Opinión

Dejar las guardias, una decisión incómoda en un sistema que se sostiene sobre ellas


Ángel López Hernanz, médico de Familia de Cañada Real (Sevilla)
Firmas

31 marzo 2026. 05.05H
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He dejado las guardias. Dicho así, parece una decisión individual, casi íntima. Pero hay algo más, es una decisión que interpela directamente a un sistema sanitario que, en gran medida se sostiene gracias a ellas.

Durante treinta y siete años asumí, como tantos compañeros, que las guardias eran una parte natural del ejercicio médico, que formaban parte del compromiso del «ser médico» en su sentido más amplio. Que había que estar disponible siempre, especialmente en el ámbito rural, donde la accesibilidad no es un concepto teórico, sino una necesidad diaria.
Pero con el tiempo empecé a verlas de otra manera. No solo era una herramienta organizativa, sino el verdadero armazón sobre el que se apoya buena parte del sistema. Un sistema que necesita médicos disponibles más allá de lo razonable para poder funcionar. Y que, en esa necesidad ha normalizado lo que en cualquier otro ámbito laboral sería difícilmente aceptable.

Las guardias tal y como están planteadas, son en muchos casos obligatorias, no son opcionales. Forman parte de las condiciones del puesto, explícita o implícitamente, y eso introduce un matiz incómodo, cuando algo es estructural y necesario para que el sistema funcione, pero que se sostiene sobre la disponibilidad forzada de los profesionales, la línea entre compromiso y otra cosa empieza a difuminarse.

Durante mucho preferí pensar que era parte del oficio, que todos estábamos en lo mismo y que no había alternativa. Pero cuando pasan los años te das cuenta de que vives en función de un calendario de guardias, que tu vida personal no es del todo tuya, porque siempre hay un día marcado que condiciona lo demás y que no puedes comprometerte del todo, porque siempre hay una incertidumbre latente.

Tu vida también cambia cuando haces números, ya que las guardias han sido durante años, un complemento imprescindible para sostener unos ingresos que, en términos reales, han ido perdiendo poder adquisitivo. Y eso genera una dependencia incómoda, se necesitan las guardias para mantener un nivel de vida razonable, pero ese mismo mecanismo tiene un coste personal creciente.

Trabajas más horas, para compensar una pérdida de poder adquisitivo, a costa de tu salud, de tu tiempo y, en no pocas ocasiones, de tu vida personal. Y todo ello dentro de un sistema que necesita precisamente esa sobrecarga para seguir funcionando.

"Dejar las guardias no es una decisión neutra, implica asumir una pérdida económica"


En ese contexto, dejar las guardias no es una decisión neutra, implica asumir una pérdida económica. Implica también salir de una inercia profesional muy arraigada. Pero, sobre todo, implica tomar conciencia de que no todo vale en nombre de la vocación.

En mi caso, la decisión no fue brusca, fue el resultado de un proceso largo, de muchas guardias, de muchas reflexiones. Y, llegado un punto, la pregunta dejó de ser si podía seguir haciéndolas, para pasar a ser si debía hacerlo. La respuesta fue no.

Y entonces ocurre algo que sorprende por su sencillez. Desaparece el «día de guardia» de la cabeza. De repente, la semana deja de estar fragmentada, los planes dejan de tener asteriscos, el descanso deja de ser una necesidad urgente para convertirse en algo natural, la vida recupera una continuidad que había olvidado.

Recuperas tiempo, pero sobre todo recuperas calidad de tiempo, capacidad de estar sin la sombra permanente del cansancio o de la próxima guardia. Y curiosamente, también recuperas la medicina. Una medicina más pausada, más reflexiva, más continua, con la profundidad que da el seguimiento, la cercanía y el conocimiento del paciente.

"Detrás de cada guardia, hay un médico. Y detrás de ese médico, hay una familia, una vida que también merece ser vivida"


Sigo pensando que las guardias han sido una parte esencial de mi trayectoria profesional y que me han enseñado mucho. Pero también creo que el sistema ha abusado de ellas, hasta convertirlas en un pilar que descansa demasiado sobre el sacrificio individual de nosotros los médicos. Y eso, en cualquier otro ámbito, tendría otro nombre.

Quizá ha llegado el momento de preguntarnos si queremos seguir sosteniendo el sistema sanitario sobre este modelo o si, por el contrario, estamos dispuestos a replantearlo para hacerlo más justo, más eficiente y, sobre todo, más humano.

Porque detrás de cada guardia, hay un médico. Y detrás de ese médico, hay una familia, una vida que también merece ser vivida.
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