“El mayor enemigo del conocimiento no es la ignorancia, sino la ilusión del conocimiento.” – Stephen Hawking
Esta sentencia del célebre físico resuena con especial crudeza en los anales de la
gestión sanitaria contemporánea, donde a menudo la soberbia de los tomadores de decisiones opaca la realidad de los problemas. En este contexto, la exagerada
gestión del hantavirus en ciertas regiones y el paralelo y gravísimo abandono de la huelga médica constituyen dos caras de una misma moneda: el narcisismo institucional que elige focos mediáticos mientras desangra el corazón del
sistema de salud.
El hantavirus, una enfermedad viral transmitida por roedores, de alta letalidad, pero
baja incidencia, se ha convertido en los últimos años en un “espectáculo” de la gestión sanitaria. Cada brote, por mínimo que sea, activa un protocolo de visibilidad gubernamental que incluye conferencias de prensa dramáticas, despliegues de
equipos de emergencia y declaraciones grandilocuentes sobre el “control absoluto” de la situación. Sin duda, es una enfermedad seria que merece atención, pero el despliegue desproporcionado de recursos y la alarma social generada contrastan con la
evidencia epidemiológica: afecta a unas pocas decenas de personas al año. ¿A qué responde este desmedido interés? Al narcisismo de los gestores: combatir un enemigo pequeño, de nombre exótico, permite lucir eficacia sin enfrentar las verdaderas monstruosidades estructurales. El funcionario puede posar para la foto con traje de
bioseguridad, declarar la “victoria” sobre el virus y alimentar su propia imagen de líder decisivo. Es la gestión del espejo: se invierte en lo que se ve, no en lo que duele.
Mientras tanto, en los pasillos de los
hospitales públicos y
centros de atención primaria, el problema del abandono de la huelga médica se pudre en silencio. No se trata de un brote repentino, sino de una agonía prolongada. Los médicos, agotados por
jornadas laborales interminables, salarios congelados que no alcanzan ni para la canasta básica, y una violencia institucional que los criminaliza por exigir condiciones dignas, han declarado repetidos paros. Pero estos paros no reciben el mismo tratamiento mediático que el hantavirus. ¿Por qué? Porque la
huelga médica expone la podredumbre del sistema: muestra que no faltan raticidas ni trampas para roedores, sino camas, insumos, personal y respeto por los trabajadores. Exige hablar de
presupuestos, de corrupción en compras de equipos, de precarización
laboral. Ese problema no es fotogénico para el narcisista gestor. No permite una rueda de prensa triunfalista, sino una disculpa humillante. Por tanto, se abandona.
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"La gestión del hantavirus se ha convertido en un síntoma del narcisismo sanitario: una enfermedad menor recibe un ejército, mientras la enfermedad mayor -el abandono de la huelga médica- recibe silencio"
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El narcisismo exacerbado en la gestión del hantavirus y el abandono de la huelga médica no son dos problemas separados, sino las dos caras de una misma patología administrativa: la preferencia por las crisis que puedan ser “resueltas” con gestos simbólicos, en lugar de las crisis que exigen
cambios profundos y poco glamorosos. Mientras el hantavirus permite declarar “alerta roja” y luego “zona segura”, la huelga médica es una grieta que nunca se cierra porque refleja el descontento crónico de un gremio entero. El gestor narcisista, sin embargo, no escucha el reclamo; lo ignora porque no puede apropiarse de él. Prefiere rociar con veneno una ratonera rural antes que sentarse a
negociar con un sindicato que le exige cuentas.
Las consecuencias de esta distorsión son trágicas. Mientras los reflectores apuntan al brote de hantavirus de turno —con una decena de casos—, cientos de miles de
pacientes ven postergadas cirugías, canceladas consultas y saturadas las urgencias a causa de la huelga. El
médico en paro es tratado como “enemigo interno” y el paciente que muere esperando una cita oncológica, como una estadística inevitable. El roedor del bosque se roba el titular; el colapso del sistema, solo una línea al pie. Es la perversión de las prioridades bajo el imperio del ego.
En conclusión, la gestión del hantavirus se ha convertido en un síntoma del narcisismo sanitario: una enfermedad menor recibe un ejército, mientras la enfermedad mayor —el abandono de la huelga médica— recibe silencio. Hawking nos advertía sobre la peligrosa ilusión del
conocimiento. Pero aquí el problema no es la ilusión de saber, sino la ilusión de gobernar con imágenes. Gobernar es elegir qué problema mirar. Y mirar obsesivamente al ratón mientras se abandona al médico es la receta perfecta para que, un día, cuando el verdadero colapso llegue, ya no quede nadie para detenerlo. O, peor aún, quede solo un narcisista frente al espejo, celebrando su última victoria sobre un
virus que nunca fue el verdadero enemigo.
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