Opinión

Cuidar bajo amenaza


Félix Rubial Bernárdez, médico y gestor sanitario
Firmas

09 abril 2026. 09.00H
Se lee en 6 minutos
La reciente publicación de datos sobre agresiones a profesionales sanitarios en España ha vuelto a situar en primer plano una realidad que, lejos de ser puntual, se consolida como un problema estructural del sistema.

La frecuencia con la que se registran estos episodios (más de 18.000 registradas en 2025, según datos oficiales) obliga a interpretarlos no solo como hechos aislados, sino como síntomas de una transformación más profunda en los entornos del cuidado.

El incremento paulatino de estas conductas ofrece información relevante sobre el funcionamiento de las organizaciones sanitarias y sobre la naturaleza de la relación entre trabajadores y ciudadanía. La instalación recurrente de la agresión en espacios concebidos para cuidar altera el equilibrio que estructura la práctica clínica y debilita los fundamentos que legitiman la atención a la salud.

Una realidad que sobrepasa el ámbito sanitario


Las agresiones adoptan múltiples formas: insultos, amenazas, descalificaciones o actitudes intimidatorias que afectan tanto a la integridad emocional como a la seguridad física de quienes trabajan en los servicios de salud.

Sus consecuencias no se limitan a las víctimas directas; impactan en el clima de trabajo, en la organización y, de manera indirecta, en la calidad de la atención.

Resulta insuficiente explicar este fenómeno exclusivamente a partir de los desajustes organizativos de los servicios sanitarios. La elevada demanda, las demoras o la sobrecarga influyen en la aparición de conflictos, pero no lo justifican por sí solas. La violencia que irrumpe en el ámbito clínico refleja también dinámicas colectivas más amplias.

Socialmente se observa una menor tolerancia a la frustración y una creciente dificultad para aceptar límites. La expectativa de inmediatez, instalada en numerosas esferas de la vida cotidiana, se proyecta también sobre la atención sanitaria. Cuando esa expectativa no se cumple, el malestar encuentra formas de expresión que pueden derivar en confrontación.

En estas circunstancias, quien atiende se convierte en el punto de descarga de fricciones de origen estructural. La cercanía en la interacción lo sitúa como destinatario de una frustración que no le corresponde. Este desplazamiento deteriora la relación de agencia y erosiona dos elementos esenciales para el cuidado, como son el respeto y la confianza.

El respeto permite reconocer la legitimidad del otro incluso en situaciones de desacuerdo. La confianza, por su parte, facilita aceptar la incertidumbre, los tiempos y las decisiones clínicas en contextos de vulnerabilidad. Sin estos pilares, la práctica asistencial se vuelve más defensiva, más rígida y menos eficaz.

Una tendencia visible en España


El caso español permite observar con claridad esta evolución. Los registros disponibles evidencian miles de agresiones anuales en el Sistema Nacional de Salud, con especial incidencia en Atención Primaria, servicios de urgencias y dispositivos extrahospitalarios.

Predominan las agresiones verbales y las actitudes intimidatorias, aunque sus efectos trascienden lo inmediato y afectan de manera acumulativa al bienestar del equipo y al entorno asistencial.

España no es una excepción, sino parte de una tendencia que afecta a múltiples organizaciones sanitarias. La diferencia radica en el grado de visibilidad del problema y en la respuesta institucional que se articula. Uno de los riesgos más relevantes es la normalización progresiva de estos comportamientos dentro del ejercicio profesional.


"Aceptar la violencia como parte del cuidado no es una adaptación del sistema, sino una señal de su deterioro"



Cuando la agresión se asume como un componente implícito de la práctica asistencial, disminuye su notificación y se diluye la percepción de gravedad. Esta dinámica tiene consecuencias a medio plazo, como son el desgaste, la desafección, las dificultades para fidelizar talento y el debilitamiento de los equipos.

Las transformaciones en la relación entre profesionales y pacientes han introducido avances significativos, como un mayor acceso a la información y una participación más activa en la toma de decisiones. Sin embargo, cuando estos cambios no se acompañan de un marco sólido de respeto mutuo, pueden derivar en tensiones que comprometen la calidad del encuentro asistencial. El cuidado exige asumir complejidad, límites y tiempos, elementos que no siempre encajan con una cultura social orientada a la inmediatez.

La necesidad de una respuesta más firme


Las respuestas institucionales han tendido a centrarse en protocolos de seguridad, campañas de sensibilización y ajustes normativos. Estas medidas son necesarias, pero insuficientes si no se acompañan de una posición clara frente a la agresión.

En el plano legal, se han producido avances, incluyendo el reconocimiento del personal sanitario como autoridad en determinados contextos, lo que permite considerar ciertas agresiones como delito de atentado. No obstante, su implantación es irregular y su capacidad disuasoria sigue siendo limitada en ausencia de una respuesta consistente y visible.

La respuesta sancionadora no se limita a castigar conductas individuales. Cumple también una función estructural, ya que establece límites, define lo inaceptable y refuerza los principios de convivencia. Cuando esta respuesta es débil o poco visible, se genera un efecto de tolerancia implícita que favorece la repetición de estos comportamientos.

A ello se añade una cuestión de fondo, como es la progresiva dilución de la autoridad profesional. La relación asistencial no puede basarse en la imposición, pero tampoco puede preservarse si se cuestiona de forma sistemática la legitimidad técnica y ética de quienes toman decisiones clínicas. La autoridad no implica jerarquía incuestionable, sino reconocimiento de competencia, responsabilidad y compromiso con el bienestar del paciente.

Cuando este reconocimiento se quiebra, el profesional queda expuesto y la interacción se vuelve más frágil. El resultado es una relación más inestable y vulnerable al conflicto.

Abordar la violencia en el ámbito sanitario exige, por tanto, una estrategia que combine distintas dimensiones: organización eficiente de la demanda, mejora de la comunicación, refuerzo de los entornos laborales y aplicación coherente del marco normativo. Se trata de proteger a los profesionales, al tiempo que se preservan las condiciones que hacen posible el cuidado.

La violencia no aparece de forma abrupta. Se construye de manera progresiva, se tolera en gestos aparentemente menores y termina por alterar espacios que deberían ser seguros. Aceptar la violencia como parte del cuidado no es una adaptación del sistema, sino una señal de su deterioro. La forma en que se responda a este fenómeno no solo determinará la seguridad de los profesionales, sino también la calidad y la sostenibilidad del modelo sanitario que se pretende preservar.
Aunque pueda contener afirmaciones, datos o apuntes procedentes de instituciones o profesionales sanitarios, la información contenida en Redacción Médica está editada y elaborada por periodistas. Recomendamos al lector que cualquier duda relacionada con la salud sea consultada con un profesional del ámbito sanitario.