Opinión

La cronicidad ya no se puede tratar con un sistema pensado para llegar tarde


Alicia Batlle, responsable de Comunicación de Linde Médica
FIRMAS

22 abril 2026. 08.00H
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De Reino Unido a Singapur, pasando por Escocia, Ontario, Nueva Zelanda, Dinamarca y España, cada vez más sistemas sanitarios están llegando a una misma conclusión: la cronicidad no se puede abordar bien con una lógica diseñada para intervenir tarde.

Hay palabras que, de tanto repetirse, corren el riesgo de perder densidad, “prevención” es una de ellas. Se invoca en estrategias, congresos, documentos institucionales y declaraciones públicas con una frecuencia casi incuestionable, como si el consenso verbal bastara para demostrar que el giro ya se ha producido. Pero la prevención contiene una exigencia mucho menos cómoda que su prestigio retórico: obliga a rediseñar la forma en que un sistema piensa el tiempo, distribuye recursos, organiza accesos y acompaña trayectorias de salud que ya no son episódicas, sino prolongadas, complejas y acumulativas.

Ese es uno de los asuntos más interesantes que hoy pueden observarse en el ámbito internacional. No porque algunos países hayan descubierto una fórmula definitiva frente a las enfermedades crónicas no transmisibles, sino porque empieza a consolidarse una intuición compartida: la cronicidad no se resuelve solo mejorando la respuesta clínica cuando el problema ya se ha manifestado con toda su carga, sino anticipando, acompañando y organizando de otra manera la relación entre el sistema y la vida cotidiana de las personas.

"La cronicidad no se resuelve solo mejorando la respuesta clínica"


Reino Unido lo ha formulado con una claridad especialmente reveladora, sus nuevas orientaciones del NHS se resumen en tres desplazamientos muy concretos: del hospital a la comunidad, del tratamiento a la prevención y de lo analógico a lo digital. Lo relevante no es únicamente la fuerza sintética de esa fórmula, sino lo que deja entrever de fondo: la conciencia de que la sostenibilidad futura del sistema no dependerá solo de hacer más eficiente lo ya existente, sino de modificar el lugar desde el que se cuida, el momento en que se interviene y la forma en que se sostiene la continuidad asistencial. La salud ya no puede seguir pensándose exclusivamente desde la centralidad del episodio agudo ni desde la arquitectura clásica del hospital como eje absoluto del sistema.

Singapur, por su parte, ofrece una versión especialmente sólida de ese mismo movimiento. Healthier SG pone el foco en la personalización, la activación de socios comunitarios y el refuerzo de estilos de vida saludables, pero lo verdaderamente interesante es que no lo hace como un simple ejercicio de comunicación sanitaria, sino como un intento de dar forma estable a una relación longitudinal entre cada ciudadano, su médico de referencia y su entorno comunitario. Aquí somos testigos de una idea que merece atención: la prevención no depende solo de informar mejor, sino de construir vínculo, seguimiento y responsabilidad organizada. La salud comunitaria deja de ser un ideal abstracto para convertirse en una pieza estructural del sistema.

Escocia se mueve en una dirección similar, aunque con un lenguaje más institucional y menos programático. Su marco de renovación de servicios insiste en la prevención y en la planificación de la atención a partir de necesidades reales, no solo de inercias históricas. Esa perspectiva importa mucho porque durante años una parte de los sistemas sanitarios occidentales ha funcionado con una paradoja difícil de sostener: sabemos cada vez más sobre factores de riesgo, fragilidad, multimorbilidad y determinantes sociales, pero seguimos organizando buena parte de la respuesta con estructuras orientadas a la fase tardía del problema. Escocia, como otros países, parece asumir que la modernización del sistema no consistirá únicamente en incorporar herramientas nuevas, sino en revisar la lógica con la que se decide dónde, cuándo y cómo cuidar.

Ontario añade un elemento especialmente sugerente: la ampliación del uso de recursos históricamente infrautilizados, como las farmacias comunitarias y la atención domiciliaria. No es una cuestión menor, el debate sanitario tiende a identificar innovación con sofisticación tecnológica o con grandes reformas visibles, cuando parte de la innovación más valiosa puede consistir, sencillamente, en redistribuir capacidad, acercar la atención al ciudadano y utilizar con más inteligencia lo que el sistema ya tiene a su alcance. En un contexto de cronicidad creciente, esa mirada resulta especialmente pertinente: la accesibilidad no es un complemento de la calidad, sino una de sus condiciones.

