Los abscesos recurrentes, lejos de ser una simple infección, pueden ser un signo de alerta de patologías subyacentes que no han sido diagnosticadas. Adolfo González, especialista en microbiología y
enfermedades infecciosas de la Universidad Europea de Madrid, explica que “cuando hablamos de abscesos, solemos pensar en orígenes infecciosos porque son los más frecuentes, pero conviene recordar que existen
abscesos resultado de procesos inflamatorios no infecciosos, como enfermedades autoinmunes”.
“Un absceso es una complicación de un proceso previo. Aunque están descritos los abscesos espontáneos, no es esperable que un absceso sea un proceso primario”, destaca González. Se trata del resultado de un combate entre el sistema inmune y un agente agresor. “El
pus está compuesto por macrófagos degradados o muertos, junto a restos de bacterias, y detritus celulares, y eso es lo que llamamos absceso. Cuando éste se encapsula, pasa a estar aislado, para así evitar que la infección se extienda”, aclara el experto de la Universidad Europea.
Las causas pueden ser exógenas como pinchazos, mordeduras o heridas que se contaminan, o endógenas, que son más complejas. Adolfo González explica que “una úlcera intestinal o genital, una otitis o una sinusitis no tendrían por qué ser originadas por una bacteria. Sin embargo, en estas situaciones se
alteran las barreras defensivas y los microorganismos que viven en armonía en nuestro cuerpo, llamados comensales, aprovechan esta oportunidad para invadir la región, crecer y producir una sobreinfección”.
Pacientes con una predisposición mayor
Además, existen perfiles de pacientes con mayor predisposición. El especialista en microbiología y enfermedades infecciosas desataca que “si el paciente sufre de malnutrición (desnutrición u obesidad), pueden padecer con mayor facilidad ciertas infecciones. Lo mismo ocurre con enfermos crónicos, aquellos con enfermedad inflamatoria intestinal como la
Enfermedad de Crohn o los
diabéticos tipo 2 no controlados, que pueden padecer infecciones con mayor facilidad. Esto se debe a su elevada concentración de glucosa en tejidos, sangre y orina, un alimento que los microorganismos aprovecharán para crecer allí donde puedan”. Todas estas
patologías de base tienden a debilitar las defensas naturales del organismo, creando un escenario ideal no solo para que las infecciones se inicien, sino para que se conviertan en un problema crónico y recurrente.
Una vez que el absceso se ha formado, independientemente de la complejidad de su origen, uno de los mayores riesgos reside en las intervenciones caseras. González advierte de que “
si un absceso se drena en el domicilio, se corre el riesgo de extender la infección localmente o, lo que es peor, a la sangre. De esta forma convertimos un proceso local en uno sistémico; esto puede conducir a una
sepsis y a la muerte en pocas horas”. Este riesgo puede sumarse al que se da con la automedicación, no solo por su posible ineficacia, sino por su grave impacto en la salud pública. El experto afirma que “usar antibióticos sin recomendación médica supone hipotecar a futuras generaciones por el riesgo que hay de
aparición de resistencias en la comunidad. Es la única arma accesible que tenemos para luchar contra las infecciones”. Respecto a la recurrencia de un absceso que parecía curado, el experto señala que las claves son las referentes al tratamiento elegido, el agente infeccioso responsable y las propias características del paciente.
“Si el absceso es recurrente en el tiempo,
debemos descartar una mala elección de antibiótico, infecciones por microorganismos resistentes o un “elemento extraño” (por ejemplo: prótesis, astilla de madera, hilo de sutura o espiga)”. Por ello, González insiste en que “la única forma de conocer al agente responsable de manera fiable es cultivándolo e identificándolo”. Sin embargo, matiza que “en situaciones de gravedad a veces es necesario iniciar un tratamiento empírico inmediato, basado en la probabilidad, para no dejar al paciente sin cobertura mientras se esperan los resultados del cultivo.
Aunque la mejor estrategia es siempre la prevención, un pilar que se sustenta en la educación del paciente. González indica que “el paciente, que es responsable de su propia salud, tiene que estar educado en
saber reconocer los signos y síntomas que pueden asociarse con estos problemas, y esta educación debe comenzar por parte del personal sanitario”. Esta formación permite una consulta temprana ante señales de alerta como fiebre sin foco conocido, malestar general o enrojecimiento de una lesión. A esto se suman medidas prácticas como una higiene rigurosa, no compartir enseres personales como toallas o cuchillas, y desinfectar adecuadamente cualquier herida, por pequeña que sea.
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