La relación entre la alimentación y la
enfermedad inflamatoria intestinal (EII) ha sido durante años un terreno con más preguntas que respuestas. Se sabía, por estudios anteriores, que el consumo de
carne roja se asociaba a un mayor riesgo de desarrollar la enfermedad o de sufrir recaídas, pero los mecanismos biológicos que explicaban esa relación seguían sin estar claros.
En este sentido, un nuevo estudio publicado en la revista
Cellular and Molecular Gastroenterology and Hepatology, liderado por investigadores de la
Universidad de Stony Brook, aporta ahora una explicación más precisa de qué ocurre en el intestino cuando la proteína que se consume procede de la carne roja, y por qué otras fuentes de proteína podrían tener el
efecto contrario.
Para ello, los investigadores diseñaron
dietas sintéticas con el mismo aporte calórico, pero con distinta procedencia de la proteína: carne de res, clara de huevo, caseína (procedente de los lácteos), soja y guisante. Estas dietas se probaron en
modelos animales con colitis, tanto en su forma aguda como crónica, replicando así distintos escenarios de la enfermedad inflamatoria intestinal.
El resultado fue consistente en todos los modelos empleados y no dependió del sexo de los animales. Los ratones alimentados con proteína de carne de res desarrollaron la
inflamación intestinal más grave de todo el experimento. En el extremo opuesto, los que recibieron
proteína de guisante presentaron únicamente síntomas leves. Las dietas basadas en huevo, caseína o soja se situaron en una posición intermedia.
La microbiota intestinal, en el centro de la explicación
Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es que el efecto perjudicial de la proteína de la carne roja no actúa de forma directa, sino a través de los
microorganismos que habitan en el intestino. Cuando los investigadores repitieron los experimentos en ratones libres de gérmenes o sometidos a tratamientos que alteraban su microbiota, comprobaron que el efecto promotor de la inflamación desaparecía, lo que confirma que son las
bacterias intestinales las que median este proceso.
Al analizar la composición de la microbiota, el equipo observó que la dieta rica en proteína de res reducía la presencia de dos especies bacterianas —
Lactobacillus johnsonii y
Turicibacter sanguinis— y aumentaba, en cambio, la de
Akkermansia muciniphila. Esta última bacteria se localizó específicamente en la
capa de moco que recubre el intestino, coincidiendo con una disminución en el grosor y la calidad de esa capa protectora, una barrera fundamental para evitar que los microorganismos entren en contacto directo con la pared intestinal.
Igualmente, entre los hallazgos del estudio destaca también un dato que puede tener una aplicación práctica. Se trata de la administración de
psyllium, una una fibra dietética de uso habitual, que protegió a los ratones frente a la inflamación asociada al consumo de proteína de carne de res. Este suplemento consiguió
restaurar la presencia de las bacterias moduladoras de los ácidos biliares y normalizar sus proporciones, revirtiendo así parte del efecto nocivo observado.
La inflamación, un enemigo para la longevidad
Numerosos estudios han demostrado que la inflamación intestinal acelera el envejecimiento, sin embargo, son muchas las investigaciones que se centran ya en la alimentación como forma de aumentar la esperanza de vida y la longevidad. En este sentido, el informe llevado a cabo por los investigadores de la Universidad de Stony Brook no llega de forma aislada. Recientemente, otro estudio publicado en
Cell Metabolism y liderado por el equipo de
Valter Longo, de la Universidad del Sur de California, situaba también a la
proteína animal en el centro del debate, pero con un enfoque distinto: la longevidad.
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Un plato de ensalada (Envato)
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Esta investigación, que combinó experimentos en ratones con datos de salud de más de 200.000 personas, identificó que no es tanto la cantidad de proteína consumida como su
composición en aminoácidos lo que determina buena parte del envejecimiento metabólico. Concretamente, el aminoácido
metionina, abundante en la carne, los huevos y los lácteos.
La llamada
dieta de la longevidad que proponía ese trabajo, basada principalmente en alimentos vegetales y pescado, con una cantidad reducida pero suficiente de metionina, se asoció en ratones a una
mayor esperanza de vida, menos grasa corporal y menor fragilidad, sin perder masa muscular. En humanos, quienes consumían más proteína animal —y por tanto más metionina— presentaban
mayor prevalencia de obesidad y el doble de riesgo de
diabetes tipo 2, con independencia de su ingesta calórica total.
Dos estudios en una misma dirección
A pesar de contar con objetivos distintos, ambos trabajos apuntan a la misma dirección. Las investigaciones concluyen que
no toda la proteína actúa igual en el organismo, y la de origen animal, especialmente la procedente de la carne roja, parece asociarse de forma recurrente a
peores desenlaces de salud, ya sea a través de la
microbiota intestinal o del metabolismo de los aminoácidos.
No obstante, los investigadores de Stony Brook son cautos a la hora de trasladar directamente sus resultados a la población general, ya que estos han sido obtenidos en
modelos con animales. De este modo subrayan que las recomendaciones dietéticas basadas en evidencia para la enfermedad inflamatoria intestinal siguen siendo limitadas.
Sin embargo, ambos estudios coinciden en señalar que el
origen de la proteína que consumimos, más allá de la cantidad, podría ser una variable clave tanto para controlar enfermedades crónicas como para promover un
envejecimiento más saludable.
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