Nueva Zelanda, desde una perspectiva más estratégica, vuelve a situar en el centro la reducción de la carga de enfermedades no transmisibles. Lo interesante en su caso es el tono: menos proclama y más dirección. Su planteamiento recuerda algo esencial en este debate: la prevención no puede sostenerse únicamente sobre buenos principios; necesita prioridades explícitas, gobernanza, indicadores y continuidad política. Es decir, necesita salir del terreno de la adhesión moral y entrar en el de la gestión. Solo entonces deja de ser un horizonte deseable para convertirse en una política pública verificable.

"La prevención necesita salir del terreno de la adhesión moral y entrar en el de la gestión"


Dinamarca suma otra lección importante: la proximidad no es solo asistencial, también es institucional. Su reforma sanitaria pone el acento en acercar decisiones al ciudadano y en fortalecer la medicina general. En el fondo, lo que late ahí es una convicción cada vez más extendida de que un sistema preparado para convivir con la cronicidad debe reforzar su capacidad de resolver, acompañar y coordinar cerca del lugar donde vive la gente. No porque el hospital pierda importancia, sino porque deja de poder cargar en solitario con un tipo de demanda que exige seguimiento, continuidad y anticipación mucho antes de que aparezca la descompensación.

España, por su parte, no se encuentra al margen de esta conversación, ni mucho menos. De hecho, la Estrategia para el Abordaje de la Cronicidad en el Sistema Nacional de Salud lleva tiempo señalando con bastante precisión muchas de las claves que hoy aparecen también en otros marcos internacionales: continuidad asistencial, atención domiciliaria, estratificación poblacional, integración sociosanitaria, enfoque proactivo y participación de pacientes y cuidadores. Sería injusto presentar al sistema español como ajeno a esta evolución, porque no lo es. Existe conciencia estratégica, existe diagnóstico y existe, además, una comprensión creciente de que la cronicidad obliga a superar compartimentos tradicionales entre niveles asistenciales, entre lo sanitario y lo social, y entre el momento del tratamiento y el de la prevención.

"La cronicidad obliga a superar compartimentos tradicionales entre niveles asistenciales"


La cuestión relevante no es si España ha identificado bien el reto, sino algo más universal: cómo traducir esa conciencia estratégica en transformaciones sostenidas, escalables y visibles en la práctica cotidiana. Esa no es una dificultad exclusivamente española, es en realidad, el gran desafío de casi todos los sistemas avanzados. Entre comprender intelectualmente la necesidad de un cambio y reorganizar de verdad el sistema para hacerlo posible media una distancia considerable y esa distancia no se salva con retórica, sino con persistencia, coordinación, liderazgo institucional y valentía para revisar inercias muy asentadas.

Ese es el verdadero punto de contacto entre todos estos países. No centremos el debate en una supuesta superioridad comparativa de unos sobre otros, sino en la aparición de una certeza compartida: que las enfermedades crónicas no transmisibles exigen otra temporalidad, otra proximidad y otra lógica de intervención. Exigen sistemas menos centrados en reaccionar con solvencia y preparados para acompañar con inteligencia, menos orientados a responder cuando el deterioro ya se ha consolidado y más capaces de identificar riesgo, sostener autocuidado, reforzar comunidad y evitar que la enfermedad avance en silencio hasta convertirse en una carga mayor para la persona y para el propio sistema.

La prevención sigue siendo hoy una palabra decisiva y exigente porque obliga a hacer algo bastante más difícil que nombrarla: reorganizar prioridades, desplazar parte del centro de gravedad asistencial, fortalecer la atención próxima, integrar mejor niveles y actores, y asumir que la salud no se juega únicamente en el momento de la intervención clínica, sino mucho antes, y en espacios mucho más amplios que los estrictamente hospitalarios.

La lección más valiosa de esta mirada internacional pasa por reconocer que la prevención debe dejar de ser una aspiración decorativa para convertirse en una prueba de madurez institucional, una prueba que interpela a todos los sistemas, también al nuestro, y que se resolverá con capacidad para transformar, de forma paciente pero real, la arquitectura cotidiana del cuidado.

Veremos como nuestro sistema sanitario revela su verdadera visión de futuro, no solo por cómo trata la enfermedad cuando ya ha llegado, sino por cómo se organiza para llegar antes.
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