Hay conversaciones que no terminan cuando se apagan las cámaras, no se archivan ni se disuelven en la rutina. Permanecen suspendidas en algún lugar impreciso de la memoria y, con el paso de las horas, empiezan a trabajar en silencio, formulando preguntas nuevas, preguntas incómodas, preguntas necesarias.
Eso me ocurrió tras hablar, hace unos días, con
Julio Ancochea:
neumólogo de reconocida trayectoria clínica, investigador, docente, impulsor de proyectos solidarios internacionales… y, al mismo tiempo, escritor, poeta, lector ¡ voraz, amante de la palabra. Un médico que transita con naturalidad entre la fisiopatología respiratoria y la literatura, entre el dato y el verso, sin necesidad de justificarse, sin compartimentos estancos.
Alicia Batlle conversa con Julio Ancochea.
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Surge entonces una pregunta que rara vez nos formulamos en voz alta:
¿en qué momento empezamos a confundir excelencia con estrechez?
Durante décadas, la medicina ha avanzado gracias a
una especialización cada vez más precisa. La complejidad biológica, tecnológica y organizativa del sistema sanitario exige profesionales capaces de dominar territorios altamente específicos. Nadie discute esa necesidad, pero sí conviene detenerse a observar sus efectos colaterales.
Cuando el conocimiento se fragmenta en exceso, cuando cada disciplina se repliega sobre sí misma, cuando la mirada se reduce al perímetro de una especialidad, el pensamiento pierde profundidad contextual. Gana precisión, sí, pero pierde perspectiva y horizonte. No siempre concebimos el saber de esta manera.
El Renacimiento entendía el conocimiento como un sistema vivo, interconectado, expansivo.
Leonardo da Vinci estudiaba anatomía diseccionando cuerpos humanos para comprender mejor la pintura; diseñaba sistemas hidráulicos mientras reflexionaba sobre proporción y belleza. Siglos después,
Santiago Ramón y Cajal cartografió el sistema nervioso con una precisión que todavía hoy asombra, apoyándose en una capacidad artística excepcional y en una formación humanista poco común.
Cajal escribió que todo ser humano puede convertirse, si se lo propone, en escultor de su propio cerebro. No hablaba únicamente de
plasticidad neuronal, lo hacía de cultura, de curiosidad sostenida y de responsabilidad ntelectual. Hablaba de formación integral.
No me resulta anecdótico que
un neumólogo hable de tradición, de literatura, de poesía, del mundo rural, del paciente como persona y sus circunstancias. Estamos ante una coherencia profunda.
La medicina, cuando se ejerce con verdadera vocación, no se limita a
aplicar guías clínicas: exige interpretar silencios, contextualizar síntomas, sostener incertidumbres, acompañar biografías frágiles. Comprende que cada paciente es también un relato, una historia, un ecosistema emocional, social e, incluso, espiritual.
La literatura entrena esa atención al matiz, esa capacidad de nombrar lo complejo sin simplificarlo, ese respeto por lo que no siempre es cuantificable. Enseña a mirar despacio, a no reducir, a no clausurar demasiado pronto el sentido.
William Osler lo formuló con claridad: “El buen médico trata la enfermedad;
el gran médico trata al paciente que tiene la enfermedad”. Para lo segundo, ningún algoritmo es suficiente. La evidencia científica contemporánea refuerza esta intuición, diversos estudios en psicología cognitiva y economía del conocimiento han demostrado que la creatividad y la innovación surgen con mayor frecuencia en entornos interdisciplinarios.
Herbert Simon definió este fenómeno como pensamiento combinatorio: la capacidad de generar soluciones nuevas mediante la integración de dominios distintos.
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"La medicina no se limita a aplicar guías clínicas"
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La especialización profundiza, la transversalidad transforma. Ambas son necesarias, separadas, resultan incompletas.
Este debate adquiere hoy una relevancia particular en un contexto marcado por la digitalización acelerada, la inteligencia artificial y la creciente automatización de procesos clínicos.
Las competencias técnicas, aunque imprescindibles, son cada vez más replicables. Lo que no se automatiza es el juicio ético, la comprensión contextual, la empatía compleja, la capacidad narrativa, la sensibilidad cultural.
Paradójicamente, cuanto más tecnológica se vuelve la medicina, más imprescindible resulta su dimensión humanista. Los profesionales que marcarán el rumbo del sistema sanitario no serán únicamente los expertos en herramientas avanzadas, sino quienes sepan interpretarlas con criterio, prudencia y conciencia social. Quienes comprendan que
la evidencia necesita ser leída, no solo aplicada, que los datos necesitan ser narrados y que la eficiencia no puede desligarse del sentido.
En este contexto, figuras como
Julio Ancochea representan algo más que excelencia clínica. Encarnan una forma de
liderazgo intelectual basada en la integración: ciencia y conciencia, rigor y sensibilidad, conocimiento y compromiso. No se trata de acumular disciplinas sino de construir una mirada amplia, coherente, capaz de conectar saberes sin diluirlos. Una mirada que entiende el todo sin despreciar la parte, que observa el detalle sin perder el paisaje y que
comprende al ser humano antes que al caso clínico.
Tal vez el error contemporáneo esté siendo asumir que la identidad profesional debe agotarse en una sola etiqueta. L
as mentes amplias no son mentes dispersas, son mentes que se niegan a amputar partes de sí mismas para encajar en modelos productivos estrechos. Son mentes que entienden que el conocimiento no es una escalera vertical, sino una red (o una orquestra, amigo Julio).
Una red que conecta ciencia con arte,
investigación con ética, tecnología con humanismo, datos con relato.
Ahí, justo ahí, reside una forma silenciosa de genialidad: en la negativa a elegir entre precisión y belleza, entre evidencia y humanidad, entre especialización y cultura. En última instancia,
la excelencia que deja huella no se mide por la estrechez del foco, sino por la amplitud del horizonte.
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