Opinión

Cuando el miedo enferma: la obligación de la medicina de alzar la voz


Tomás Cobo, presidente de la Organización Médica Colegial (OMC)
FIRMAS

08 febrero 2026. 05.00H
Se lee en 5 minutos
El New England Journal of Medicine, una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo, publicaba recientemente una carta firmada por médicos de Minnesota bajo un título tan sencillo como rotundo: We Do Care. En ella describen cómo el miedo está alejando a pacientes de los centros sanitarios, con consecuencias graves y, en demasiados casos, evitables. 

Que este testimonio proceda del país más desarrollado del mundo desde el punto de vista científico y tecnológico no lo hace menos alarmante; al contrario, lo hace profundamente inquietante. Porque lo verdaderamente trágico no es solo lo que ocurre, sino dónde ocurre. Y porque lo que relatan estos médicos recuerda, con una crudeza incómoda, a episodios que creíamos superados, propios del primer tercio del siglo XX, cuando el miedo, la exclusión y la deshumanización comenzaron señalando a colectivos concretos… antes de desembocar en una tragedia mayor.

Pero sería un error pensar que se trata de un fenómeno aislado o estrictamente local.

En el otro extremo del mundo, en Irán, médicos y profesionales sanitarios han sido detenidos por atender a personas heridas durante las manifestaciones sociales. Algunos de ellos han sido condenados a muerte. No por ejercer la violencia, sino precisamente por hacer aquello para lo que se formaron: curar, aliviar, no discriminar y no abandonar. De Minneapolis a Teherán, el hilo que une estas realidades es inquietantemente claro: cuando cuidar se convierte en un acto sospechoso y la atención sanitaria se castiga, no solo se vulneran derechos fundamentales, se ataca el corazón mismo de la medicina.

No hablamos de ideología.Hablamos de salud.Y hablamos de vidas humanas.

La medicina no se ejerce en el vacío. Se ejerce en sociedades concretas, en contextos sociales y políticos que influyen directamente en la salud de las personas. Cuando esos contextos generan miedo, persecución o estigmatización, el daño sanitario es real y medible: diagnósticos tardíos, enfermedades que se agravan, mujeres embarazadas sin controles, niños que pierden vacunaciones, enfermos crónicos que interrumpen tratamientos por temor a salir de casa. O profesionales sanitarios encarcelados, amenazados o ejecutados por cumplir con su deber.

El miedo se convierte así en un determinante de enfermedad. Y el sistema sanitario, que debería ser siempre un espacio seguro, deja de serlo tanto para los pacientes como para quienes los atienden.

Ante esta realidad global, las organizaciones médicas colegiales no podemos ni debemos permanecer en silencio.

Los colegios profesionales no somos meras estructuras administrativas. Somos corporaciones de derecho público con una misión clara: defender la buena praxis médica, proteger a los pacientes y salvaguardar los valores éticos de la profesión. Y eso incluye denunciar, sin ambigüedades, cualquier situación —ocurra donde ocurra— que impida el acceso a la atención sanitaria o convierta el ejercicio de la medicina en un acto de riesgo personal o político.
El juramento médico no se suspende en tiempos difíciles. Al contrario: cobra entonces todo su sentido. Primum non nocere no significa solo no causar daño directo, sino también no mirar hacia otro lado cuando el daño se produce por miedo, exclusión, represión o violencia institucional.

Desde la Organización Médica Colegial defendemos con firmeza que ningún médico debe ser impedido de atender, auxiliar o socorrer; que ningún paciente debe temer acudir a un centro sanitario; y que ningún profesional sanitario debe ser perseguido, encarcelado o condenado por cumplir con su obligación ética.

Quiero terminar con un mensaje claro de apoyo y solidaridad. A los médicos de Minnesota que han alzado la voz para defender a sus pacientes frente al miedo. Y también a los médicos y profesionales sanitarios de Irán que están pagando con su libertad —y en algunos casos con su vida— el hecho de haber ejercido la medicina con dignidad. Su compromiso honra a toda la profesión médica mundial y nos interpela directamente.

Los derechos universales que se conquistaron fundamentalmente tras la Segunda Guerra Mundial no fueron una concesión gratuita, sino la respuesta de la humanidad a su propio fracaso. El derecho a la vida, a la dignidad, a la atención sanitaria y a la protección del profesional que cuida son la clave absoluta para que barbaridades como las que hoy vemos no se repitan. Y las instituciones que los representan —internacionales, nacionales y profesionales— son también una clave irrenunciable para preservarlos.

Que hoy estemos asistiendo, de nuevo, a situaciones que creíamos superadas nos obliga a reaccionar. A no normalizar lo inaceptable. A no relativizar la represión ni el miedo. Y a asumir que la defensa de estos derechos exige compromiso, denuncia y acción colectiva.

Las organizaciones médicas colegiales y los profesionales sanitarios en su conjunto tenemos una responsabilidad histórica: defender esos derechos allí donde se vean amenazados, sin fronteras y sin excusas. Porque cuando fallan los derechos universales, falla la medicina. Y cuando falla la medicina, falla la humanidad.
Aunque pueda contener afirmaciones, datos o apuntes procedentes de instituciones o profesionales sanitarios, la información contenida en Redacción Médica está editada y elaborada por periodistas. Recomendamos al lector que cualquier duda relacionada con la salud sea consultada con un profesional del ámbito sanitario.