Opinión

La esperanza de la vacunación: entre la salud y el negocio


Gaspar Llamazares, Gema González y Miguel Souto
Firmas

14 febrero 2021. 12.50H
Se lee en 8 minutos
Gema González López. Psicóloga.
Miguel Souto Bayarri. Médico.
Gaspar llamazares Trigo. Médico.



"Tras la conducta de cada uno depende el destino de todos". Alejandro Magno.

Poco después de iniciada la pandemia comenzaron a aparecer informaciones negando la existencia del Covid-19 y desinformando a la población. Durante los meses de crisis sanitaria y confinamiento, el negacionismo seguía creciendo: mantienen que el Covid-19 es una gripe; que el virus no es de origen natural, que ha sido creado para ganar dinero con las vacunas y, en consecuencia, los antivacunas rechazan el uso de la vacuna contra covid-19 más que ninguna otra.

Los argumentos han sido tan dispares como disparatados: unos, que la vacuna produce autismo, otros que implantan microchips, y muchos, que las vacunas de la gripe introducen el Covid-19 en las células, naturalmente, todas sin ninguna evidencia. Utilizando las redes sociales fueron logrando una cierta influencia en la población, favorecidos por el apoyo de famosos a sus causas y por la falta de información y desconocimiento de muchos. Las personas incrédulas y escépticas terminaron dejándose envolver por estas teorías y durante la pandemia muchas prefirieron creerlas, antes que asumir la realidad. El miedo al contagio, la incertidumbre, la creciente ansiedad, fueron mecanismos psicológicos que facilitaron el gran impacto inicial de las teorías negacionistas sobre la vacuna frente a la pandemia en el mundo.

Así, aunque España haya sido uno de los países de la Unión Europea con mayor predisposición favorable hacia las vacunas, durante la pandemia no ha ocurrido lo mismo con la vacuna contra el Covid-19, en que avanzaba la desconfianza y la falta de seguridad sobre su eficacia, de manera que en un principio fue reduciéndose el número de ciudadanos que estaban dispuestos a vacunarse.

Lo cierto es que  la vacuna contra el Covid-19 supuso un reto científico sin precedentes. Mientras otras vacunas se desarrollaron en décadas, la del Covid-19 solo necesito meses gracias al conocimiento que se tenía sobre otros coronavirus y desde que se descifró el genoma del SARS-CoV-2, se comenzó con pruebas clínicas y aunque de manera mucho más rápida, se comprobó su seguridad tan exhaustivamente como en las vacunas conocidas hasta ahora. Fue este acelerado desarrollo lo que facilitó a los negacionistas sembrar el temor, amenazando con disparatados efectos secundarios para las personas que se vacunasen.

Ante el alto rechazo a la vacuna que llegó hasta el cuarenta por ciento, y aunque en España existirían procedimientos legales para imponer obligatoriedad de vacunación, se ha considerado mejor que los ciudadanos en un principio diesen su consentimiento.

Ante las cifras de contagios y fallecimientos que crecen diariamente, señalando que la pandemia no solo continúa sino que se agrava, la población va cambiando su postura ante la vacuna. Además, se ha comprobado que las malas consecuencias anunciadas por algunos de la vacuna no se han producido. En definitiva, han sido los datos reales los que han ido modificando la desinformación, ganando la confianza e interés por la vacunación entre la población, y con ello reduciendo drásticamente el número de ciudadanos con posturas de rechazo. Y a pesar de que la vacunación no supondrá la recuperación inmediata y total de la normalidad de nuestras vidas, el temor a que pueda haber escasez, y a quedarse sin vacuna, ha sido otro de los argumentos que está llevando a la población a interesarse aún más por ellas, de manera que cada vez más colectivos se consideran los más vulnerables y por tanto acreedores a adelantarse de las primeras fases de vacunación. A ello contribuyen las actualizaciones obligadas debidas a las características de las nuevas vacunas.

