El silencio de las urgencias: cuando el fútbol detiene el tiempo


Opinión de Julián Ezquerra Gadea, médico de Familia, gestor y exsecretario general de Amyts
La atalaya sanitaria


11 julio 2026. 08.00H
“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.” Gabriel García Márquez. Yo recuerdo muy bien mis años de guardias en los que el futbol paralizaba las urgencias, una realidad incontestable.

Quizá por eso, durante un partido de fútbol que trasciende lo deportivo para convertirse en un relato colectivo, la vida cotidiana se detiene. No solo la de quienes abarrotan estadios o se apiñan frente a una pantalla, sino también una vida que late en un lugar donde el tiempo debería ser implacable: los servicios de urgencias hospitalarios. Allí, donde cada minuto cuenta y la demora puede ser crítica, el silencio que precede al pitido final del árbitro se convierte en un fenómeno social tan fascinante como preocupante.

La evidencia empírica no deja lugar a dudas. Durante la transmisión de grandes eventos deportivos, especialmente de la selección nacional, las salas de espera de urgencias experimentan una calma inusitada. En el Reino Unido, durante los partidos de la FIFA World Cup, la afluencia a los servicios de urgencias disminuyó hasta un 15%. El análisis de la Eurocopa 2024 reveló un patrón aún más detallado: en el partido inaugural de Inglaterra contra Serbia, el descenso de asistencias fue de un 8.8% respecto a la media, reduciéndose hasta un 11% en la hora previa al inicio del encuentro.

El espejismo de la calma en urgencias


Esta pausa, que en total representó casi 17.000 atenciones menos de las esperadas durante el torneo, parece un respiro bienvenido para unos sistemas sanitarios crónicamente sobrecargados. Los pacientes con síntomas leves o moderados parecen posponer su necesidad de atención médica para no perderse el evento. Es una elección consciente: la emoción del momento, la pertenencia a una masa que vibra al unísono, prevalece sobre el malestar físico. La salud, en ese instante, se subordina al espectáculo.

Sin embargo, la calma es un espejismo, un paréntesis que se cierra con violencia cuando el árbitro pita el final. El descenso durante el partido no es una desaparición de la necesidad, sino una acumulación. Y esta energía contenida se libera con un efecto rebote que puede ser más peligroso que el flujo constante de pacientes.

En Inglaterra, se observó un aumento significativo de las atenciones en las ocho horas posteriores a los partidos de la Eurocopa, con un incremento de alrededor del 10% en casos de traumatología y problemas musculoesqueléticos. El momento de mayor presión, curiosamente, se produce en la madrugada, entre la 1 y las 2 a.m., cuando el consumo de alcohol y las celebraciones se traducen en caídas, peleas y accidentes.

Este patrón se repite en contextos muy diferentes. El estudio sobre el derbi de Soweto en Sudáfrica, uno de los eventos deportivos más importantes de África, ofrece una perspectiva cruda. Durante el partido, se registró una caída del 40% en la afluencia de varones al servicio de traumatología, pero en las 18 horas posteriores al encuentro, el número de pacientes con lesiones graves aumentó significativamente en comparación con un día sin partido. Esta afluencia postpartido, protagonizada por varones jóvenes, convierte el "respiro" en un pico de tensión para un servicio ya desbordado.

El estrés emocional como detonante médico


El fenómeno, sin embargo, no se limita a los accidentes derivados de la celebración. El propio estrés emocional del partido es un detonante directo de emergencias médicas. Ver a tu equipo jugar una eliminatoria no es un acto pasivo; el corazón se acelera, la presión arterial se eleva y el cuerpo se prepara para la lucha.

La literatura médica lo ha documentado con claridad. Tras el Mundial de 2006 en Alemania, un estudio publicado en el New England Journal of Medicine demostró que los días en que jugaba la selección anfitriona, los eventos cardiacos agudos se multiplicaban por más de dos, alcanzando su punto máximo durante los partidos de máxima tensión. La tensión de una tanda de penaltis se ha identificado como un desencadenante especialmente potente, capaz de aumentar un 25% el riesgo de infarto en personas con enfermedades cardíacas subyacentes. La derrota de Países Bajos en la Eurocopa de 1996, por ejemplo, se asoció a un incremento del 51% en la mortalidad cardiovascular entre hombres mayores de 45 años.

En definitiva, la falta de urgencias durante los grandes partidos de fútbol no es una anécdota curiosa, sino un síntoma de una realidad compleja. Revela cómo los rituales colectivos y las emociones compartidas pueden modular nuestro comportamiento más básico, incluso el de buscar atención médica. Para los gestores sanitarios, este patrón es una herramienta útil de planificación, aunque de gestión compleja, que permite anticipar picos de demanda en lugar de reaccionar a ellos.

Pero, más allá de la logística, nos invita a una reflexión sobre nuestra propia humanidad. El silencio de las urgencias durante el partido y el rugido que le sigue son el latido de una pasión que, por un momento, nos hace creer que el tiempo puede detenerse. Sin embargo, el corazón, ya sea el del aficionado o el del sistema sanitario, siempre acaba recordándonos que el tiempo, en realidad, nunca se detiene para nadie.
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