Opinión

Crónica de un MIR


Julián Ezquerra Gadea, médico de Familia jubilado
La atalaya sanitaria

27 enero 2026. 06.50H
Se lee en 9 minutos
Noah Gordon, en su libro 'El médico': “La Ciencia y la Medicina se ocupan del cuerpo, mientras la Filosofía trata de la mente y del alma, tan necesarias para un médico como la comida y el aire.” Con esta frase, inicio este artículo de ficción que intenta acercarnos a la vida de un médico interno residente (MIR), unos años en los que se forja un profesional de la Medicina.

El reloj marcaba las 3:47 de la madrugada cuando Javier dejó caer la cabeza sobre el libro abierto. Las páginas de 'Harrison, Principios de Medicina Interna' mostraban el rastro de su lucha: subrayados de tres colores, notas al margen con letra cada vez más ilegible y una mancha de café que simulaba perfectamente la silueta de Australia. En un mes se presentaría al examen para MIR, el examen que decidiría no solo su especialidad, sino el rumbo de su vida.

Así comenzaba la odisea de Javier Mendoza, un joven de 26 años que había soñado con ser médico desde que, a los ocho años, vio a un traumatólogo recomponerle el brazo a su hermano tras una caída de la bicicleta. Ahora, tras seis años de carrera, se enfrentaba a la prueba definitiva.

Parte I: La preparación al examen MIR


El cuarto de estudio de Javier era un microcosmos de ansiedad y determinación. Posters de anatomía cubrían las paredes, pilas de libros formaban precarias torres junto a su escritorio, y en la nevera, junto a un yogur caducado, una hoja de Excel mostraba su progreso en los test: "Último simulacro: 194 aciertos. Percentil: 92. Necesito 95".

"La preparación del MIR no es solo estudiar Medicina", reflexionaba Javier mientras subrayaba por tercera vez el ciclo de Krebs. "Es un entrenamiento militar para la mente. Aprendes a funcionar con cuatro horas de sueño, a que la cafeína sustituya a la sangre en tus venas, y a responder preguntas en menos de un minuto que determinarán cómo pasarás los próximos cinco años de tu vida".

Sus amigos no médicos no lo entendían. "¿Otro sábado que no sales?" le preguntaba Carlos, su compañero de piso, ingeniero. Para ellos, Javier había desaparecido en un agujero negro del que solo emergía, pálido y con ojeras profundas, para recoger más apuntes de la fotocopiadora.

Pero Javier tenía claro su objetivo: Medicina Interna. Quería ser ese médico que ve al paciente como un todo, que conecta síntomas aparentemente inconexos, el detective de lo orgánico. Su abuelo, médico rural ya fallecido, le había contado historias que alimentaron ese sueño.

El día del examen llegó con una niebla matinal que envolvía Madrid. Javier entró en el pabellón con otros 10.000 aspirantes, sintiendo la energía nerviosa que emanaba de la multitud. Durante cinco horas, su mundo se redujo a 210 preguntas y una hoja de respuestas. Al salir, la sensación fue extraña: ni euforia ni decepción, solo un vacío existencial después de meses de intensidad concentrada.

Cuatro semanas después, al abrir los resultados en su ordenador portátil, las lágrimas nublaron su visión: número 487 de más de 15.000. Tenía plaza para Medicina Interna en el Hospital Universitario Central.

Parte II: El inicio de la etapa MIR


El primer día como MIR, Javier se vistió con su bata nueva, y se miró en el espejo. "Doctor Mendoza", probó en voz baja. Sonaba a personaje de ficción.

La realidad le golpeó a las 8:15 de la mañana. Su tutor, el Dr. Valdés, un hombre de 60 años con mirada penetrante y manos sorprendentemente delicadas, le asignó su primera tarea: "Haga la historia clínica del paciente de la 312. Y por favor, no me traiga solo lo que pone en el ordenador".

La paciente era Doña Carmen, una mujer de 82 años con insuficiencia cardiaca, diabetes y una sonrisa que iluminaba la habitación. Javier pasó cuarenta minutos con ella, descubriendo no solo sus síntomas, sino que había sido profesora de piano, que extrañaba a su marido fallecido hacía dos años, y que su medicación para la diabetes le daba mareos que no había reportado.

