Opinión

La mejor cara de las personas


Por Alejandro Laguna, secretario general del Sindicato de Enfermería, Satse
Firmas

02 agosto 2013. 20.39H
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El reciente accidente ferroviario en Santiago de Compostela ha dejado en la memoria colectiva de nuestro país imágenes dramáticas que han removido todo nuestro interior por el dramatismo inherente a cualquier tragedia que conlleva la pérdida de vidas humanas.

La transitoriedad del ser humano se muestra en toda su crudeza cuando un siniestro inesperado acaba con las esperanzas e ilusiones futuras, no sólo de las víctimas, sino también de sus seres más queridos. Acontecimientos, en definitiva, que impactan en todos nosotros por su sobrecogedora singularidad y que también nos dicen mucho de la naturaleza de las personas a raíz de las reacciones que provocan en su comportamiento y forma de actuar.

En el caso de la tragedia ferroviaria en Galicia, y afortunadamente en otros sucesos que todos tenemos en la memoria, como los atentados del 11-M en Madrid, la respuesta de los vecinos del lugar y localidades próximas, profesionales de todo tipo y responsables públicos, es digna de reconocimiento.

Cuando se produce un suceso de estas características, el foco de atención de los medios de comunicación se centra singularmente en el drama humano vivido y en las causas que lo han provocado, prestando menos interés a las actitudes y comportamientos que han hecho posible que la tragedia no tuviera una mayor repercusión.

Transcurridos ya unos días, y sin restar, por supuesto, ni un mínimo de importancia a las causas y consecuencias de lo sucedido, creo conveniente poner en valor como se merece la reacción desinteresada de ayuda de tantas y tantas personas en unos momentos tan difíciles.

Centrándome en el colectivo que mejor conozco, me consta que la inmensa mayoría de profesionales de Enfermería de la zona, alrededores, e, incluso, más lejos, abandonaron sus casas y se trasladaron a los centros de Santiago para ofrecer su ayuda, poniéndose a disposición de los responsables del servicio de salud gallego para lo que fuera menester.

A lo largo de las primeras horas, por ejemplo, Twitter fue un hervidero donde se cruzaban numerosos mensajes de enfermeras dispuestas a echar una mano en todo lo posible, tejiéndose, de esta manera,  una red de ayuda y solidaridad de manera conjunta con otras personas y profesionales.

Siento, por ello, especial orgullo en pertenecer a un colectivo que ha demostrado, una vez más, que su vocación por ayudar a los demás, por atender y cuidar, está por encima de cualquier circunstancia personal y profesional.

Desgracias  como la vivida en Galicia nos retratan como seres humanos y, a tenor de lo vivido estos días, podemos felicitarnos de que los profesionales de enfermería, al igual que otros muchos, nos han ofrecido su mejor cara.

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