Tengo 67 años, soy
médico internista y profesor de Medicina, y disfruto mucho con mi trabajo. Sinceramente,
lo que más me satisface de mi profesión es la relación con el paciente. Por eso soy internista, por el compromiso de resolver el problema del enfermo, independientemente del órgano que afecte. El
objetivo de mi especialidad es el paciente en su conjunto, no una parte del mismo; por eso en Medicina Interna, no cabe la frase: “de lo mío está usted muy bien”, porque lo mío es “todo”, y es mi responsabilidad resolver directa o indirectamente, con la implicación de otros compañeros, las dolencias que presenta.
Este es el
valor añadido de la Medicina Interna, y lo que determina la capacidad de adaptación profesional del internista a las necesidades del paciente. Baste poner como ejemplo la enorme participación que han tenido los servicios de Medicina Interna en España durante la pandemia por
Covid-19, donde atendieron competentemente a más del 70 por ciento de los pacientes hospitalizados por esta inédita y terrible enfermedad.
Somos la especialidad que
más pacientes asiste en hospitalización. Sin embargo, debido a ese carácter polivalente de la Medicina Interna, no fácilmente delimitable, la especialidad es poco conocida para la mayoría de ciudadanos. Es frecuente que nos digan: "Es usted internista, ¿y a qué se dedica?, ¿cuál es el campo de su especialidad?". La mejor manera de explicárselo es ser
atendido como paciente por un internista. Además, lo que también desconocen los ciudadanos, y posiblemente algunas autoridades políticas, es que la especialidad de Medicina Interna española se ha mantenido siempre como
especialidad completa, finalista, con 5 años de formación.
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"Lo que más me satisface de mi profesión es la relación con el paciente"
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En cambio, en la mayoría de países europeos y del resto del mundo, se convirtió en un período intermedio de
formación troncal, de 2-3 años, necesario para la adquisición posterior de una especialidad concreta. Este es un punto clave que diferencia las competencias y capacidades del internista español, respecto al de otros países, y es la principal razón por la que existen en ellos especialidades, como por ejemplo la de
Enfermedades Infecciosas, mientras que en España es asumida exitosamente por la Medicina Interna.
Teniendo en cuenta nuestra
visión holística, la prestación de los servicios del internista es muy amplia, de manera que podemos asumir en hospitalización la atención de la mayoría de los pacientes, y en consulta especialmente la de aquellos con
afectación multiorgánica o con alta carga de comorbilidad, cada vez más frecuentes por el envejecimiento de la población. Esa atención integral holística ofrece no solo un beneficio en términos de calidad asistencial, sino también en eficiencia, necesaria para mantener nuestro excelente Sistema Nacional de Salud.
Es importante tener en consideración que
no es incompatible la condición de internista, con la de experto en alguna de las áreas competenciales que debe adquirir en su formación, llámese enfermedades autoinmunes, riesgo vascular, insuficiencia cardiaca o enfermedades infecciosas, entre otras. Existen numerosos ejemplos de
internistas de reconocido prestigio nacional e internacional, que han contribuido notablemente al avance en el conocimiento en alguna de las áreas mencionadas.
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"La solución no es la creación de una especialidad diferente, fragmentando la atención médica, sino acreditar oficialmente esa experticia como subespecialidad"
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Pero esta experticia o dedicación preferente de algunos internistas, ¿justifica la creación de una nueva especialidad, independiente de la de Medicina Interna? Después de casi
40 años de ejercer como especialista, mi respuesta es clara: no lo justifica. La creación de especialidades independientes, en áreas de especial competencia para el internista, como por ejemplo las enfermedades infecciosas,
debilitaría seriamente el interés por ser internista, a la vez que conllevaría la
escisión de los servicios de Medicina Interna, con un
solapamiento considerable en las competencias asistenciales entre el servicio de la nueva especialidad y el que permanezca como Medicina Interna. Todo ello daría lugar a ineficiencia, incremento de costes y discriminación entre profesionales.
Uno de los principales valores de nuestro sistema sanitario es la formación de internistas, de médicos “integradores”, tal y como se concibe en la Medicina Española. Pero, al mismo tiempo, es legítimo
reconocer la experticia de algunos internistas, en determinadas áreas. La solución no es la creación de una especialidad diferente, fragmentando la atención médica, sino
acreditar oficialmente esa experticia como subespecialidad, mediante la figura profesional que sea más operativa, en el seno de la especialidad de interna e integrados en la plantilla orgánica de los servicios de Medicina Interna.
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