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De paciente a MIR tras superar 6 cánceres: "Asumí cosas antes de tiempo"

Con 34 años, Gonzalo Calderón ha convertido su experiencia vital en una herramienta para ayudar a los demás

Gonzalo Calderón, MIR y superviviente de cáncer.


04 feb 2026. 09.15H
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Gonzalo Calderón ha convivido con el cáncer durante casi toda su vida. Seis diagnósticos distintos, tratamientos extremos y años de hospitales no solo marcaron su infancia y juventud, sino que transformaron su forma de entender la vida, la fe y la Medicina. Hoy, con 34 años, es MIR en el Hospital General Río Carrión (Palencia) y utiliza su experiencia para ayudar a otros pacientes oncológicos.

Y es que su historia empieza demasiado pronto. Con apenas 10 años, cuenta en Redacción Médica que fue diagnosticado de un linfoma no Hodgkin en estadio 4B, una enfermedad avanzada que obligó a su traslado desde Burgos, su ciudad natal donde "no había medios para tratar un cáncer tan avanzado", al Hospital Vall d'Hebron, en Barcelona. 

El tratamiento fue largo y agresivo: quimioterapia, radioterapia y un trasplante de médula ósea gracias a la compatibilidad de su hermano. Pero las complicaciones no tardaron en aparecer. "Hice una enfermedad injerto contra huésped y estuve muchos años con tratamientos adicionales", explica. Entre ellos, la fotoféresis extracorpórea, que le obligaba a desplazarse también a Madrid.

Durante ese tiempo, su vida quedó en suspenso: "Desde quinto de Primaria, con 10 años, hasta primero de Bachillerato no pude ir a clase de forma normal por la inmunosupresión". Prácticamente pasó cinco años entrando y saliendo de hospitales. Un proceso que, "siendo un crío", le hizo "asumir muchas cosas antes de tiempo".

Hacer el MIR con cáncer


Tras una aparente recuperación y años de seguimiento, el cáncer regresó de forma inesperada. En 2017, con 26 años, fue diagnosticado de un mesotelioma peritoneal, un tumor extremadamente raro a esa edad. El proceso diagnóstico fue un calvario. "Estuve un mes ingresado en el hospital de Burgos. Nadie se esperaba que fuese eso con esa edad", revela.

"Desde quinto de Primaria, con 10 años, hasta primero de Bachillerato no pude ir a clase de forma normal por la inmunosupresión"


Las pruebas no eran concluyentes: biopsias insuficientes, resultados dudosos y muestras enviadas a distintos hospitales hasta que finalmente, desde el Hospital de Valdecilla (Santander), confirmaron el diagnóstico. Con él llegó el traslado a Madrid, al Hospital Universitario de Fuenlabrada, donde fue intervenido mediante una cirugía HIPEC (Quimioterapia Intraperitoneal Hipertérmica): "Es una operación brutal. Te quitan todos los tumores visibles y luego te dejan una hora con quimioterapia caliente dentro del abdomen. Son unas 12 horas de quirófano".

Las secuelas fueron duras, ya que salió del hospital "pesando 47 kilos". "Estaba hecho polvo", recuerda. Aun así, consiguió recuperarse, terminar la carrera de Medicina y comenzar la residencia. Pero el descanso duró poco. Apenas tres meses después sufrió una recidiva del mesotelioma peritoneal, lo que le obligó a coger una baja prolongada.

Durante los dos años siguientes, los diagnósticos se encadenaron sin parar. A la recaída del mesotelioma se sumó un leiomiosarcoma, con metástasis en colon, al que siguieron nuevos tumores distintos hasta alcanzar un total de seis cánceres. Durante uno de los episodios más críticos, cuando la cirugía dejó de ser efectiva, fue tratado con inmunoterapia en un contexto casi paliativo. "Parecía que no iba a poder curarse, pero la inmunoterapia funcionó", explica. El último diagnóstico llegó entre 2022 y 2023. Desde entonces, no ha vuelto a recaer.

Medicina por profesión y no como vocación

Actualmente es MIR de Medicina Familiar y Comunitaria, aunque su residencia se ha visto interrumpida en varias ocasiones por las bajas médicas. Sin embargo, la decisión de estudiar Medicina no fue inmediata ni nació a consecuencia directa del cáncer. Calderón subraya que llegó más tarde, casi por descarte. "Con 18 años no tenía ni idea de qué quería hacer. No sabía por dónde tirar", reconoce. Sin embargo, su paso prolongado por los hospitales dejó una huella imborrable: "Me gustaba el tema de ayudar a los demás y había coincidido con médicos muy buenos, sobre todo en Vall d’Hebron, donde eran excelentes".

Fue esa combinación de experiencia como paciente y la sensación de haber encontrado referentes humanos y profesionales la que le llevó a elegir la carrera: "No es que siempre haya querido ser médico. Simplemente pensé que era una buena opción". Aún así, paradójicamente, el conocimiento médico no siempre le ha ayudado como paciente. "Saber más es peor cuando estás enfermo", admite, ya que se conocen "posibilidades, porcentajes o errores".

Religión propia 


Lejos de hundirse, Calderón ha ido encontrando formas de sostenerse emocionalmente a lo largo de los años. "La incertidumbre es muy mala y cuando algo no se puede gestionar de forma racional, como un cáncer del que no sabes ni qué tratamiento es necesario, yo necesitaba creer en algo". De esa necesidad nació 'Sencoísmo', un libro en el que construye una fe propia, al margen de religiones tradicionales. "No creía en nada, así que me inventé la mía. Escribirlo fue muy curativo", asegura.

El libro se publicó, casi simbólicamente, el fin de semana previo a una de sus operaciones. Más adelante, durante otra baja, escribió una guía práctica para pacientes oncológicos, pensada para acompañar a quienes atraviesan la enfermedad desde dentro.

Su experiencia le llevó también a dar charlas en institutos, cárceles y otros espacios, donde habla sobre cómo afrontar la adversidad. Fruto de ese recorrido nació 'Universos paralelos. Gestionando la adversidad', un libro escrito junto a Juan Francisco Lorenzo, un médico internista jubilado que fue clave en sus primeros años como paciente. "Yo hablo desde mis cánceres y él desde toda una vida como médico", apunta.

Así, Calderón continúa trabajando y mirando hacia adelante. "Por suerte, la curva de Gauss no me ha tocado. A mí me deberían haber matado cuatro de los seis cánceres", dice sin victimismo. Su historia no es solo la de una supervivencia excepcional, sino la de alguien que ha aprendido a convivir con la fragilidad y a exprimir la vida incluso cuando todo parece jugar en contra.

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