Opinión

Cuando el sistema olvida que el médico tiene un límite


Ángel López Hernanz, médico de Cañada Rosal (Sevilla)
Firmas

22 diciembre 2025. 05.00H
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Hay circunstancias que se repiten y que todos aceptamos con naturalidad. Entras en un bar abarrotado, preguntas si hay mesa y te dicen que no, que está completo, que la próxima vez reserves. Nadie exige que el camarero siga sirviendo hasta caer rendido. En el taller mecánico sucede algo parecido, tener una avería grave en tu coche no hace que aparezcan más mecánicos por arte de magia, te toca esperar turno o irte a otro taller. Forma parte del sentido común colectivo. Ese sentido común, sin embargo, desaparece cuando hablamos de médicos en la sanidad pública. Especialmente en Atención Primaria y en los Servicios de Urgencias hospitalarios, o en los pueblos donde muchas veces hay un solo médico. Salvando las urgencias vitales que atendemos sin ninguna excusa, en aquellas consultas no existe el “no hay sitio”. No existe la posibilidad real de cerrar agenda o frenar la demanda. El médico atiende y sigue atendiendo, paciente tras paciente, con una carga asistencial ilimitada que el sistema descarga sin pudor sobre el profesional.

Si hablamos claro, porque se manipula con demasiada facilidad, el resto de las profesiones sanitarias no realiza jornadas asistenciales continuadas de 17 o 24 horas tomando decisiones clínicas sin interrupción real, ninguna. Sus turnos son más cortos, más definidos y, sobre todo, con una presión distinta. Incluso cuando acompañan al médico en guardias o dispositivos de atención continuada, no soportan la misma carga de demanda ni la misma responsabilidad clínica, legal o emocional. Quien diagnostica, decide y firma es el médico. Y eso no es una opinión, es un hecho.

Parecido ocurre al comparar a médicos con policías, bomberos o militares, que puede distorsionar el debate. Aunque todos cumplen funciones valiosas, los sistemas de guardia de estos últimos están diseñados para responder a eventos puntuales, no para mantener una actividad continua. Por ejemplo, un bombero no apaga incendios sin parar durante 24 horas, ni un policía encadena intervenciones críticas sin descanso. En cambio, en urgencias hospitalarias o en atención primaria, el trabajo médico es ininterrumpido y constante.

"Un bombero no apaga incendios sin parar durante 24 horas, ni un policía encadena intervenciones críticas sin descanso"



Aquí es donde el discurso de que “todos somos iguales” se convierte en una trampa. Trabajamos en equipo, por supuesto. Pero no ocupamos el mismo lugar ni asumimos el mismo riesgo. La ciudadanía no acude al centro de salud “a ver a cualquiera del equipo”, acude para que la vea un médico, aunque luego ese médico coordine, delegue o derive, el cuello de botella del sistema sigue siendo él. Toda la demanda acaba pasando por su mesa.

El Estatuto Marco es la ley nacional que establece las reglas del juego para el personal estatutario (médicos, enfermeros, celadores, administrativos, etc.) de los servicios de salud de las comunidades autónomas. Su objetivo es que haya una homogeneidad básica en todo el sistema nacional de salud (SNS), es decir que, aunque cada región gestione su sistema sanitario autonómico, los derechos, deberes y la forma de trabajar de los sanitarios sean parecidos en toda España. Por eso resulta tan injusto la negativa sistemática a un estatuto médico propio. No porque el médico sea más importante como persona, sino porque su función es estructuralmente distinta. El sistema ha normalizado que el médico lo absorba todo: la sobrecarga, la falta de personal, las agendas imposibles, las guardias interminables. Y cuando el cansancio aparece y repercute en la atención al paciente, el error se personaliza en el médico. Nunca se señala al sistema que exprime sin límites.

Un bar puede cerrar la puerta. Un taller puede aplazar una reparación. En sanidad, al médico se le exige omnipresencia. Y se le llama vocación a lo que, en cualquier otro sector, se denunciaría como sobreexplotación. Mientras tanto, se promete un Estatuto Marco sin tener en cuenta a la profesión médica como ocurre en los países de nuestro entorno, como si reconocer límites y diferencias fuera una amenaza y no una garantía de seguridad clínica.

"En sanidad, al médico se le exige omnipresencia. Y se le llama vocación a lo que, en cualquier otro sector, se denunciaría como sobreexplotación"



Un Estatuto Médico Propio no rompe el trabajo en equipo, lo ordena, introduce límites reales, descansos efectivos y una regulación acorde con la responsabilidad que se asume, no pretende hablar de privilegios, sino de coherencia. Porque un sistema que considera normal que el médico trabaje al límite permanente no es justo, no es sostenible y, lo que es peor, no es seguro para los pacientes.

Defender la sanidad pública no es exigir sacrificios infinitos a los médicos. Es dotarla de recursos, de planificación y de normas que reflejen cómo funciona la medicina de verdad. No reconocer esta realidad es una decisión política, cuyas consecuencias afectan a diario nuestras consultas.

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