Opinión

Llíria como síntoma


EDITORIAL

11 marzo 2015. 21.20H
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Mucho tiempo después, hemos tenido noticia de la inauguración de un hospital público en el Sistema Nacional de Salud (SNS). Se trata del Hospital de Llíria, en Valencia, con cerca de 100 camas en habitaciones individuales para la atención especializada de unos 85.000 ciudadanos de una treintena de municipios. Su apertura, algo apresurada y no exenta de críticas, está siendo gradual y será completa a finales de mes.
Como en los viejos buenos tiempos, el acto de inauguración estuvo repleto de autoridades: desde el ministro Alfonso Alonso hasta el presidente valenciano, Alberto Fabra, pasando por el conseller Llombart, la secretaria de Estado Susana Camarero, no pocos diputados y alcaldes de la zona y hasta el arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares. Es obvio que la sanidad tiene un tirón social indudable y abrir un hospital público, sea donde sea, es una buena noticia para toda la comunidad, no importa ideologías ni pareceres.

La historia de este hospital corre en paralelo a la de la propia crisis. Su primera piedra se colocó en 2007, respondiendo a una demanda social y asistencial que databa de algunos años antes. Su apertura se proyectó para el inicio de 2010, pero la UTE encargada del proyecto hizo aguas por todos lados en pleno tempestad económico-financiero. La Comunidad Valenciana, una de las más castigadas por la crisis, no pudo hacer frente a sus propios plazos y dejó el proyecto en suspenso. Tanto fue así que las puertas del centro tuvieron que ser tapiadas para procurar su seguridad, según el Ejecutivo autonómico, aunque la oposición entendió que aquello era la prueba inequívoca de la dejadez e incapacidad para abrirlo a corto plazo.

Finalmente, el hospital ha podido abrir sus puertas e iniciar una actividad asistencial en la modalidad de alta resolución y para reforzar al Hospital Arnau de Vilanova. Es de justicia reconocer los méritos del conseller que lo ha hecho posible, un Manuel Llombart convencido de que no podía acabar la legislatura sin resolver esta cuenta pendiente. La Comunidad Valenciana mejora así sus infraestructuras sanitarias lo que, unido a la inminente apertura de otro hospital en Gandía, se convierte en la mejor señal de que el grifo de las dotaciones y de los recursos materiales, y seguramente humanos, parece que comienza a reabrirse en la sanidad, después de años de un ajuste durísimo, especialmente para los profesionales y, por extensión, para los pacientes.

Llíria debería ser por tanto síntoma de que la crisis, acabada o no, deja de zarandear a la sanidad y da paso a un tiempo nuevo en el que habrá que recuperar gran parte del tiempo y de los recursos perdidos para cuidar y reconocer a un sector que, en la adversidad, ha sabido mantener unos niveles admirablemente altos en cuanto a calidad y resultados del servicio prestado.

Ahora bien, mal harían los valencianos en interpretar la apertura de Llíria como el regreso de la barra libre que durante demasiado tiempo, y no solo en la autonomía levantina, fue santo y seña para describir la asistencia sanitaria. En realidad, el mensaje debería calar en todo el SNS para que nunca más volvieran aquellos tiempos manirrotos, de funestas fiebres inauguradoras que, en algunas autonomías, se tradujeron en un aumento desmesurado y luego casi ingobernable de dotaciones sanitarias.

El desatino planificador en el que incurrieron algunos Gobiernos autonómicos, confiados en la larga bonanza económica de primeros de siglo, provocó después infinidad de problemas de gestión diaria, que han tenido que ser enfrentados con no poco esfuerzo e imaginación.

Abrir un hospital es un asunto muy serio que afecta a la esencia misma del sistema sanitario en el que nace y cuyas consecuencias alcanzan al resto de agentes y niveles asistenciales. Su justificación no puede ser nunca política ni tampoco de oportunidad.

Tiene que ser única respuesta a una necesidad avalada por un argumento de planificación y otro de orientación asistencial, muy en consonancia con los tiempos que vivimos con el cambio hacia la cronicidad. Todo lo demás será propaganda que, a la postre, resultará también muy cara.
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