Este
sábado 24 de enero, miles de médicos se enfrentan al examen más importante de sus vidas:
el MIR. Sin embargo, para algunos, la prueba comenzó mucho antes y con obstáculos que no aparecen en los manuales de Medicina. Es el caso de una joven aspirante con sordera que, a escasas horas del examen, ha tenido que lidiar con una incertidumbre administrativa que
ha puesto a prueba sus nervios tanto o más que el temario.
La denuncia central radica en una paradoja del sistema: para garantizar la igualdad de condiciones (ampliación de tiempo),
se impone una desigualdad logística. Al solicitar el turno de discapacidad, la aspirante está obligada a examinarse en una sede centralizada en el
Ministerio de Sanidad, en Madrid, independientemente de su lugar de residencia.
La soledad como precio por la accesibilidad
La médica, que reside en otra ciudad, describe una situación de desigualdad palpable. Mientras el resto de opositores se examina en sus comunidades autónomas, arropados por sus familias hasta la puerta del aula, ella ha tenido que gestionar desplazamientos, reservar hostales y asumir la soledad en el momento crítico.
"No podré contar con mi red de apoyo y eso, justo antes del examen más importante de mi carrera, pesa mucho", lamenta la aspirante. Su sentencia es demoledora para el sistema actual: "Solo por tener que cambiar de sede, el examen deja de realizarse en igualdad de condiciones".
A la tensión del traslado se ha sumado una gestión deficiente de la información. Hasta hace muy pocos días, la candidata desconocía con certeza qué adaptaciones específicas se le aplicarían,
incrementando el estrés en la recta final.
El síndrome del impostor y la "culpa" por pedir derechos
Esta realidad no es nueva. Un médico residente con sordera, que ya superó este proceso, corrobora que las barreras psicológicas son tan altas como las burocráticas.
En su testimonio, destaca cómo la falta de normalización le llevó a cuestionarse sus propios derechos.
"A veces aparece el síndrome del impostor. Pensaba: ‘¿Realmente merezco esta ampliación de tiempo?’ o ‘es injusto para mis compañeros’", confiesa el residente.
A pesar de que estas medidas son indispensables para competir en equidad, la presión social y la autocrítica pesan. Él también recuerda el estrés añadido de examinarse lejos de sus amigos y compañeros de facultad, aislado en una sede distinta.
"Dependía de que el vigilante me mirara a la cara"
Más allá del examen del sábado, ambos profesionales señalan un problema estructural: la falta de formación sobre la sordera en el ámbito sanitario.
El residente recuerda que su miedo no era suspender por falta de conocimientos, sino por fallos de comunicación.
"Dependía de que me colocasen en primera fila y de que el vigilante supiera que soy sordo y que necesito que me hablen claro y de frente", explica, señalando que la accesibilidad a menudo queda al arbitrio de la buena voluntad individual y no de un protocolo estandarizado.
Un esfuerzo doble para un mismo destino
De cara al futuro inmediato en los hospitales, la aspirante tiene claro su valor, pero también el coste extra que debe pagar. "Sé que puedo ser una gran médica si tengo las adaptaciones necesarias.
Lo difícil es tener que hacer un esfuerzo doble para llegar al mismo sitio que los demás".
Esta "doble fatiga" se agrava por el miedo al estigma. Según relatan, muchos profesionales no se atreven a pedir adaptaciones por temor a parecer menos capaces en un entorno de tan alta exigencia como el hospitalario.
"Aún queda mucho camino por recorrer; los hospitales no siempre saben cómo comunicarse con nosotros", advierte el médico residente.
Una llamada a la vocación
Pese a las barreras, ambos lanzan un mensaje rotundo a quienes tienen sordera y sueñan con la Medicina: "Hazlo. Eres igual de capaz que cualquiera. Hay más barreras, sí,
pero no debe dar vergüenza pedir apoyo".
Desde Fiapas se insiste en que la accesibilidad no es un privilegio ni una ventaja competitiva, sino un derecho fundamental.
La Confederación urge a revisar los modelos de aplicación de las adaptaciones —como la centralización obligatoria en Madrid— para evitar que la solución se convierta en un nuevo problema. El sistema sanitario debe ser referente en inclusión, no solo en la atención al paciente, sino en el cuidado de sus propios profesionales.
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