Los cambios, aunque necesarios en muchos casos, conllevan riesgos. Tantos, que hay quien puede verse paralizado por el miedo a las consecuencias.
Gonzalo Villar quiere mandar un mensaje de aliento a quienes se encuentren en esta situación. “La ilusión tiene que ser más grande. Es mucho mejor intentarlo;
a lo mejor la vida te trae un cosa distinta, pero no te puedes quedar en algo que sabes que no te gusta solo por
miedo”, cuenta en una conversación a
Redacción Médica.
Él ha vivido esto en primera persona. Siempre había seguido “los ritmos marcados”: se graduó en
Ingeniería Industrial e incluso comenzó un máster sobre Empresa en París. Pero no era feliz, y lo sabía. Fue entonces cuando decidió empezar la carrera de
Psicología. Hoy, el
puesto número 9 en el examen de
Psicólogo Interno Residente (PIR) es su recompensa. “Me siento muy aliviado; para mí esto fue una apuesta”, confiesa.
Sacar plaza en el PIR después de haber estudiado otra carrera
“Era, en cierto modo, lanzarme a la piscina. Llevaba ya
ocho años estudiando en la Universidad y me daba miedo convertirme en el ‘eterno estudiante’”, explica Villar. En la convocatoria de este 2026, 4.016 personas compitieron por una de las
280 plazas ofertadas. Sabía que el proceso podría alargarse. De hecho, la
media para lograr una plaza es de tres convocatorias. Con todo, y pese al temor de que el proceso se prolongara demasiado y de tener que invertir muchos años, decidió continuar con la apuesta. “Ha salido bien y
me siento muy en paz con esta decisión”, explica.
La plaza ha llegado en la primera convocatoria, pero asegura que la preparación fue larga y muy estructurada. En su caso, comenzó a avanzar en
cuarto de carrera. “Cuando lo compaginé, estudiaba cuatro o cinco horas por la mañana. Después, una vez que terminé los exámenes, desde junio hasta el día de la prueba me organicé por semanas y por libro, calculando las páginas que debía cubrir cada día. Y
hasta que no las terminaba, no paraba. Si tenía que acabar a las doce de la noche, acababa a las doce”, recuerda.
Más allá de la dificultad de un temario tan extenso, la
soledad fue lo más complicado para él. “La parte más dura fue el verano, sobre todo porque mi familia se fue de vacaciones y estuve unas cuantas semanas solo. Me di cuenta de que, por mucho que seas tú quien estudie, también
necesitas el apoyo de gente que esté ahí, poder hablar con alguien. Estar solo un par de semanas fue realmente difícil y lo pasé bastante mal”, confiesa.
Asegura que su plaza es un logro compartido con sus seres queridos. “Esto no lo habría podido hacer si no hubiera tenido a mi lado a mi novio Diego, que me apoyó todos los días del proceso y me ayudó mucho a tomar la decisión. Y también mi familia, que ha estado muy pendiente de mí y me ha brindado las
condiciones materiales necesarias”, insiste.
Qué esperar de la residencia del PIR
Cuando le preguntamos por su
elección de plaza, asegura que hasta ahora ha estado tan centrado en el examen que todavía no tiene tomada la decisión. “Vivo al lado del
Puerto de Hierro y es una opción, pero tengo que investigar”, comenta.
Lo que sí tiene claro son las ganas de empezar esta nueva etapa. “Tengo muchísima ilusión. Es un terreno nuevo sin explorar. Siempre he llevado una vida muy pautada y me gusta porque
esto ya es un territorio diferente. No sé lo que me voy a encontrar”, relata.
Está especialmente emocionado por el
servicio de paliativos. “Parece una rama muy bonita dentro de la Psicología, porque muchas veces vas al psicólogo y la gente espera algún tipo de clave o de consejo para tener más éxito. Pero, al final, hay situaciones que no tienen solución. Se trata simplemente de poder sostener el sufrimiento de una persona y
acompañarla en un viaje que no es fácil”, concluye.
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