Los médicos internistas, representados por la
Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI), anuncian un cambio de paradigma, tanto en la investigación como en el tratamiento de la obesidad se está estudiando el efecto antiinflamatorio de los medicamentos ya disponibles para el manejo de la
obesidad y simultáneamente se está abriendo una
nueva diana terapéutica de enorme potencial que permitirá avanzar en la búsqueda y el desarrollo de nuevos fármacos dirigidos específicamente a
combatir la inflamación crónica de bajo grado asociada a esta enfermedad.
La i
nflamación de bajo grado es un mecanismo clave asociado a la obesidad, que condiciona una disminución de la esperanza y de la calidad de vida de las personas que la padecen, según informa el
Grupo de Trabajo de Diabetes, Obesidad y Nutrición (DON) de SEMI, con motivo del Día Mundial de la Obesidad.
“En primer lugar, queremos reafirmar una idea que no admite matices: la obesidad es una enfermedad. Tiene sus bases biológicas, sus
mecanismos fisiopatológicos propios, sus manifestaciones clínicas y una evolución sostenida en el tiempo. No es una cuestión estética ni un problema de voluntad. Es una alteración compleja del equilibrio energético y del sistema inmunometabólico que exige un diagnóstico, un tratamiento estructurado y un seguimiento continuado”, informa Alfredo Michán, coordinador del GT Don de SEMI.
Influencia de comorbilidades
En 2025,
The Lancet Commission diferenció dos perfiles de carga de enfermedad asociada a la obesidad:
obesidad preclínica, con exceso de adiposidad sin disfunción orgánica, y
obesidad clínica, cuando ese exceso provoca daño directo, como insuficiencia cardiaca (IC),
apnea del sueño o artrosis. Esta clasificación distingue además entre enfermedades en las que la adiposidad influye en su desarrollo (como la
diabetes) y aquellas en las que es causa directa,
como la IC con
fracción de eyección preservada, la apnea del sueño o la enfermedad renal crónica.
Michán destaca que este enfoque ha guiado la elaboración de la infografía de la obesidad presentada por su grupo, también en 2025. Actualmente, el
GT DON está concluyendo dos estudios. El primero, Robemin, analiza en
pacientes ingresados en Medicina Interna con obesidad su perfil sociodemográfico, la agrupación de comorbilidades y su impacto en el riesgo de reingreso y mortalidad en ingresos posteriores.
El segundo estudia retrospectivamente las altas hospitalarias (2016-2023) con diagnóstico secundario de obesidad y su influencia en la mortalidad hospitalaria en
procesos como insuficiencia cardiaca, EPOC, neumonía e ictus.
Los resultados muestran que la presencia de
tres o cuatro comorbilidades puede duplicar el riesgo de muerte durante el ingreso. Ambos estudios se presentarán en la XX Reunión del grupo en Jerez de la Frontera.
Fármaco antiinflamatorios
La intervención sobre el estilo de vida sigue siendo el primer pilar terapéutico. Alimentación estructurada, actividad física adaptada y apoyo conductual son imprescindibles, señala la sociedad. "Sabemos que el organismo pone en marcha mecanismos compensatorios que dificultan mantener la pérdida ponderal como son el incremento del apetito, la reducción del gasto energético y adaptaciones hormonales que favorecen la recuperación del peso perdido. Esta realidad fisiológica explica por qué la obesidad requiere, en muchos casos, apoyo farmacológico”, explica Michán.
En los últimos años, el
tratamiento farmacológico ha experimentado un
avance significativo porque, por primera vez, se actúa de forma directa sobre las dianas hormonales que participan en la regulación del apetito, la saciedad, la secreción insulínica y el gasto energético.
En el núcleo de esta enfermedad se encuentra la
disfunción del tejido adiposo. Cuando pierde su capacidad de adaptación saludable, deja de ser un mero almacén energético y se convierte en un
órgano endocrino alterado que mantiene una inflamación crónica de bajo grado, que favorece la resistencia a la insulina, el daño vascular, la progresión aterosclerótica y la afectación hepática metabólica. “
No hablamos de un exceso de peso aislado, sino de una alteración sistémica con impacto clínico real”, enfatiza el internista.
“Es necesario comprender que la obesidad no solo comporta una alteración mecánica, sino también un
proceso inflamatorio de bajo grado, dañino a largo plazo. Cuando la grasa se deposita fuera de los adipocitos, el organismo la identifica como una agresión, activando una respuesta inflamatoria sostenida que puede contribuir a la formación de trombos e incrementar el riesgo de infartos o ictus, principal causa de morbimortalidad en nuestro país".
"No son soluciones universales"
Por eso, "si conseguimos controlar la inflamación, podríamos disminuir estos eventos", insiste en referencia a esta nueva línea de abordaje, "en la que se investiga el potencial antiinflamatorio de los medicamentos en uso y de nuevos fármacos". En este sentido, además, "la obesidad eleva el riesgo de sufrir infecciones graves y empeora el pronóstico en casos críticos. De hecho, las personas que sufren de obesidad tienen más probabilidades de fallecer en la UCI por una sepsis”, advierte.
Desde SEMI recomiendan situar los fármacos en su contexto clínico, "n
o son soluciones aisladas ni universales, sino herramientas terapéuticas que deben indicarse con criterios médicos claros y dentro de un plan integral. Bien utilizados, con seguimiento y evaluación continuada, permiten intervenir sobre mecanismos biológicos concretos y mejorar no solo el peso corporal, sino también disminuir el riesgo vasculometabólico global".
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