Durante años, el
síndrome de ovario poliquístico (SOP) o, en su nueva propuesta de denominación, síndrome ovárico poliendocrino metabólico (SOPM), ha sido interpretado casi exclusivamente desde la Ginecología. Sin embargo, la evidencia científica y la práctica clínica coinciden en una idea cada vez más difícil de ignorar: es
una condición con implicaciones sistémicas. De hecho, Elías Ortiz, ginecólogo en el Hospital Universitario General La Mancha Centro (Ciudad Real), lo define en
Redacción Médica como "un trastorno benigno heterogéneo y complejo de etiologías poco claras y probablemente múltiples que
afecta al eje endocrino, metabólico y ovárico", con una prevalencia aproximada de una de cada ocho mujeres. Pero es que, además, también hay
un riesgo cardiovascular asociado que no es tan visible.
Así, José Antonio Alarcón, cardiólogo en el Hospital Universitario Donostia-Osakidetza, subraya que el SOPM "se asocia con resistencia a la insulina, síndrome metabólico,
obesidad, hipertensión, dislipidemia y obesidad abdominal", configurando un perfil de riesgo adicional "en
enfermedad cardiovascular ateroesclerótica".
Infradiagnóstico y fragmentación asistencial
Así, Ortiz advierte de que "
hasta un 70 por ciento de las personas afectadas podrían permanecer sin diagnóstico". Esto ocurre, explica, porque "es un síndrome muy heterogéneo en el cual
no todas las pacientes tienen los mismos síntomas" y porque "el nombre puede generar confusión, haciendo pensar que si la ecografía no muestra ovarios poliquísticos no existe el síndrome".
Además, el vínculo con Cardiología está respaldado por evidencia. Alarcón explica que en 2020, un metaanálisis de 34 estudios demostró "un incremento del riesgo de infarto de miocardio y
accidente cerebrovascular en mujeres con SOPM". Además, señala que se han observado "engrosamiento de la íntima media carotídea, calcificación de arterias coronarias y disfunción endotelial". En la misma línea, añade que las entidades científicas como la Asociación Americana del Corazón y la Sociedad Europea de Cardiología "incluyen a mujeres con SOPM como un
factor modificador de riesgo cardiovascular".
A pesar de esta evidencia, ambos especialistas coinciden en que
la asistencia sigue siendo fragmentada. Ortiz explica que el manejo de este síndrome "está dividido entre Ginecología, Endocrinología, Dermatología y Atención Primaria, mientras que Cardiología suele entrar tarde". En la misma línea, Alarcón refuerza la idea de infravaloración del riesgo cardiovascular: "En general las mujeres con ovario poliquístico no suelen ser valoradas por Cardiología inicialmente, aunque deberían
controlarse los factores de riesgo desde Atención Primaria".
Para Ortiz, el cambio de nombre pretende impulsar un cambio estructural: "No todas las pacientes necesitan una unidad específica ni ser derivadas todas a Cardiología, pero sí
rutas asistenciales y circuitos de derivación claros". En centros grandes, añade, "sí tendría sentido crear unidades multidisciplinares de salud endocrino-metabólica reproductiva".
Hacia un modelo multidisciplinar
Otro de los puntos de encuentro entre ambas especialidades es el debate sobre el propio nombre de la enfermedad. Ortiz señala que el término tradicional es "impreciso", ya que puede derivar en "
una asociación errónea con quistes ováricos patológicos, ocultando diversas características endocrinas y metabólicas y contribuyendo al
retraso en el diagnóstico". Pero es que, además, "es una causa importante de riesgos cardiometabólicos, irregularidades ovulatorias y menstruales, subfertilidad e infertilidad e hiperandrogenismo".
Pero el especialista insiste que el SOPM no afecta solo solo al plano físico con "hirsutismo, acné, alopecia o aumento de peso", sino también al emocional porque está relacionado con "
depresión,
ansiedad y
peor calidad de vida". Por lo tanto, insiste en que "no es solo una alteración de la regla o de los ovarios", sino que es "un síndrome hormonal y metabólico que puede afectar a la imagen corporal, la fertilidad, la salud mental y el riesgo cardiometabólico a largo plazo".
Por ello, afirma que el nuevo término "
intenta reflejar mejor la realidad": "Poliendocrino, porque participan varios ejes hormonales; metabólico, porque la resistencia a la insulina, la obesidad central, la disglucemia, la
diabetes tipo 2, la dislipemia, la hipertensión, el hígado graso metabólico y el riesgo cardiovascular forman parte del problema; y ovárico, porque la disfunción ovulatoria sigue siendo central".
Por eso, el síndrome de ovario poliquístico -o síndrome ovárico poliendocrino metabólico- se sitúa hoy en un punto de intersección entre Ginecología y Cardiología, pero también en un espacio de desconexión asistencial. Mientras Ortiz insiste en que se trata de "una condición endocrino-metabólica crónica que
debe entenderse de forma integral", Alarcón recuerda que su impacto cardiovascular es ya medible y reconocido.
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