Llevo meses sin dormir bien. Parecía que con el dichoso examen acababa todo. Nada más lejos de la realidad. Llevo meses preparándome para
elegir entre cuatro opciones, pero no entre cientos. No esperaba llevarlo tan mal.
Sueño con listas de excel con los colores del semáforo, con el mapa de España, con el portal de Idealista. Debates familiares donde alguien lanza aquello de “haz lo que te haga feliz” como si fuera tan sencillo. Busco la respuesta en vídeos de Instagram, en grupos de WhatsApp, en los
brillantes ojos de un R1, y en los cansados de un R4.
El ruido externo: de las guardias a la inteligencia artificial en Medicina
Y por si no fuera suficiente lidiar con todo ello, me rodea el ruido. Que
ciertas especialidades son feas, y que otras son bonitas, como si lucieran traje a la moda. Que las guardias son horribles, o que sin guardias te aburrirás y cobrarás menos. Que si tienes la familia cerca, mejor; que merece la pena irse lejos para perseguir tus sueños. Que mudarse es un acto heroico o una temeridad. Que la IA hará mi trabajo y
si elijo algo quirúrgico me sustituirá un robot. Y para colmo la
huelga, el clima sanitario, el maltrato institucional. Si ya es difícil elegir, al menos querría hacerlo con ilusión. Me planteo si esto merece la pena. Es todo como un zumbido, ruido constante en mi cabeza. No encuentro la salida.
Tengo hojas de cálculo con ciudades por coste de la vida, distancia a casa de mis padres, kilómetros a la playa, prestigio del servicio, áreas de investigación y un largo etcétera. He intentado convertirlo en un problema medible, cuantificable. Una
decisión lógica y racional. Pero a ello se ha sumado esta semana. Viendo cómo
las plazas vuelan. Cómo las opciones se reducen. Cómo desaparecen cosas. Pero, por otro lado, me sorprende que apenas estén eligiendo eso que tanto me gusta, ¿habrá algo raro? Si lo escogen desaparece, si no lo escogen, me hace dudar. Y así vuelvo otra vez a la casilla de salida.
Más allá de la especialidad: la incertidumbre del futuro médico
En medio de ese hartazgo, empiezo a creer en el azar. Que quizá la decisión no depende solo de mí. Que hay cosas que no puedo controlar, y que por mucho que pretenda ser racional, mi futuro va a contener cosas que ahora mismo no puedo ni imaginar. La persona que voy a ser dentro de cuatro o cinco años no es la que está hoy rellenando una hoja de cálculo, sino alguien que habrá pasado mil peripecias, habrá llorado en algún office,
habrá visto morir y habrá visto nacer, habrá hecho amigos para siempre con gente cuyo nombre todavía no conozco. Esa persona futura no necesita que yo acierte hoy. Necesita que yo me lance.
Quizá mi mejor decisión es no creer que existe una vida correcta y muchas equivocadas. Quizá no hay un camino óptimo ni los otros llevan al abismo. Tal vez me he ganado el derecho a arriesgar y equivocarme. Elegir ahora quizá solo sea un trámite menor y esta elección no es una meta, sino
una puerta para emprender nuevas aventuras. Detrás de cualquiera de las que pueda abrir, habrá un pasillo que merezca la pena recorrer. Habrá pacientes que me enseñarán cosas que no están en el Harrison. Habrá compañeros con los que quedaré después de una guardia infame y nos reiremos hasta que duela. Habrá, incluso, días horribles, porque son parte de la aventura.
Cada vez tengo más claro que la decisión más importante de mi vida es
confiar en mí. En mi capacidad para la ilusión, para aprender, para ayudar a los que lo necesitan, para adaptarme y transformarme. No voy a elegir lo mejor. Voy a elegir lo mío. Hacer que merezca la pena sí está en mi mano.
Así que cuando llegue mi turno, dentro de unos días, voy a respirar hondo. Voy a mirar la pantalla. Voy a elegir. Y voy a salir de esa sala sabiendo que
lo único realmente importante no es lo que aparezca en un papel, sino lo que yo decida hacer con ello. Y ahí, en ese instante, empezará una aventura que merecerá la pena vivir.
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