A los 15 años, mientras la mayoría de los adolescentes lidian con los exámenes del instituto y sueñan con sus primeras salidas nocturnas, Carlos Burguera ya recorría los pasillos de la
facultad de Medicina. En el 2020, año en el que accedió a la Universidad de las Islas Baleares, equipado con la mascarilla y en tiempos de distanciamiento social, los compañeros no se percataban con tanta facilidad de su juventud. Hoy, con tan solo
21 años, acaba de terminar una de las
carreras más exigentes del sistema universitario. “En un principio no tuve ningún inconveniente para hacerme socialmente con la clase. Hice amigos sin dificultad, eran todos muy buenas personas y me aceptaron enseguida. Y ya de ahí, llevo seis años con este grupo de maravilla”, expresa Burguera a
Redacción Médica.
A partir de la experiencia de su hermano mayor, que también tiene altas capacidades, sus padres se dieron cuenta de que el menor de los Burguera tenía características similares. “Con nueve años, me hicieron las pruebas y posteriormente ya propusieron a mis padres
pasar de curso. Hice simultáneamente cuarto y quinto de primaria para ver cómo iba, si en el curso superior jugaba con otros alumnos, y como me desenvolvía bien en clase con mis amigos, pues decidieron que era buena idea”, recuerda el médico recién graduado.
Cuando llegó el momento de hacer
selectividad, tenía un plan A en la cabeza: hacer el
doble grado de Matemáticas y Física en la Universidad Complutense de Madrid. Entró, pero se topó con un inconveniente: “Tenían una cláusula en su momento que impedía entrar a alumnos muy jóvenes”, señala. Fue entonces cuando su padre le incentivó a
probar con la Medicina, potenciando sobre todo el
ámbito de la investigación. “Eso me llamó bastante la atención para cogerla como segunda opción. Además, al estar Mallorca podía vivir con mi familia. Entré en Medicina aquí y me gusta mucho. No me arrepiento, para nada”, expresa.
El MIR y el futuro
Aunque acaba de terminar la carrera, el estudio no acaba aquí. Por delante le quedan seis meses de
preparación intensa para presentarse al MIR 2027. Ya baraja un par de opciones para la residencia. “Este año cogí prácticas en
Anatomía Patológica y me fascinaron. Me pareció muy interesante, porque quitas a los pacientes pero ves la patología en su fundamento. Tienes que entender todo lo que pasa desde la propia célula, desde la propia molécula”, argumenta. De no poder entrar, se quedaría con
Neurología, pero piensa que es un área muy exigente. “Era mi idea inicial porque me encanta el funcionamiento del cerebro, pero estuve en prácticas y el ritmo de vida que llevan me parece muy complicado”, se refiere a que tiene unas
guardias muy duras, con pacientes complejos que frecuentemente no mejoran. “Imagino que a la larga se me acumularía y me cansaría mucho”, estima.
El caso de Burguera no es tan habitual. El médico explica que la
detección de las altas capacidades en fases tempranas a menudo puede verse opacada por otras neurodivergencias, que hacen más difícil su diagnóstico. “No es raro que haya altas capacidades asociadas a por ejemplo
TDAH o autismo. Una persona que está muy distraída, que no presta atención, que saca malas notas, no por ese motivo no tiene altas capacidades, sino que no están adecuadamente incentivadas”, alega. En su entorno hay amigos que cuentan con ambas condiciones, y piensa que “quizás, de haber tirado un poquito más de ellos, habrían llegado más lejos a nivel académico de lo que están hasta ahora”.
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