Ipsen conciencia sobre la espasticidad, la secuela "inesperada" del ictus

La farmacéutica pone en marcha una campaña sobre ella para visibilizar esta consecuencia y tratarla a tiempo

Aurora Berra, directora general de Ipsen España.

27 oct 2022. 14.10H
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Ipsen ha presentado la campaña 'Espasticidad: la secuela que nadie espera', coincidiendo con el Día Mundial del Ictus que se celebra el sábado 29 de octubre, para concienciar a la sociedad sobre una de las secuelas más frecuentes y, a la vez, más desconocidas. El proyecto cuenta con el aval de la Sociedad Española de Rehabilitación y Medicina Física (Sermef).

Se estima que al menos uno de cada tres supervivientes a un ictus o accidente cerebro vascular (ACV) experimentan espasticidad durante el primer año desde que lo sufren, lo que convierte al ictus en la primera causa de discapacidad adquirida en adultos. La espasticidad consiste en una serie de contracciones permanentes de ciertos músculos que se manifiesta como rigidez y resistencia al estiramiento muscular.

Con una prevalencia de entre el 30 y el 80 por ciento, la espasticidad se desarrolla de forma gradual, semanas e incluso meses después de haber padecido un ACV, y acaba siendo una secuela crónica, por lo que es muy importante detectarla y tratarla a tiempo para evitar complicaciones graves o limitaciones funcionales que interfieran en las actividades diarias y en la calidad de vida de los pacientes. La administración de tratamientos específicos, la rehabilitación y la atención socio sanitaria son claves para recuperarse tras un ictus.

Cómo puede detectarse la espasticidad


La espasticidad se puede percibir por una sensación de rigidez o tensión aumentada en los músculos, que puede ir acompañada de dolor y/o espasmos. Constituye una secuela motora importante y está presente en muchos de los pacientes que tras el ictus presentan algún tipo de secuela, aunque también se presenta en otras afecciones del sistema nervioso central como la esclerosis múltiple, parálisis cerebral infantil, traumatismos craneoencefálicos o lesiones medulares.

Puede detectarse fácilmente porque conlleva la adopción de posturas anormales que limitan el movimiento. Generalmente se manifiesta con algunos de estos patrones: abducción y/o rotación del hombro, puño apretado, flexión del codo, muñeca doblada, antebrazo pronado, pulgar en la palma, rodilla rígida y pie en punta.

Si la espasticidad no se detecta precozmente y no se trata a tiempo, puede derivar en limitaciones funcionales que interfieren en las actividades de la vida diaria y repercuten de manera importante en la calidad de vida del paciente tras el ictus. 

Correcta valoración clínica para prevenir complicaciones


El diagnóstico temprano de la espasticidad es fundamental para poder realizar el tratamiento adecuado y en el momento preciso, para así prevenir complicaciones. El manejo de la espasticidad es complejo y requiere un equipo multidisciplinar formado, entre otros, por especialistas médicos (médico de rehabilitación, neurólogo, geriatra…), enfermeras, terapeutas (fisioterapeuta, terapeuta ocupacional…) y ortopedistas.

Este equipo desempeña un papel clave en el trabajo con el paciente y sus cuidadores para evaluar el grado y el impacto de la espasticidad, identificar los objetivos del tratamiento, iniciar derivaciones para asesoramiento especializado, implementar programas de manejo, monitorear los efectos de las intervenciones4 y hacer seguimiento del proceso de rehabilitación.

En este sentido, el tratamiento de la espasticidad incluye la combinación de diversas modalidades de terapia física, fisioterapia, terapia ocupacional, tratamiento farmacológico (toxina botulínica, medicación oral, medicación intratecal, la fenolización del nervio) y quirúrgicas (cirugía ortopédica y neurocirugía). 

Por lo tanto, los principales objetivos del tratamiento de la espasticidad son: mejorar la funcionalidad (marcha y movilidad general, equilibrio y postura en sedestación, y transferencia a la silla o la cama), y mejorar la calidad de vida y el nivel de bienestar del paciente (aliviar el dolor, aumentar la calidad del sueño, facilitar los cuidados y las actividades diarias como la higiene, el vestido y la alimentación y aliviar la labor del cuidador).

Cada 6 minutos se diagnostica un ictus en España


El ictus es una enfermedad cerebrovascular que se produce bien por la obstrucción-disminución del flujo sanguíneo (ictus isquémico) o bien por la ruptura de los propios vasos sanguíneos del cerebro (ictus hemorrágico). En ambos casos, la sangre no llega al cerebro en la cantidad necesaria y, por tanto, las células nerviosas dejan de recibir oxígeno y nutrientes, lo que provoca una alteración o una lesión del tejido cerebral que repercute en el funcionamiento normal de una determinada región del cerebro.

Según los datos del estudio Iberictus, la incidencia de ictus en España es de 187,4 casos por cada 100.000 habitantes, con una mayor incidencia en hombres que en mujeres.

Debido a su elevada incidencia y prevalencia, el ictus tiene un gran impacto sanitario y social, ya que constituye la primera causa de discapacidad adquirida en el adulto y la segunda de demencia después de la enfermedad de Alzheimer. Más del 80 por ciento de los ictus son evitables controlando los factores de riesgo modificables como la hipertensión arterial (HTA), el consumo de tabaco o alcohol, la diabetes mellitus, la dieta, la inactividad física, la obesidad, la hipercolesterolemia, etc.

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