En consecuencia, la demanda de vacunas contra Covid-19 va en aumento. Se ha necesitado ampliar una producción que se ha quedado corta. La OMS mantiene que es un desafío intensificar y ampliar la producción para todos. Para esto se ha desarrollado lo que denominan “intensificación de procesos”: técnica de producción que reduce el tiempo y el espacio necesarios para la fabricación de vacunas, reduciendo su complejidad.

Las vacunas van avanzando con rapidez y están siendo aprobadas progresivamente: Pfizer, Moderna, AstraZeneca, Sputnik V, etcétera, con otras más en distintas fases de ensayo clínico. Sin embargo, las compañías farmacéuticas como Pfizer han reducido el ritmo de distribución y otras farmacéuticas, como AstraZeneca, se han aprovechado del exceso de confianza europeo para exculpar un grave retraso en los procesos de producción.

A pesar de eso, las comunidades autónomas administran desde finales de diciembre las vacunas a los grupos establecidos en la estrategia aprobada, hasta el momento la mayoría han aplicado más del 90% de las dosis recibidas. Va creciendo el número y el Ministerio de Sanidad sigue manteniendo el objetivo del 70% de la población vacunada para el verano. La necesidad de incrementar las dosis se hace imperiosa y por eso hemos pasado del escepticismo a una verdadera carrera vacunal.

Por otro lado, la compra de las vacunas ha entrado de lleno en el pulso geopolítico y de mercado, pues mientras que las farmacéuticas británicas y estadounidenses suministran a los países occidentales, la rusa y la china son las que llegan a África y América Latina. Y mientras en los países ricos hay preocupación por el suministro de las vacunas, en el resto se busca la forma de comprar o recibir la donación de los excedentes: se calcula que cada ciudadano de los países ricos toca a 3 dosis y media, mientras que en los países pobres a media vacuna por habitante.

Pensando en ello, por primera vez a nivel mundial se creó el programa Covax, para evitar una vez más la bochornosa desigualdad entre los países pobres y ricos en cuanto al acceso a la vacunación: el objetivo de Covax es llegar a inmunizar al 20% de la población de esos países en vías de desarrollo para finales de año (la población de estos países es más del doble que la europea). También la Fundación Bill y Melinda Gates invirtieron en investigación para vacunas covid-19 con uno de los mayores fabricantes en la India, para que los países más pobres del mundo pudieran acceder a las vacunas.  Pero hasta el momento, la vacunación está volcada en el primer mundo, donde se prevé que a fines de año el 70% de la población se haya inmunizado frente a los países pobres, en donde incluso se baraja el año 2024 como el más probable para alcanzar la inmunidad colectiva.

La desigualdad entre norte y sur se hace evidente ante la vacunación, por eso la OMS habla de catástrofe moral. Mientras hay países que no pueden acceder a las vacunas, hay países que compran más de las que necesitan y entre estos otros pagan más para acceder los primeros. La OMS señala que de seguir asi se puede llegar a tener países que controlen el Covid-19 mientras en otros se convierte en endémico, pudiendo llegar a consecuencias humanitaria catastróficas.

Para evitar estas diferencias, países como Sudáfrica, Brasil o India proponen que se suspenda la propiedad intelectual de esta vacuna para que cualquier farmacéutica pueda producirla. Como era de esperar, las farmacéuticas no están de acuerdo y por otro lado las grandes potencias económicas, y por sorpresa nuestro gobierno, no consideran que levantar los derechos de propiedad facilite el acceso igualitario. Otros proponen una salida política para amortiguar un reparto tan desigual: la llamada gobernanza colaborativa sería una alternativa que bajo criterios de salud pública podría llegar a vacunar a los grupos de mayor riesgo de los países pobres simultáneamente con los países ricos.

La cuestión está ahora en considerar la universalización de la vacuna como medio que garantice el derecho a la salud, de norte a sur, siendo la gratuidad de la vacuna y el acceso universal las vías que ayuden a evitar dramáticas consecuencias.

Lo que queda claro es que, de seguir así, los países avanzarán en la vacunación a diferente ritmo, y eso dificultará la superación de la pandemia. El dilema ético y de salud pública entre países ricos y pobres está servido.
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