Opinión

A propósito del Manual de Buenas Prácticas para la Inteligencia Artificial en Medicina (de la OMC)


Iñigo de Miguel Beriain, profesor Ikerbasque en la EHU; y vocal de la Asociación Española de Derecho Sanitario

06 junio 2026. 13.20H
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La Organización Médica Colegial (OMC) acaba de publicar un manual sobre el uso de la inteligencia artificial (IA) en Medicina que merece ser leído con atención y reconocido por lo que es: un documento serio, técnicamente solvente y éticamente bien orientado. No es fácil producir una guía de este tipo en un momento en que la tecnología avanza más deprisa que nuestra capacidad de comprenderla, y la OMC lo ha conseguido con rigor. El texto aborda desde la regulación europea hasta los protocolos de validación clínica, pasando por los derechos de los pacientes y las garantías de los profesionales. Es, en suma, un esfuerzo institucional valioso, que seguramente se constituirá un referente.

Dicho esto, en mi opinión el manual tiene un problema de fondo que tal vez resultase inevitable a estas alturas, pero conviene tener presente: su tono es defensivo. Y esa actitud defensiva, aunque comprensible, puede acabar siendo el mayor obstáculo para aprovechar lo que la IA tiene de verdad que ofrecer a la Medicina o, más bien, a las profesiones sanitarias en general.

El principio que abre el documento —"la inteligencia artificial no sustituye al médico"— actúa como lema tranquilizador más que como análisis realista. Si es puramente descriptivo, pronto será más que discutible en algunos campos, medicina defensiva mediante. Si es prescriptivo, entonces es necesario proporcionar mejores razones. Porque hay buenos motivos por los que sostener lo contrario.

El médico no es un recurso ilimitado


Pensemos en lo que realmente ocurre en los sistemas sanitarios: listas de espera que se miden en meses, urgencias saturadas, médicos de atención primaria con escasos minutos por paciente. El profesional sanitario es un recurso escaso. Escasísimo. Y si disponemos de una herramienta capaz de hacer con precisión y rapidez algunas de las tareas que hoy consumen ese recurso, la pregunta pertinente no es si debemos proteger el papel del médico, sino cómo conseguimos que el médico pueda dedicar su tiempo a lo que ninguna máquina puede hacer. Ese es el quid de la cuestión que sólo puede resolverse entendiendo bien el escenario al que nos enfrentamos.

La IA calcula. No delibera. Esta distinción no es una metáfora: es una diferencia estructural. Un algoritmo puede analizar decenas de miles de imágenes dermatoscópicas y señalar con notable exactitud cuál tiene probabilidad de ser un melanoma. Lo que no puede hacer es escuchar a un paciente que tiene miedo, calibrar lo que no dice, integrar la historia personal que influirá en la respuesta al tratamiento. Eso requiere presencia humana, experiencia clínica acumulada y capacidad de deliberación moral. Son cosas distintas, y confundirlas nos impide organizar bien la distribución del trabajo.

El caso del triaje


Tomemos el triaje en urgencias como ejemplo. Es una situación en la que el tiempo escasea, la información es incompleta y las decisiones deben ser rápidas. Un sistema de IA puede calcular probabilidades de deterioro clínico mucho más deprisa y con mayor consistencia que cualquier humano. Lo eficiente es que lo haga. Pero hay dos condiciones para ello que el manual señala correctamente y que conviene subrayar: esa herramienta necesita haber sido validada clínicamente antes de usarse, y sus resultados necesitan supervisión posterior. Lo que el manual no dice con suficiente claridad es que esa supervisión no tiene que ser un acto de desconfianza hacia la máquina, sino la garantía de que el contexto clínico —lo que el algoritmo no sabe— sea incorporado por quien sí puede incorporarlo: el profesional sanitario.

Y hay algo más que ningún sistema de IA puede hacer: decirle a la sociedad cuál debe ser el objetivo del triaje. Decidir si se maximizan las vidas salvadas, su calidad o los años por vivir, por ejemplo, es una decisión que requiere deliberación colectiva, no optimización matemática. Aquí es donde los límites de la IA son permanentes e irrenunciables, no en la detección del melanoma.

El verdadero horizonte


La postura adecuada, en suma, no es tanto "la IA nunca sustituirá al médico" como esta otra: aceptemos que la IA puede y debe hacerse cargo de muchas tareas que hoy desempeñan los profesionales sanitarios, y utilicemos esa capacidad para liberar el tiempo, su tiempo, hacia lo que es genuinamente irreemplazable: la relación clínica, el juicio contextual, la deliberación moral.

No es un drama que una máquina detecte antes que un radiólogo una lesión pulmonar en una TC. Es una bendición, si eso significa que ese radiólogo puede dedicarse a los casos difíciles, a la comunicación con el paciente, a la formación de los residentes, a la investigación. El problema no es que la IA sea capaz. El problema es que seamos incapaces de aprovechar esa cualidad por apego a un modelo de práctica clínica diseñado para un mundo sin ella.

El manual de la OMC es un buen punto de partida. Pero el debate debe ampliarse. La pregunta no es, a mi juicio, cómo evitar que la IA cambie la Medicina. La pregunta es cómo hacer que la cambie para mejor..
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