Opinión

La pata coja de nuestro sistema de trasplantes


Rafael Matesanz, fundador y exdirector de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT)
Una mirada crítica

16 enero 2026. 05.05H
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En varias ocasiones me han preguntado, ¿qué es lo que se echa de menos en el sistema español de trasplantes? ¿qué me hubiera gustado hacer desde la ONT que no ha sido posible llevar a cabo? La respuesta siempre ha sido la misma: nuestro sistema de trasplantes es siempre susceptible de mejoras y de hecho se sigue perfeccionando año tras año, pero hay algo que no hemos conseguido pese a haberlo intentado más de una vez: la asunción por parte de la ONT de algún tipo de competencia en investigación en materia de trasplantes.

España es líder mundial indiscutible en donación y trasplante de órganos desde hace 34 años, gracias sobre todo a su sistema organizativo y al sistema sanitario y social en el que asienta, pero en el aspecto de la investigación no ocupamos ni de lejos posiciones semejantes, por detrás de países que dedican al tema muchos más recursos que nosotros. No es que en nuestro país no se investigue en materia de trasplantes y de hecho nuestra gran actividad y la solidez de nuestro sistema hospitalario nos convierte en un lugar idóneo para los ensayos clínicos de las multinacionales, con un número considerable en los que participan centros españoles, pero basta examinar las revistas de mayor impacto para constatar que la producción española de ninguna manera se corresponde con el papel que ocupamos en el plano internacional en materia de donación y trasplante y tanto desde el punto de vista cuantitativo como cualitativo.

Desde los lejanos tiempos iniciales en que la ONT no era más que un local con un vistoso letrero, seis enfermeras y dos secretarias y lo único que se esperaba de ella es que ayudara a que se repartieran los hígados y los corazones disponibles entre los equipos de trasplantes, mi idea era que aquel esbozo de organismo en el que casi nadie creía, tenía que proporcionar un apoyo integral a la donación y el trasplante de todo tipo de órganos, tejidos y células en toda España, por encima de barreras autonómicas y personalismos corporativos, y con un enfoque transversal. Todo aquello que influyera para bien o para mal en el desarrollo de los trasplantes en nuestro país debía ser objeto de atención de la ONT para intentar mejorarlo en colaboración con todo tipo de administraciones, profesionales y usuarios.

Todo se fue cumpliendo según previsiones, primero aumentar la donación y crear la estructura de coordinación, estructurando la distribución de órganos, luego los tejidos, luego los progenitores hemopoyéticos, solo faltaba tener un papel en la investigación para completar el círculo. Corrían los primeros años de este siglo cuando me reincorporé de nuevo a la dirección de la ONT tras un obligado paréntesis italiano motivado por desavenencias políticas, con una serie de ideas renovadoras entre las que la adopción de competencias en investigación estaba en el centro de los objetivos. Había que hacer cosas distintas para conseguir metas más ambiciosas. Coincidió en el tiempo con el boom de las células madre, algo que generaba muchas oportunidades para la ONT (las células madre son células y por tanto parecía lógico que quedaran entre sus competencias como ya ocurría con las células madre sanguíneas, tanto médula como cordones).

No es fácil explicar a quienes no lo vivieron de primera mano, el ambiente de verdadera histeria colectiva que se vivió durante la primera década de este siglo en España con las células madre, que desde luego no se trasladó más que mínimamente a otros países. La polarización inducida de la sociedad por parte de políticos y periodistas, que tanto daño nos está haciendo actualmente, no diré que tuvo su inicio entonces, pero si un momento de esplendor, con discusiones éticas, políticas, religiosas y de todo tipo. La idea hoy ampliamente superada de que iban a ser necesarios los embriones almacenados en las clínicas de reproducción para conseguir estas células y las promesas irresponsables de algunos de que con ellas se iba a curar la diabetes, el Parkinson, el Alzheimer y no sé cuántas cosas más (véanse hemerotecas), envenenó la política y la sociedad española durante años. Basta ver en qué han quedado todas estas profecías, veinte años después.

El resultado más inmediato de estos enfrentamientos fue el desmantelamiento del Centro Nacional de Trasplantes y Medicina Regenerativa, el proyecto de Ana Pastor del 2004 para impulsar estas investigaciones, en el que estaba incluida la ONT, en cuanto cambió de signo el gobierno, con la cesión a Cataluña y Andalucía de todos los fondos previstos para ello. Se perdió así la posibilidad de un proyecto nacional para estas investigaciones con filosofía similar a la de la ONT, es decir sin invadir las competencias de nadie, pero con unas directrices comunes, al tiempo que este organismo perdió la oportunidad de jugar algún papel en la investigación.

Si algo me quedó claro de este primer encontronazo fueron las pasiones desmedidas que levanta la gestión de la investigación entre políticos e investigadores metidos a políticos, proporcional a los fondos que va a permitir manejar y desde luego que el colectivo de investigadores biomédicos es con mucho el más complicado de todos los que hemos intentado coordinar desde la ONT y el que menos ganas tiene de ser coordinado.

"No se puede saber si una hipotética coordinación de la investigación en trasplantes por parte de la ONT hubiera resultado positiva para el sector"


Todas estas impresiones se corroboraron tres años después con la llegada al ministerio de Bernat Soria, inspirador y responsable último de todo lo anterior y protagonista del intento más descarado de politización y aprovechamiento de la ONT en beneficio propio que ha sufrido este organismo en su ya larga historia. Aunque no trascendiera, fui retirado de mis funciones de responsable de la ONT por el expeditivo procedimiento de poner a un individuo por encima al que se pasaron mis competencias al tiempo que se le otorgaba el pomposo título de “director general de terapias avanzadas”, se cesaba a mi hasta entonces secretario general y se sustraía una buena parte de recursos y personal de sus funciones de trasplante para dedicarlo a “sus cosas”.

De la noche a la mañana se incorporaron a los presupuestos de aquel organismo una cantidad de dinero superior a todo el que había manejado la ONT en sus entonces 20 años de existencia básicamente, se supone que para repartir de manera digital y ganar así voluntades ya que no existían otros objetivos previstos.

Esta etapa negra duró lo que tarda en cambiar un ministro, es decir afortunadamente poco, y despareció con la llegada al Paseo del Prado de Trinidad Jiménez. La dirección general despareció y con ella todo el dinero que se había puesto en los presupuestos de la ONT. Por lo visto no éramos dignos de gestionarlos.

Se puede entender fácilmente que no nos quedaran muchas ganas de insistir por el camino de la gestión de la investigación y aunque en años posteriores se produjo algún tanteo con análogos resultados, era evidente que con independencia de quien gobernase, la financiación de la investigación no se iba a dejar en manos de nadie a quien no se pudiese controlar estrechamente para orientar hacia donde tenían que ir los fondos y desde luego nosotros, que siempre hicimos gala de independencia política, no éramos ese alguien.

No se puede saber si una hipotética coordinación de la investigación en trasplantes por parte de la ONT hubiera resultado positiva para el sector, aunque lo que si es cierto es que como decíamos al principio, la situación a la que hemos llegado por las vías actuales es manifiestamente mejorable.
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