La
sanidad no se ofende, la sanidad se defiende.
Durante años consignas cómodas y frases redondas que caben en una pancarta tranquilizaban conciencias. Sin embargo, cuando hay que estar —de verdad—, cuando toca sostener el sistema con cambios reales, el
silencio pesa más que cualquier manifestación.
Y la pregunta ya no es retórica. Es urgente. ¿Quién está defendiendo la sanidad? Hace semanas, las calles de Madrid se veían repletas bajo el lema: “La sanidad no se vende, la sanidad se defiende”. Pero, ¿quiénes defienden la sanidad?, echamos de menos a todos esos pacientes tan preocupados por la sanidad en las manifestaciones frente al
Ministerio de Sanidad.
Los que abanderan este lema están ausentes. Y aquí es donde todo se vuelve incómodo de verdad. La respuesta no está en los discursos ni en las consignas. Quizá porque la defensa de la sanidad se ha convertido en una “idea abstracta”, en un gesto simbólico, en una bandera política. Cuando en realidad tiene
rostro, nombre y bata blanca.
La respuesta está en las
guardias interminables, en los pasillos saturados, en las decisiones críticas y en el
Código Deontológico, que nos obliga a denunciar lo que suponga riesgos sobre el paciente. Está en esa realidad incómoda que nadie quiere mirar de frente: no es lo mismo enfermar a las once de la mañana que a las cuatro de la madrugada. No por la gravedad, ni por los medios. Sino porque el médico que te atiende lleva demasiadas horas trabajando.
Mientras tanto, fuera, se siguen paseando eslóganes. Pero la sanidad no se sostiene con eslóganes. Se
sostiene con personas.
Los médicos no hablan de consignas. Hablan de
seguridad. De evidencia científica. De calidad asistencial. De resultados en salud. De algo mucho más serio que cualquier lema: de lo que pasa cuando el sistema falla.
La pregunta final ya no es quién la defiende. La pregunta es
cuánto tiempo podrán seguir haciéndolo.
Años de sobrecarga, plantillas insuficientes, guardias acumuladas, vacaciones que no se descansan porque antes hubo que cubrir a otros, y después habrá que compensar lo que quedó pendiente. Una rueda que no para. Un agotamiento, el
burnout, que no es solo un problema laboral. Donde el sistema funciona… porque alguien se rompe.
Porque cuando un médico se agota, no falla él.
Falla el sistema.
La sanidad pública es ese pilar incuestionable del estado del bienestar que garantiza el acceso universal. Pero se
resquebraja por dentro. Se sostiene sobre una base cada vez más débil, donde la calidad depende del sacrificio personal y no de una estructura sólida.
Se prometieron cambios reales y normativos para dar solución a este problema. Se abrió una
oportunidad histórica para reformar unas condiciones que llevan décadas esclavizando a médicos. Había expectativas. Había esperanza. Incluso había compromiso político, y a disposición la hemeroteca. Pero la pregunta sigue flotando en el ambiente, cada vez más cargada de desconfianza: ¿qué se está defendiendo realmente?
Hemos enviado mensajes sencillos y fáciles de entender sobre las
condiciones óptimas en las que se tiene que dar la atención médica. Los que defendemos la sanidad somos los que la soportamos. El sistema no funciona, el sistema aguanta.
Hoy, hemos llegado a un punto límite. Hemos decidido plantarnos. Hacer
huelga indefinida. Perder dinero. Aguantar los ataques de una “compañera” de profesión y ministra. Sobrecargarnos aún más entre paros. Asumir el desgaste de pedir apoyo de los que dicen “defender la sanidad”.
Los médicos entendemos de pacientes, de seguridad, de criterios científicos, de calidad de atención, de resultados en salud. Defendemos la sanidad cuando explicamos a un paciente lo que nadie más tiene tiempo de explicar. Cuando atendemos más de lo que deberíamos. Cuando seguimos trabajando a pesar del
cansancio, de la frustración y de la sensación de abandono.
Pero hay un límite.
Porque nadie es infinito. Porque los que sostenemos el sistema estamos agotándonos.
Y ese día —el día en que los que hoy defendemos la sanidad ya no podamos más—
no habrá pancarta capaz de sustituirnos.
Ese día no perderemos un lema. Perderemos el sistema.
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