"Bien, Mendoza", dijo el Dr. Valdés al revisar su historia. "Ha descubierto lo primero que ningún ordenador le dirá: que los pacientes son personas, no conjuntos de diagnósticos. No lo olvide".

Las primeras guardias fueron un bautismo de fuego. Javier aprendió que, en Medicina, la teoría y la práctica se encuentran en un territorio llamado incertidumbre. Los libros no preparan para el sonido de una taquicardia ventricular en el monitor, ni para la mirada de los familiares cuando las noticias no son buenas.

"Lo más difícil", confesaba Javier a su hermana por teléfono tras una guardia particularmente dura, "no es el cansancio. Es la responsabilidad. Cada decisión, por pequeña que sea, afecta a una vida humana. Y a veces, con toda la ciencia del mundo, las cosas no salen como esperabas".

Parte III: Las lecciones no escritas


Con los meses, Javier fue aprendiendo las lecciones no incluidas en los manuales:
  1. La comunicación como terapia: Aprendió a dar malas noticias con honestidad y compasión, encontrando el equilibrio entre la crudeza y la evasión
  2. El arte de priorizar: En una planta con treinta pacientes, cada uno con múltiples problemas, aprendió a distinguir lo urgente de lo importante
  3. El trabajo en equipo: Descubrió que una enfermera experimentada podía salvarle de cometer errores, que el personal de limpieza conocía mejor que nadie el ritmo del hospital, y que un café compartido con un compañero de residencia a las 3 de la madrugada creaba lazos más fuertes que cualquier curso de formación
  4. La sombra del burnout: Vio compañeros brillantes perder su pasión, convertirse en funcionarios de la Medicina. Juró no permitir que le ocurriera, buscando siempre el motivo humano detrás de cada caso.

Su momento de inflexión llegó durante su segundo año de residencia. Atendió a un hombre joven con síntomas inespecíficos: fatiga, pérdida de peso, fiebre ocasional. Las pruebas iniciales no mostraban nada concluyente. Algo en la presentación le recordó un caso descrito en una revista especializada meses atrás. Insistió en pruebas adicionales, enfrentándose al escepticismo de un adjunto. El diagnóstico: una enfermedad autoinmune rara pero tratable. El paciente mejoró. Javier no se sintió un héroe, sino simplemente un médico que había hecho su trabajo. Pero esa noche, por primera vez, sintió que realmente lo era.


Parte IV: El futuro


Cinco años después, Javier Mendoza se enfrenta a su último día como MIR.
Mañana será médico adjunto en el mismo hospital. En su despacho, pequeño, pero con ventana, revisa los casos para la guardia nocturna. Sobre su escritorio, junto al estetoscopio gastado que usó durante toda su residencia, hay una foto: él con Doña Carmen, la paciente de su primer día, en su 83 cumpleaños celebrado en el hospital.

El camino no ha sido como lo imaginaba en sus días de preparación para el MIR. La realidad es más compleja, más gris, más humana. El sistema tiene fallos, la burocracia asfixia, los recursos a veces son insuficientes. Pero también es más profunda y significativa de lo que jamás soñó.

"Lo que nadie te dice cuando estudias para el MIR", reflexiona Javier mientras se prepara para otra noche, "es que aprobar es solo el principio. La verdadera Medicina no se aprende en los libros ni se demuestra en un examen. Se aprende en los pasillos a las 3 de la mañana, en la mano que sostienes cuando no hay nada más que ofrecer, en la decisión difícil que tomas cuando nadie mira".

"Y tampoco te dicen", añade mientras se ajusta la bata y sale a la planta, "que, a pesar del agotamiento, la frustración y los momentos de duda, hay algo que permanece: el privilegio indescriptible de acompañar a otros seres humanos en sus momentos más vulnerables. Y que, al final, eso lo hace todo valioso".

El hospital respira a su alrededor, un organismo vivo con sus ritmos y sus historias. Javier camina por el pasillo hacia su próxima llamada, no como el novato temeroso de hace cinco años, sino como un médico que sabe que su verdadera educación acaba de comenzar.

El periodo de residencia es muy especial, cada cual la vive de una forma, la suya, con grandes parecidos entre ellas y poco parecido con las idílicas series de televisión que nos presentan la vida de residentes, en muchos casos, muy alejada de la realidad.
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