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Cuarenta años de la Ley General de Sanidad: la arquitectura de lo común

Opinión de Rodrigo Gutiérrez, exdirector general de Ordenación Profesional del Ministerio de Sanidad

Montaje fotográfico: Lucía Sancho.


18 abr 2026. 17.45H
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Opinión de Rodrigo Gutiérrez Fernández, exdirector general de Ordenación Profesional el Ministerio de Sanidad; médico; vocal del Comité de Bioética de Castilla-La Mancha; y presidente de la Sociedad Española de Atención al Usuario de la Sanidad (SEAUS)


Cuarenta años de la Ley General de Sanidad: la arquitectura de lo común


Hay leyes que son simplemente normas y hay leyes que son, además, declaraciones de intenciones colectivas. La Ley 14/1986, de 25 de abril, General de Sanidad, pertenece sin duda a esta segunda categoría. Cuatro décadas después de su aprobación, conviene detenerse a releer —con toda la atención y la memoria que merece— lo que aquella norma representó para la sociedad española: no solo la articulación técnica de un sistema sanitario, sino la formalización de un verdadero pacto de ciudadanía, la plasmación legislativa de un derecho que hasta entonces había sido, para muchos, poco más que una aspiración difusa.

España en 1986 era un país que llegaba a su primera mayoría de edad democrática con una sanidad fragmentada, heredera de décadas de improvisación institucional. Coexistían, sin demasiado orden ni concierto, la red sanitaria de la Seguridad Social, la beneficencia pública, las redes de las Diputaciones, los hospitales universitarios, los servicios municipales y una variopinta constelación de estructuras asistenciales que respondían más al devenir de la lógica de su origen histórico que a cualquier planificación racional. La cobertura era desigual, la calidad variable, y el acceso dependía, en buena medida, de la capacidad contributiva del ciudadano o de la generosidad —o no— del territorio en que le hubiera tocado nacer. Aquella España sanitaria, en suma, no era un sistema: era un mosaico.

La Ley General de Sanidad (LGS) vino a cambiar todo ese panorama, o al menos a trazar el camino para cambiarlo. Su aportación más radical —y quizá la más duradera en términos simbólicos— fue la consagración de la universalidad y la equidad como principios constitutivos del nuevo modelo. El derecho a la protección de la salud establecido en la Constitución dejaba de ser un privilegio vinculado a la condición de trabajador asalariado y cotizante para convertirse en un derecho de ciudadanía. Todas las personas, con independencia de su situación laboral o económica, tendrían acceso a las mismas prestaciones. Es difícil, desde la distancia de cuatro décadas, calibrar la dimensión real de aquel cambio. Pero basta con recordar la España de las cartillas de la Seguridad Social, del médico de empresa y de los hospitales de beneficencia para que la magnitud del salto resulte evidente.

La unificación de las dispersas redes asistenciales bajo el paraguas del Sistema Nacional de Salud fue otro de los logros mayúsculos de la Ley. No fue un proceso sencillo —nunca lo es cuando se trata de ordenar lo que la historia acumuló sin planificar—, pero la creación de un sistema integrado, con la Atención Primaria como primer nivel, puerta de entrada y eje vertebrador de la asistencia, supuso una transformación profunda de la arquitectura sanitaria española. El médico de cabecera dejó de ser un simple distribuidor de recetas y derivaciones para convertirse —al menos en el diseño normativo— en el gestor de la salud de su comunidad, el referente de primer contacto de una ciudadanía que por fin tenía, en principio, a quién acudir con independencia de su bolsillo.


"La ley no era un punto de llegada, sino de partida. Su aniversario no debería ser un pastel con velas, sino una llamada a terminar lo que empezamos"



Pero si hay un aspecto de la Ley que merece ser subrayado con especial énfasis en este aniversario, es su decidida apuesta por la descentralización territorial. La transferencia de las competencias sanitarias a las Comunidades Autónomas —proceso que culminaría en 2002 con la última transferencia a las comunidades que aún permanecían bajo gestión del INSALUD— fue una decisión valiente y coherente con el modelo constitucional de Estado. Permitió adaptar la organización sanitaria a las realidades, necesidades y particularidades de cada territorio, favoreciendo la innovación y la experimentación institucional. No estuvo exenta, claro está, de tensiones y disfunciones, y la cohesión del sistema ha sido —y sigue siendo— una asignatura que nunca termina de aprobarse del todo. Pero la apuesta descentralizadora fue, en términos generales, un acierto que ha contribuido a fortalecer la identidad del SNS como sistema plural y federativo.

