relevante, advierte, "cuando personas públicas sin formación sanitaria, pero con un gran alcance en redes sociales, como pueden ser deportistas de élite, hacen recomendaciones sanitarias contrarias al conocimiento científico", concluye el médico.
Aunque pueda contener afirmaciones, datos o apuntes procedentes de instituciones o profesionales sanitarios, la información contenida en Redacción Médica está editada y elaborada por periodistas. Recomendamos al lector que cualquier duda relacionada con la salud sea consultada con un profesional del ámbito sanitario.