Opinión

El abandono estructural del Sistema Nacional de Salud y la apatía institucional


Julián Ezquerra Gadea, médico de familia jubilado
La atalaya sanitaria

06 febrero 2026. 05.05H
Se lee en 7 minutos
Esta frase de Arnold Joseph Toynbee: “la apatía puede ser superada por el entusiasmo, y el entusiasmo sólo puede ser despertado por dos cosas: en primer lugar, un ideal, que la imaginación tome por asalto, y, en segundo lugar, un plan inteligible para llevar a la práctica ese ideal”, sirve para introducir este artículo y resumir lo que en el quiero trasmitir.

El Sistema Nacional de Salud (SNS) español, durante décadas un pilar de nuestro estado del bienestar y motivo de legítimo orgullo colectivo, atraviesa una crisis profunda que va más allá de los cíclicos periodos de tensión. Lo que estamos presenciando no es un simple desgaste por la pandemia o un problema puntual de financiación, sino un abandono estructural progresivo y, lo que es más preocupante, una aparente y generalizada falta de interés político y social en aplicar soluciones de fondo. La sanidad pública parece haber entrado en una peligrosa zona de confort de la queja, donde se normaliza el deterioro y se pospone indefinidamente la reconstrucción.

Los indicadores del deterioro son ya crónicos y familiares para millones de ciudadanos. Colapso en Atención Primaria, epicentro de la crisis. La Medicina de Familia, pilar de un sistema eficiente, está rota. Médicos con consultas masificadas (más de 40-50 pacientes/día), plazos para citas de semanas, y una burocracia asfixiante que roba tiempo de calidad con el paciente. Esto genera un efecto dominó: saturación de urgencias hospitalarias y desmoralización de profesionales, que huyen hacia el sector privado o el extranjero.

Listas de espera récord. Más de 800.000 personas esperan para una intervención quirúrgica y cerca de dos millones para consultas especializadas.

Estas no son estadísticas, son personas con dolor, ansiedad y empeoramiento de su pronóstico. Los tiempos de espera, lejos de reducirse, se consolidan como una barrera infranqueable para muchos.

Fuga de talento y condiciones laborales precarias


El SNS está perdiendo su capital más valioso: sus profesionales. Salarios congelados que no compensan el enorme esfuerzo, falta de oportunidades, y un ambiente laboral tóxico en muchos centros están provocando una hemorragia de cerebros y manos expertas. La formación de especialistas (MIR) no cubre todas las plazas, y las que se cubren no garantizan la retención.

Infrafinanciación crónica


España invierte alrededor del 6% de su producto interior bruto (PIB) en sanidad pública, por debajo de la media de la UE-27 (más del 8%). Este déficit no es un accidente, es una elección política. La financiación no sigue el envejecimiento de la población, la cronicidad ni la innovación tecnológica y farmacológica.

Ante este cuadro clínico tan grave, la respuesta institucional y política brilla por su ausencia o su insuficiencia. Esta parálisis es multicausal, comenzando con un miope cálculo político. La sanidad es una inversión a largo plazo cuyos frutos no se cosechan en una legislatura. Los gobiernos (autonómicos y central) priorizan medidas con impacto inmediato y visible, mientras “apañan” la sanidad con parches (contrataciones temporales, unidades móviles) que no resuelven el problema de base. La gestión de la salud está secuestrada por la lucha partidista cortoplacista, donde se usa más como arma arrojadiza que como objeto de pacto de Estado.

La banalización del sufrimiento y la saturación se ha normalizado


Escuchar que “hay que esperar 8 meses para una operación de cadera” ya no causa indignación, sino un resignado “es lo que hay”. Esta normalización de la anormalidad es el mayor triunfo del deterioro. La sociedad, aunque preocupada, no percibe una alternativa clara o una vía de presión efectiva, lo que genera desesperanza aprendida.

Descoordinación y fragmentación


Las 17 transferencias sanitarias, sin mecanismos sólidos de cohesión y equidad, han creado 17 sistemas diferentes. Esto genera desigualdades inaceptables (la llamada 'España sanitaria') y dificulta enormemente una estrategia nacional común. La falta de una autoridad sanitaria central con capacidad real de homogeneizar estándares es un déficit democrático y de eficacia.

Falta de liderazgo y visión estratégica


Se echa en falta un debate sereno y profundo sobre el futuro del SNS. ¿Cómo integrar la digitalización de verdad? ¿Cómo rediseñar la Atención Primaria? ¿Cómo retener talento? En su lugar, el discurso público se reduce a eslóganes vacíos (“la mejor sanidad del mundo”) o a la mera reivindicación de más dinero, sin un plan creíble sobre cómo utilizarlo.

Las soluciones son conocidas y han sido expuestas repetidamente por profesionales y expertos. El problema no es el desconocimiento, sino la falta de voluntad política y coraje para implementarlas:

  1. Pacto de Estado por la Sanidad: un acuerdo político y social que blinde la financiación (vinculada, por ejemplo, al PIB o al gasto sociosanitario), establezca garantías máximas de espera homogéneas en todo el territorio y apruebe un Estatuto Marco del empleado público sanitario que dignifique la profesión. Esto último acapara la discordia y embarra la situación, es utilizado para entretener a los profesionales, enfrentarlos, crear noticia, pero sin contenido ni finalidad alguna.

  2. Revolución en Atención Primaria: dotarla de más recursos, aligerar su burocracia, reforzar sus equipos multidisciplinares y convertirla en el verdadero centro de gestión de la salud de la población. Sin esto, cualquier reforma está condenada al fracaso.

  3. Plan Nacional de Recursos Humanos: un plan agresivo de retención y atracción de talento, con incentivos salariales y profesionales, desarrollo de carrera y mejora de las condiciones laborales. Sin profesionales motivados, no hay sistema que funcione.

  4. Integración real sociosanitaria y digital: romper el muro entre salud y servicios sociales, especialmente para la población mayor. Y una apuesta decidida por una historia clínica digital única y verdaderamente interoperable, con servicios de telemedicina bien diseñados que complementen (no sustituyan) la atención presencial.


El abandono del sistema sanitario no es un fenómeno meteorológico inevitable. Es el resultado de decisiones y, sobre todo, de no-decisiones. La aparente falta de interés es, en realidad, un interés por mantener un statu quo que descarga el coste sobre los pacientes y los profesionales, mientras se evita el coste político de una reforma compleja.

La pregunta que debemos hacernos como sociedad es incómoda: ¿realmente valoramos nuestra sanidad pública como pilar de equidad y cohesión, o hemos aceptado tácitamente su lenta degradación hacia un modelo residual para quien no pueda pagar otra cosa? Recuperar la sanidad pública exige un esfuerzo colectivo, un consenso político valiente y una inversión sostenida. El silencio, la queja estéril y la inacción nos conducen a un punto de no retorno. El tiempo para elegir se agota, y cada día de parálisis tiene nombre y apellidos de pacientes que esperan.
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