La Ley reconoció también, en su articulado, la importancia de la participación ciudadana en la orientación y el control del sistema sanitario. Una apuesta que, si hemos de ser honestos, no ha dado todos los frutos que cabía esperar. Los mecanismos de participación previstos han funcionado de forma desigual, y la ciudadanía sigue siendo, con frecuencia, más destinataria pasiva de servicios que agente activo en la definición de las políticas de salud. Quizás convenga recordar aquí a John Dewey cuando advertía que "la democracia debe renacer en cada generación, y la educación es su comadrona". Lo mismo podría decirse de los sistemas de salud: necesitan ser reclamados y sostenidos activamente por las comunidades a las que sirven, o corren el riesgo de convertirse en aparatos autorreferentes, alejados de las necesidades reales de la población.

La Ley General de Sanidad ha sido reformada en parte por leyes posteriores (como la de Cohesión de 2003 o la de Autonomía del paciente de 2002), pero su esqueleto sigue ahí. La crisis de 2008 y el Real Decreto-ley 16/2012 le hicieron un ‘corte de mangas’ (copagos, exclusión de personas sin papeles), pero el Tribunal Constitucional y la presión social restauraron parte del daño. Hoy, con una pandemia que expuso hasta qué punto nuestra sanidad es un pilar colectivo esencial, la LGS resuena como un viejo manifiesto: la salud no es una mercancía, es un derecho de ciudadanía.

En estos 40 años hemos ganado esperanza de vida, reducido desigualdades (nunca suficientes) y creado un sistema del que sentirnos orgullosos. Pero la ley no era un punto de llegada, sino de partida. Su aniversario no debería ser un pastel con velas, sino una llamada a terminar lo que empezamos: financiación suficiente, participación real y un blindaje legal que impida que ninguna crisis económica pueda tumbar la universalidad.

Retos y desafíos


Cuarenta años después, el Sistema Nacional de Salud es sin duda uno de los activos más valorados por la ciudadanía española, según confirman de manera reiterada y consistente todos los barómetros sanitarios del Ministerio. Pero también es evidente que se trata de un sistema sometido a tensiones crecientes y enfrenta desafíos que la ley de 1986 apenas podía anticipar: envejecimiento poblacional, cronicidad, digitalización, sostenibilidad financiera, brechas y desigualdades territoriales, la presión sobre la Atención Primaria, la precariedad de sus profesionales, o los recurrentes cantos de sirena hacia la privatización. Retos que no invalidan el legado de la Ley, pero que sí exigen algo más que una mera conmemoración satisfecha de la efeméride, así como tener en cuenta, sobre todo, la necesidad de renovar el pacto social que un día lo hizo posible. En este aniversario conviene recordar que aquella ley no fue un punto final, sino una invitación permanente a seguir construyendo salud como bien común. Y quizá, en su humilde redacción, aún podamos encontrar el trazado de lo que la sanidad española aspira a seguir siendo: una arquitectura de lo común.

Vista así, desde el presente, la Ley General de Sanidad resiste el paso del tiempo no tanto por su letra como por su espíritu. Su mensaje sigue siendo incómodo y necesario: la salud no se privatiza ni se mercantiliza, se construye entre todos y se sostiene como una infraestructura de justicia social. En tiempos de reformas urgentes, presiones tecnológicas y fragmentación institucional, ese recordatorio es más valioso que nunca.

Por ello, el mejor homenaje que podemos tributar a la Ley General de Sanidad en su cuarenta aniversario no es el elogio complaciente ni la nostalgia acrítica. Ha de ser la voluntad renovada de seguir construyendo, sobre los cimientos que ella estableció, un sistema más justo, más sólido y más digno de la sociedad que pretende servir. La salud, decía el preámbulo de aquella Ley, es un bien de toda la comunidad. Sigue siéndolo. Y esa afirmación, aparentemente simple, sigue siendo tan necesaria y tan exigente como lo era en 1986.
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